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Cuando solo cabe ser testigos

Fabiana Fondevila
Fabiana Fondevila recoge la anécdota de una oncóloga que ilustra que cuando nos encontramos con personas que pasan por situaciones de extremo dolor, la sola presencia silenciosa puede ser una fuente de bendición.


Rachel Naomi Remen

Rachel Naomi Remen es oncóloga, pionera en el campo de la medicina mente-cuerpo, y fundadora del Commonweal Cancer Help Program en California. Es, además, una narradora talentosa y autora de dos libros profundamente personales: Kitchen Table Wisdom (Sabiduría alrededor de la mesa de la cocina) y My Grandfather’s Blessings (Las bendiciones de mi abuelo). Los dos hablan de la diferencia entre curar y sanar, de la fortaleza que reside en la vulnerabilidad y de los mundos que se nos abren cuando nos animamos a ofrecer nuestros corazones a todo lo que experimentamos.

El fragmento que sigue, tomado del capítulo “Ser testigos”, de My Grandfather’s Blessings, habla de los límites de nuestra comprensión y de nuestro accionar, y, al mismo tiempo de nuestra capacidad infinita para extender amor y compasión.

Una psicóloga con la que trabajo me contó esta historia. En los años ochenta, cuando ella vivía y trabajaba en Nueva York, decidió asistir a un taller profesional de dos días que consistía en la proyección de unos veinte filmes cortos de una de las últimas discípulas de Carl Jung, la gran analista de sueños Marie-Louise von Franz. Entre las proyecciones, un distinguido panel compuesto por los directores de dos importantes centros de formación junguianos, y el propio nieto de Carl Jung, respondían a preguntas escritas por el público, enviadas al escenario en tarjetas.

Ante esta clase de sufrimientos, todo lo que podemos hacer es ser testigos, para que nadie tenga que sufrir solo.
Una de esas tarjetas contaba la historia de un sueño horripilante, en el que el soñante era degradado y denigrado en manos de los Nazis. Un miembro del panel leyó el sueño en voz alta. Mientras escuchaba la lectura, mi colega empezó a formular en su cabeza su interpretación del sueño, anticipándose a la reacción del panel. Realmente no tenía mucho secreto, pensó, mientras elucubraba interpretaciones simbólicas de las torturas y las vejaciones narradas en el sueño. Pero ésta no fue en absoluto la respuesta del panel. Cuando terminó la lectura, el nieto de Jung miró a la vasta concurrencia. “Por favor, ¿podrían ponerse de pie?”, preguntó. “Nos pararemos juntos en un momento de silencio en respuesta a este sueño.” El público se paró por un minuto. Mi colega aguardaba impacientemente la discusión que sin duda seguiría. Pero cuando volvieron a sentarse, el panel pasó a la próxima pregunta.

Mi colega no entendió en absoluto qué había ocurrido, y días más tarde le preguntó a uno de sus maestros, también analista junguiano, sus impresiones del hecho. “Ah, Lois”, dijo el hombre, “en la vida hay sufrimientos tan indecibles, vulnerabilidades tan extremas, que van más allá de las palabras, más allá de las explicaciones y hasta más allá de la curación. Ante esta clase de sufrimientos, todo lo que podemos hacer es ser testigos, para que nadie tenga que sufrir solo”.

Quizás la voluntad de enfrentar esta vulnerabilidad compartida nos otorgue la capacidad de reparar el mundo. Es posible que aquellos que encuentren el coraje de compartir su humanidad sean capaces de bendecir a cualquiera, en cualquier parte.


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