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Abandonarse

Jose Chamorro
Si reconocemos nuestra vulnerabilidad, y al mismo tiempo reconocemos a Dios como aquel “ante el cual no podemos hacer nada más para que nos quiera, ni tampoco podemos hacer nada para que nos deje de querer”, nuestra respuesta será el abandono confiado.


Desde la espiritualidad cristiana primitiva, que se remonta a los Padres del Desierto, y siguiendo por todo el elenco de místicos que recorren la historia de la iglesia, podemos advertir algunas características comunes. La búsqueda de Dios, el diálogo con Él, la oración de todos aquellos hombres y mujeres está salpicada de toda una serie de notas que bien nos vendría releer y actualizar en nuestros días con el fin de que lleguen a fecundar nuestro propio itinerario interior así como nuestro ser en comunidad.

Quizá porque nuestros días no se prestan a ello o bien porque se nos está educando justamente en lo contrario, podríamos afirmar que el abandono es algo mal visto y del todo impracticable. Dialogar con Dios implica una radical confianza, un soltarse en los brazos de Aquel que nos conforta, una experiencia fundamental de descontrol. La oración precisa de la experiencia del abandono, del dejarse, del despojo de cualquier afán de control, de la pérdida de toda rigidez en el modo de relacionarnos. El abandono no es tarea fácil en nuestros días tan preñados de desconfianza, miedo e incertidumbres. Poner a Dios como la única y mejor certidumbre de la propia vida requiere de una confianza esperanzada intachable siempre mayor.

El abandono nos guía hasta el encuentro verdadero, un Encuentro carente de esfuerzo, que adviene cuando nuestra disposición es apertura y nos hacemos receptáculos de la Gracia.
Los santos y las santas de todos lo tiempos han dejado constancia de esta experiencia en sus escritos. Experiencia que, de algún modo, hemos procurado obviar con objeto de salvaguardar la comodidad de nuestra oración. Hemos leído y releído sus escritos como grandes obras de la historia de la literatura y, en el mejor de los casos, como poética espiritual de unos pocos elegidos. Desconocemos, o tal vez y tristemente, renunciamos a esa vida en abundancia que empapa nuestro ser más profundo. Nos quedamos en la periferia de nuestra interioridad, en la primera de las muchas capas que configuran nuestro carácter, escuchando nuestros propios cantos de sirena y cayendo frecuentemente en la autocomplaciencia y vanagloria que conlleva los “deberes” eclesiásticos bien hechos, esto es, una vida devocional insulsa y carente del poder transformador que supone el encuentro con el Amado.

Abandonarse en Dios tiene que ver con situarse ante Él como el que sabe de quién se está fiando en cada elección que hace en su día a día, como esa persona cuya fe puede mover montañas porque ya mueve la montaña que es su propia vida. El abandono nos guía hasta el encuentro verdadero, un Encuentro carente de esfuerzo, que adviene cuando nuestra disposición es apertura y nos hacemos receptáculos de la Gracia. No podemos olvidar que el Dios de Jesús es Aquel ante el cual no podemos hacer nada más para que nos quiera, ni tampoco podemos hacer nada para que nos deje de querer. Dios es pura gratuidad siempre presente y siempre por descubrir, don que es permanente y constante darse, entrega amorosa que desborda cualquier pretensión o intención.

Abandonarse en Dios tiene que ver con situarse ante Él como el que sabe de quién se está fiando en cada elección que hace en su día a día.
Posiblemente leer lo que venimos diciendo nos hace situarnos ante la oración con otro talante, quizá hasta nos produzca cierta moción interior, pero realmente nos estaríamos alejando si sólo fuera algo de esto. Como en todas las cosas que acontecen en la vida para llegar a buen puerto hay que fijar un rumbo y, para ello, hace falta hacerse a la mar, salir de la comodidad y no tener miedo de la inmensidad del mar que no podemos abarcar. En definitiva, de lo que se trata es de ponerse a prueba, esto es, practicar. No podemos caer en la tentación de que las meras palabras nos salvan. Sólo hay una Palabra que salva cuando es escuchada en lo más hondo de nuestro corazón, pero para ello es necesario aprender a escuchar, aprender a dulcificarnos con el silencio que nos habita y que penetra cualquier realidad. Es ahí, en ese espacio, más allá de esa primera soledad silenciosa fértil, que nos descubriremos acompañados, habitados por esa Palabra Hermosa que nos regala nuestra existencia.

Sobre la capacidad de abandonarse saben mucho nuestros místicos, y también los de las grandes Tradiciones Espirituales de la humanidad, ahora sólo nos queda ponernos en camino, poner en práctica los itinerarios que tan bien han sabido perfilar para todos nosotros. La oración transida por estas cotas, por estos lugares insólitos y personales, que siendo del todo únicos también son compartidos. No es mera palabrería cargada de superchería, ni formulismos de corte mágico, ni tampoco contratos basados en promesas piadosas, sino que se trata de la honestidad y sinceridad con la propia vida, con la madurez que requiere el ir dando pasos en la dirección que muestra Cristo.

Abandonarse no es llegar a ningún sitio, no es buscar, sencillamente es dejarse alcanzar-encontrar-tocar por el Dios de la Vida. Es reconocer que en el caos de nuestros días hay atisbos de confianza que están más allá de los ramalazos egoicos con los que cercenamos nuestra vida y las de otros. Descansar en Dios conlleva asumir la dinámica que posibilita toda esperanza, esto es, reconocer la vulnerabilidad que nos constituye, que Dios tanto admira y desde la que somos cuidados. Es, por decirlo de otro modo más, actualizar y hacer propia la actitud de María: Hágase en mí…

Aunque nos cueste creerlo, por ese afán distorsionado que tenemos las personas de querer siempre inmiscuirnos en todo, no hay nada que hacer, sencillamente permanecer en la gratuidad que sostiene lo más profundo que somos, la esencia que es para siempre imagen y semejanza.

Jose Chamorro


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  • responder Angela Walkhoff ,

    Son caricias para el alma que necesario se hace poder abandonarse

    • responder Adriana Tenorio ,

      Cuanta belleza hay en tu texto, gracias por adentrarnos a esa parte que pocos muy pocos estamos dispuestos a conocer, pero donde encontramos el amor y la grandeza de Dios en nuestras vidas.

      Debo leerlo varias veces, hay mucas cosas que aprender..
      Que Dios te siga iluminando para poder compartirnos tanto amor.

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