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A propósito de la inteligencia espiritual

Jose Chamorro
Junto con la inteligencia lógico-matemática, lingüística, social, etc., el hombre posee una “inteligencia espiritual”, por la que capta el sentido de la propia vida y se abre a la trascendencia.


El ser humano es, ante todo, un ser en busca de sentido. Esta búsqueda se hace más patente en la medida en que la persona va madurando y logra formularse toda una serie de preguntas que trasciende el ámbito de lo cotidiano. Algunas de ellas ya aparecen en la infancia y, por este motivo y muy frecuentemente, suelen ser los propios niños los que interrogan a los padres ante cualquier acontecimiento extraordinario que escape a su comprensión.

La muerte de una mascota o de un familiar, la preocupación por el a dónde se va uno cuando fallece, el por qué nacemos o la pregunta por ¿quién soy yo? suelen despertar este tipo de interrogantes que precisan de una respuesta que, en muchas ocasiones, suelen poner en jaque al padre o madre del niño incluso en las edades más tempranas. Pero no son solo este tipo de hechos los que descubren ese “algo más” que posee la vida, sino que la misma capacidad para asombrarse ante una experiencia que rebosa belleza, la necesidad de silencio y quietud interna, o la propia habilidad para darnos cuenta de lo que nos sucede interiormente, tiene que ver directamente con una destreza muy concreta. Esta competencia o tipo de inteligencia que poseemos como especie se ha terminado por denominar inteligencia espiritual, ya que posibilita que el ser humano pueda ser, en última instancia, un homo religiosus.

No solo poseemos un tipo de inteligencia lógico-matemática, emocional, musical, lingüística, naturista o social, sino que también tenemos una que tiene que ver con lo espiritual, es decir, con la capacidad que tiene el ser humano para plantearse cuestiones últimas.
Dentro de la tesis sobre las “Inteligencias Múltiples” (1) que defiende Howard Gardner, se puede ubicar este tipo de inteligencia a la que él se refirió como inteligencia existencial o trascendente. Este autor defiende que el ser humano posee diferentes tipos de inteligencia que posibilitan la consecución de las distintas tareas a las que nos enfrentamos en nuestro día a día. No solo poseemos un tipo de inteligencia lógico-matemática, emocional, musical, lingüística, naturista o social, sino que también tenemos una que tiene que ver con lo espiritual, es decir, con la capacidad que tiene el ser humano para plantearse cuestiones últimas: el sentido que posee la vida o el sentido de la muerte, como apuntamos al inicio, o ser capaz de asombrarse ante la belleza que puede desprenderse del acontecimiento más insólito. Ésta sería, por tanto, la responsable de que el ser humano pueda llevar una vida espiritual, pueda maravillarse ante el misterio de la vida y desee buscar la armonía y el equilibrio interior a través de la meditación o la oración contemplativa y de que, en última instancia, llegue a reconocer un deseo profundo de unión con ese Alguien más grande que él mismo y que llena de sentido su propia vida. Un Alguien que, sin entrar en cuestiones doctrinales, ha recibido diferentes nombres, entre los que destaca el de Dios.

Howard Gardner

Gardner definió esta inteligencia existencial o trascendente como “la capacidad para situarse a sí mismo con respecto al cosmos”, y como “la capacidad de situarse a sí mismo con respecto a los rasgos existenciales de la condición humana como el significado de la vida, el significado de la muerte y el destino final del mundo físico y psicológico, en profundas experiencias como el amor a otra persona o la inmersión en un trabajo de arte”. Pero sería Ian Marshall, psiquiatra de la Universidad de Londres y Dahar Zohar, profesora de la Universidad de Oxford, quienes terminarían hablando del término “inteligencia espiritual”, entendiéndola como aquella inteligencia que posibilita acceder a los significados profundos, plantearse los fines de la existencia y las más altas motivaciones de ésta (2). En España será el filósofo y teólogo Francesc Torralba el que afirme que si el ser humano es capaz de vida espiritual en virtud de su inteligencia espiritual (…) es porque tiene la capacidad para un tipo de experiencias, de preguntas, de movimientos y de operaciones que solo se dan en él y que, lejos de apartarle de la realidad, del mundo, de la corporeidad y de la naturaleza, le permiten vivirla con más intensidad, con más penetración, ahondando en los últimos niveles (3).

La educación de esta dimensión espiritual tan solo requiere de sensibilidad, de un sentido intuitivo para captar los momentos en los cuales los niños y los maestros necesitan espacio para expresar lo relevante, lo que da sentido.
Es importante no confundir la conciencia religiosa con este tipo de inteligencia, ya que la primera es consecuencia de la segunda. Además, y por otro lado, esta inteligencia no es un dato que esté asociado a un credo concreto ni tampoco se trata de una cuestión propia de la fe sino que, por el contrario, es algo del todo antropológico. Sin embargo, sí podemos afirmar con total certeza que la disposición del ser humano a creer en Alguien más grande, Absoluto o Todopoderoso y la capacidad de captar la profundidad que posee la Vida es consecuencia de la inteligencia espiritual. Es ésta la que nos proporciona la facultad para abrirnos a una realidad mayor y más honda más allá de lo que somos, configurando una dimensión espiritual que conjuga nuestro ser persona junto con las demás dimensiones propias del ser humano, esto es, la corporal, psicológica y social.

Considero interesante señalar que como cualquier tipo de inteligencia, ésta también se puede ejercitar y educar. La educación de esta dimensión espiritual tan solo requiere de sensibilidad, de un sentido intuitivo para captar los momentos en los cuales los niños y los maestros necesitan espacio para expresar lo relevante, lo que da sentido (4). Pero para llegar a esto se hace necesario un entrenamiento, una práctica que cree la sensibilidad necesaria para que el niño sea capaz de descubrir su propia interioridad (5). Porque poniendo toda nuestra atención en lo que hacemos es como logramos que nuestra consciencia se abra de modo que por fin estemos totalmente presentes. Con esta presencia cargada de atención plena es como logramos percibir la vida que reside en todo, y que continuamente borbotea como una fuente de agua. No podemos engañarnos y pensar que el sentido de la vida tiene lugar con el transcurso de los años, pues en realidad lo tiene en el aquí y el ahora.

La propia práctica docente confirma que para que esto pueda darse es necesario que el propio docente posea experiencia personal en este sentido, pues no se trata exclusivamente de aplicar una técnica o una metodología que uno pueda leer o aprender en un manual, sino que requiere de otra vivencia mucho más concreta que va más allá de la mera comprensión intelectual. Sería algo similar a lo que sucede cuando se desea enseñar a un niño cómo es la experiencia de sentirse amado sencillamente porque uno ha leído mucho sobre el tema y conoce la definición de amor y sus sinónimos, y hasta posee una buena didáctica para trasmitirla. Sobradamente sabemos que la experiencia personal del amor alcanzaría un nivel de entendimiento mucho mayor que el conocimiento meramente racional del tema.

La experiencia personal a la que hacíamos referencia tiene que ver con la práctica de la atención plena, la meditación o el silencio. Su ejercitación confiere un nivel de comprensión mucho mayor que la que ofrece la lectura de cualquier obra sobre alguna de estas cuestiones. Son este tipo de trabajos los que posibilitan que la persona, en este caso el docente en primera instancia y luego el alumno, pueda llegar a ser capaz de advertir la hondura y profundidad subyacente a la propia vida humana y a la vida en general.

Hay actividades que ejercitan la inteligencia espiritual, como el coloreado y creación de mandalas, la escucha de cuentos con moraleja, las visualizaciones dirigidas, la danza contemplativa.
Son ya muchos los descubrimientos, trabajos de investigación y prácticas que se están llevando a cabo en nuestros días en relación a los entrenamientos y ejercicios sobre las prácticas que hemos apuntado. Pero hay otras actividades que ejercitan la inteligencia espiritual y que posibilitan el acceso a la propia interioridad. Ejemplos de éstos pueden ser el coloreado y creación de mandalas, la escucha de cuentos con moraleja, la escritura mandálica, las visualizaciones dirigidas (6), la danza contemplativa (7), o la multitud de ejercicios de meditación que ejercitan la atención plena (8) a través de la conciencia corporal o de la respiración (9).Tal vez la dificultad mayor se desprenda del trabajo que pueda realizarse en relación al silencio. Sobre el valor del silencio, así como los beneficios que éste reporta, ya dijo mucho Torralba en una de sus obras que dirige especialmente al ámbito educativo (10). Así, en consonancia con esto, podríamos afirmar que captar el carácter sacramental del momento nos invitaría a tener un nuevo modo de mirar la vida de forma que fuésemos capaces de salir de la superficialidad que caracteriza nuestra sociedad.

En definitiva, la inteligencia espiritual supone toda una revolución, pues amplía con creces el campo tan limitado y, en muchos casos, tan lleno de prejuicios que abarcaba lo religioso. De esta manera la dimensión espiritual, o la competencia espiritual como se la define dentro del marco educativo, desvela una potencialidad genuinamente humana que nos ayuda a perforar la superficialidad en la que vivimos para alcanzar una significatividad de vida mucho mayor. Un trabajo que, además, no se limita al contexto escolar sino que debe de complementarse y apoyarse desde el ámbito familiar, pues la educación, en su sentido más profundo, tiene que ver directamente con esto mismo.

Jose Chamorro

Publicado originalmente en el número 311 de la Revista Diálogo: Familia-Escuela, de la Fundación SAFA – Loyola (España).

Notas:
(1) GARDNER, H. Inteligencias Múltiples, Barcelona 1995. 
(2) Cfr. ZOHAR, D. y MARSHALL, I. Inteligencia espiritual, Madrid 2001. 
(3) TORRALBA, F. Inteligencia Espiritual, Barcelona 2010, 53. 
(4) TORRALBA, F. Inteligencia espiritual en los niños, Barcelona 2012, 50. 
(5) Cfr. CHAMORRO, J. Reconocer la interioridad, en Religión y Escuela nº 277, Madrid 2014. 
(6) GARTH, M. El espacio interior, Barcelona 2000. 
(7) Cfr. HERNÁNDEZ, M. V. Danza contemplativa, Madrid 2005. 
(8) Cfr. PIERA, M. Educar en el silencio y en la interioridad, Madrid 2012. 
(9) Sobre todas estas cuestiones se puede encontrar información y propuestas concretas en las siguientes obras: JALÓN, C. Crear cultura de interioridad, Madrid 2014 y GÓMEZ, I. Educar la inteligencia espiritual, Madrid 2014. 
(10) TORRALBA, F. El silencio: un reto educativo, Madrid 2001. 


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  • responder graciela e. bronzoni` ,

    Buen dia JOSE muy importanten tus conceptos respecto de la inteligencia espiritual y emocional en todos los seres humanos. Lic Graciela edith bronzoni. Misiones.

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