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Después del silencio

Jose Chamorro
La Pascua histórica es paradigma de nuestro resucitar a un nuevo modo de ser luego de experimentar distintas “muertes” a lo largo de la vida.


La noche de Pascua es el momento dentro de la vida cristiana en el cual la luz es mucho más que tiniebla , es más que mera claridad. Es el tiempo que se dilata toda una jornada y que desvela el día más importante del calendario pues muestra el sentido más auténtico de la Vida. Dios, a pesar del silencio que guarda tras la muerte, vuelve a pronunciar una palabra que es definitiva y que rebosa de vida. Dios resucita a Jesús, lo ensalza y levanta a otra nueva vida. En esta ocasión no sucede lo mismo que cuando Jesús resucita a Lázaro o a la hija de Jairo, pues en esas ocasiones vivifica a quien había muerto, sino que hora sucede algo de tal profundidad que confirma y descubre la identidad de Jesús.

Se puede decir mucho a propósito de este tema. De hecho, y tras tantos siglos de historia, hay mucha literatura escrita que versa sobre el sentido activo o pasivo de la Resurrección o sobre los distintos modos de entender el acontecimiento desde el lenguaje teológico. A pesar de ello, quisiera ofrecer una reflexión personal y sencilla al respecto.

Después del largo invierno, que cada año cubre de escarcha los campos y que logra que se paralice hasta la savia de las plantas, llega la primavera con toda su voluptuosidad. Su llegada viene repleta de colores, olores, sabores, con mucha energía y desde la entraña oscura de la tierra y aquí es donde descubro cierta similitud con la Resurrección de Jesús.

“Tenemos que aguardar a que la Resurrección rompa el silencio de la tumba. Siempre es preciso aguardar un tiempo antes de que Dios hable” ~Timothy Radcliffe
Tras el desaliento, la crueldad y el abandono que el Nazareno sufre colgado de la cruz, después de perder el último aliento de vida mediante una entrega plena y confiada a Dios Padre, la muerte lo abraza en silencio y el frío inunda su cuerpo. Pero esa vida que acaba se encuentra descansando en el corazón de la Vida, en la profundidad del Misterio, y es Dios quien convierte su dolor en una flor cargada de vitalidad. Dios lo levanta y crea una nueva y definitiva primavera para todos los hombres. El frío se torna cálido y la desolación abandona sus harapos y se viste de gala. Dios pronuncia una palabra definitiva en Jesús que se llena de esperanza y alegría.

La Resurrección no tiene lugar de inmediato. Los textos dicen que Jesús bajó a los infiernos y que fue al tercer día cuando volvió a una Nueva Vida. La Resurrección no acontece en la impaciencia del mismo día sino que se hace esperar y, por ello mismo, se llena de un valor nuevo. Como dice Timothy Radcliffe: Tenemos que aguardar a que la Resurrección rompa el silencio de la tumba (…) Siempre es preciso aguardar un tiempo antes de que Dios hable (1). Y en el fondo sucede así por eso es por lo que debemos acostumbrarnos a relegar nuestras exigencias, ya que al final las cosas que más apreciamos no las alcanzamos cuando las buscamos fervientemente sino cuando somos capaces de esperar a que nos sean dadas.

Pero para nuestra alegría, Dios terminó hablando y los discípulos fueron testigos de ello celebrándolo más que nunca en la cena de Emaús en la que, sin saberlo, tenían al mejor anfitrión que hubieran podido imaginar. De nuevo Jesús se dejó ver en una celebración pues, en definitiva, la Resurrección es la gran fiesta salvadora de toda vida.

En la medida en que el ser humano experimenta distintas “muertes” puede resucitar a una forma de vida que le permita ver las cosas de un modo nuevo.
Otro detalle que me gustaría destacar a propósito de este tema hace referencia a un nuevo modo de ver este tema. Esta nueva óptica llega desde el paradigma transpersonal el cual plantea que la Resurrección posibilita una nueva manera de mirar la realidad mucho más ajustada y acorde con las necesidades de las personas, esto es, con el modo de vivir de cada cual. Esta propuesta, unida al sentido tradicional y auténtico de la Resurrección de Jesús, nos reporta una nueva manera de entender la cuestión que llega hasta influenciar nuestro día a día. De modo sintético, diríamos que lo que desea señalar es que en la medida en que el ser humano experimenta distintas “muertes” puede renacer, despertar, en definitiva, resucitar a una forma de vida que le permita ver las cosas de un modo nuevo. Con esta nueva forma de mirar la persona es capaz de tomar conciencia de sí misma de tal modo que le permita una mejor manera de vivir, mucho más ajustada, equilibrada y autentica que ya no se desarrolla desde su ser más egoísta, sino que lo hace desde la experiencia de una nueva libertad conquistada (2). Una forma de estar, en definitiva, más despierta y presente.

La resurrección aparece siempre como un horizonte de esperanza que sirve de referente y que recuerda el límite que tiene la muerte. Es el punto de contraste para descubrir el valor que Dios le ha dado a la vida. Es la vida la que finalmente termina por ganar su presencia en todas las cosas y en todos.

Jose Chamorro

Reproducido del libro “Las Estaciones del silencio”, página 293.


Notas:
(1) Las Siete Últimas Palabras, Bilbao, Descleé 2006, 89
(2) En la obra más actual de Serafín Béjar, ¿Cómo hablar hoy de la Resurrección? (Khaf, Madrid 2010) a propósito de la cuestión transpersonal, podemos encontrar un epílogo en el que el autor se pone en diálogo con dicho paradigma.


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