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Confianza que bulle

Jose Chamorro
Confiar en la Vida es trascender nuestros esquemas sobre cómo tienen que ser las cosas para abrirnos a ese Misterio que “bulle en ese lugar hondo que es templo de Aquel que nos habita”.


Permanentemente nos vemos abocados a aceptar la vida tal cual viene. En muchos casos en nada coincide lo que tiene lugar con lo que a cada uno le gustaría que sucediese, pero lo cierto es que al final la realidad se impone más allá de nuestros deseos y gustos. Recuerdo, hace ya unos años, un slogan que encontrara en una camiseta: “Te guste o no, las cosas son como son” y, de alguna manera y por fortuna, la vida se abre paso más allá de nosotros mismos. No se trata de agachar la cabeza con resignación sino de mirar lo cotidiano con elegancia, con determinación y confianza en Alguien que se escapa de los designios personales y, en la mayoría de los casos, egoicos. Un Alguien con un nombre concreto, Abbá, en quien confiamos y esperamos, en el cual ponemos nuestras razones más profundas y que cada día podemos contemplar de un modo nuevo siempre por descubrir.

El ser humano tiene que saltar por encima de sus propios intereses para lograr abrirse a una confianza que está de fondo, una confianza radical y fundamental que sostiene, más allá de nuestra comprensión, la historia según va aconteciendo.
Lo que se pone de manifiesto, en esta disconformidad que muchas veces nos confunde y molesta, es que la vida lleva un ritmo propio sobre el que nosotros no podemos decidir nada y, por otro lado, aún pudiendo hacer algo al respecto, tampoco eso nos terminaría por llenar del todo ni tampoco nos convencería ya que ¿quién dice que lo que necesitamos es realmente lo mejor y no fruto de un capricho más del ego? Es aquí donde el ser humano tiene que saltar por encima de sus propios intereses para lograr abrirse a una confianza que está de fondo, una confianza radical y fundamental que sostiene, más allá de nuestra comprensión, la historia según va aconteciendo. Sólo cuando nos dejamos descansar en ella se obra el milagro de sabernos en buenas manos.

Es cuando confiamos que podemos trascender nuestros esquemas rígidos sobre cómo tienen o no que ser las cosas. Hay una confianza profunda que posibilita la fe en Alguien más grande. Este es el Misterio que se despliega ante nosotros y que quedará a la intemperie en la fragilidad de un Dios que se abaja naciendo siempre en la fragilidad de un niño expresando de esta manera el gesto definitivo de confianza que Él mismo ha puesto en la condición humana.

Entiendo que es difícil dejarse fluir con la vida, ya que pareciera que siempre se nos ha enseñado a ser responsables de nuestros actos y, claro está, eso conlleva cierta forma de control por nuestra parte. Considero que hay un punto intermedio en todo esto que consiste en poner en juego aquello que está en nuestras manos y, al mismo tiempo, saber que lo que suceda es lo mejor que puede acontecer pues, de no ser así, las cosas serían de otro modo. Comprendo igualmente que, en la teoría, esto es fácil de entender y de ver, pero lo cierto es que la vida pone ante nosotros circunstancias y momentos incomprensibles sobre los que cuesta ver que eso sea lo mejor. No cabe duda de que nuestra razón tiene sus límites y que la confianza de la que hablo brota de otro lugar, mucho más allá de nuestra elucubraciones mentales, bulle en ese lugar hondo que es templo de Aquel que nos habita.

La Vida tiene un ritmo y una trama que sólo podemos ir descubriendo en la medida en que la acogemos como una Realidad que no se agota y que nos sorprende, porque está siempre por descubrir.
El tema de la confianza no es algo ajeno a la historia del ser humano. Si esta cuestión se planteara en la actualidad desde un contexto terapéutico y, más exactamente, desde una perspectiva enfoque gestáltica, entonces se hablaría de autoregulación organísmica, esto es, que el cuerpo –así como la Vida– sabe qué es lo mejor para sí mismo, y pone en funcionamiento toda una serie de recursos necesarios para procurárselo más allá de nuestros deseos superficiales. En el caso en que se enfocara desde la espiritualidad cristiana, como es nuestro caso, se diría con otro lenguaje y se hablaría de Providencia divina. Tanto uno como otro ponen de manifiesto la necesidad fundamental que tiene el ser humano para abrirse a una confianza que va más allá de sí mismo y a pesar de sí. La Vida, que nunca dejará de ser un misterio sorprendente, tiene un ritmo y una trama que sólo podemos ir descubriendo en la medida en que se desvela a cada uno de nosotros, en la medida en que la acogemos como una Realidad que no se agota y que nos sorprende porque está siempre por descubrir. Ese es el Misterio que, inexplicablemente, logra provocarnos despertándonos un agradecimiento sincero.

En definitiva, de lo que se trata es de vivir una confianza que no va desprovista de cierta locura pues no olvidemos que, en muchos casos, lo que es locura a los ojos de los hombres es sabiduría a los ojos de Dios. Nunca dejó el loco de tener parte de razón en su locura, sólo sucede que él se permite mostrarla y que los que nos creemos “cuerdos” la inhibimos permanentemente.

Al final, de lo que se trata, es de llegar a poder balbucear aquello que tan bien expresa el Salmo 27,14: «Espera en el Señor, sé valiente, ten ánimo. Espera en el señor.»

Jose Chamorro


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