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Apertura al mundo, unidad y paz

Apertura al mundo, unidad y paz son las características que se destacaron en Juan XXIII y Juan Pablo II, declarados santos por el Papa Francisco el pasado 27 de abril.


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Para los cristianos y para el mundo, el 27 de abril de 2014 ha sido un día muy especial. Dos queridos y recordados líderes de la iglesia católica, Angelo Roncalli (conocido como Juan XXIII) y Karol Wojtyla (conocido como Juan Pablo II), han sido canonizados por el papa Francisco. Decíamos que es un día especial no solo para los cristianos sino para todo el mundo, ya que el mundo espera de los fieles y de toda institución religiosa un testimonio creíble. Pensamos que tanto Juan XXIII como Juan Pablo II ofrecieron ese testimonio al mundo. Juan XXIII, el “Papa bueno”, conquistó al mundo con su bondad; Juan Pablo II, el Papa viajero, supo ganarse el respeto y la admiración aun de los no creyentes.

El problema de toda institución religiosa, como repetidamente dice el hermano David Steindl-Rast, es olvidar el propósito para el que fue instituida y pasar a servirse a sí misma, con el objeto de preservarse. Toda institución religiosa nace de un encuentro vivo con lo sobrenatural; nace con una experiencia de Dios que es deslumbrante, arrolladora. Con el paso del tiempo esa experiencia puede ir apagándose, como la lava que se enfría y endurece al descender por la ladera del volcán. Es por eso que la iglesia, así como toda institución religiosa, necesita constantemente volver a sus fuentes: volver a esa experiencia de Dios que le dio origen. Siguiendo con nuestro ejemplo, necesita volver a descubrir, debajo de las estructuras, muchas veces frías y rígidas, a aquel Dios que, según dice la Biblia “es un fuego devorador”: un fuego de amor que nos conmueve, nos subyuga, nos transforma.

En este sentido, tanto Angelo Roncalli como Karol Wojtyla trabajaron con ese propósito. El primero convocó al Concilio Vaticano II con esa intención renovadora; el segundo continuó la renovación comenzada. El sobrino y biógrafo de Juan XXIII, Marco Roncalli, decía que su tío “veía a la Iglesia como un jardín y no como un museo”, y destacaba los objetivos principales que perseguía al convocar el Concilio: “abrir la Iglesia al mundo, promover la unidad de todos los cristianos, y trabajar por la paz”. Ciertamente que Juan Pablo II tomó la posta de su predecesor, contribuyendo considerablemente a lograr esos objetivos.

Finalmente, recordemos que los líderes espirituales nos orientan en una tarea que es, en definitiva, de cada uno de nosotros. Cada uno de nosotros debe buscar, subyacente a las estructuras y normas de la institución religiosa, ese encuentro íntimo con el Dios vivo, el contacto con ese fuego de amor capaz de transformar nuestra vida. Cada uno de nosotros debe mostrar el verdadero rostro de la iglesia, el rostro del Dios que es Amor.


Escritos breves de Juan XXIII

Decálogo de la serenidad

1. Solo por hoy trataré de vivir exclusivamente el día, sin querer resolver el problema de mi vida todo de una vez.
2. Solo por hoy tendré el máximo cuidado de mi aspecto: cortés en mis maneras, no criticaré a nadie y no pretenderé mejorar o disciplinar a nadie, sino a mí mismo.
3. Solo por hoy seré feliz en la certeza de que he sido creado para la felicidad, no sólo en el otro mundo, sino en este también.
4. Solo por hoy me adaptaré a las circunstancias, sin pretender que las circunstancias se adapten todas a mis deseos.
5. Solo por hoy dedicaré diez minutos de mi tiempo a una buena lectura; recordando que, como el alimento es necesario para la vida del cuerpo, así la buena lectura es necesaria para la vida del alma.
6. Solo por hoy haré una buena acción y no lo diré a nadie.
7. Solo por hoy haré por lo menos una cosa que no deseo hacer; y si me sintiera ofendido en mis sentimientos procuraré que nadie se entere.
8. Solo por hoy me haré un programa detallado. Quizá no lo cumpliré cabalmente, pero lo redactaré. Y me guardaré de dos calamidades: la prisa y la indecisión.
9. Solo por hoy creeré firmemente – aunque las circunstancias demuestren lo contrario- que la buena providencia de Dios se ocupa de mí como si nadie existiera en el mundo.
10. Solo por hoy no tendré temores. De manera particular no tendré miedo de gozar de lo que es bello y de creer en la bondad.


La esencia del ser

Sabrás del dolor y de la pena de estar con muchos, pero vacío.
Sabrás de la soledad de la noche y de la longitud de los días.
Sabrás de la espera sin paz y de aguardar con miedo.
Sabrás de la soberbia de aquellos que detentan el poder y someten sin compasión.
Sabrás de la deserción de los tuyos y de la impotencia del adiós.
Sabrás que ya es tarde y casi siempre imposible.
Sabrás que eres tú el que siempre da y sientes que pocas veces te toca recibir.
Sabrás que a menudo piensas distinto y tal vez no te entiendan.
Pero sabrás también:
Que el dolor redime,
que la soledad cura,
que la fe agranda,
que la esperanza sostiene,
que la humildad ennoblece,
que la perseverancia templa,
que el olvido mitiga,
que el perdón fortalece,
que el recuerdo acompaña,
que la razón guía,
que el Amor dignifica…
Porque lo único que verdaderamente vale es aquello que está dentro de ti,
y por encima de todo está Dios;
solo tienes que descubrirlo, y así hallarás la verdadera Paz.


A eso de caer y volver a levantarte…

A eso de caer y volver a levantarte,
de fracasar y volver a comenzar,
de seguir un camino y tener que torcerlo,
de encontrar el dolor y tener que afrontarlo.
A eso no le llames adversidad, llámale sabiduría.
A eso de sentir la mano de Dios y saberte impotente,
de fijarte una meta y tener que seguir otra,
de huir de una prueba y tener que encararla,
de planear un vuelo y tener que recortarlo,
de aspirar y no poder, de querer y no saber,
de avanzar y no llegar.
A eso no le llames castigo, llámale enseñanza.
A eso de pasar días juntos radiantes,
días felices y días tristes,
días de soledad y días de compañía.
A eso no le llames rutina, llámale experiencia.
A eso de que tus ojos miren y tus oídos oigan,
y tu cerebro funcione y tus manos trabajen,
tu alma irradie, y tu sensibilidad sienta,
y tu corazón ame.
A eso no le llames poder humano,
llámale milagro divino, y agradece haberlo recibido.

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