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Dos caminos, una verdad

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Segunda parte del artículo “¿Podemos recuperar lo sagrado?” Históricamente se han dado dos formas de búsqueda de lo sagrado: la espiritualidad ascendente, que busca elevarse por encima de lo material y mundano, y la descendente, que ve a lo sagrado escondido en la materia y en el mundo. Necesitamos integrar ambas visiones, sabiéndolas no opuestas sino complementarias.


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Para entender cómo es que algunas tradiciones veneran a un Dios trascendente, mientras que otras encuentran a lo sagrado en cada hoja y cada piedra, cabe señalar que nuestra relación con lo divino ha conocido mayormente dos caminos, aparentemente opuestos pero a la larga complementarios: el de la “espiritualidad ascendente”, y la “descendente”.

La espiritualidad ascendente pone el énfasis en la trascendencia, restándole importancia al mundo material, sensorial y animal, considerándolo hasta cierto punto ilusorio. El objetivo de este camino es desarrollar la sabiduría necesaria para poder ver más allá y percibir las realidades espirituales más altas.

La espiritualidad descendente, en cambio, considera que la verdad más profunda es inmanente, y que se halla en la naturaleza, en las personas, en el servicio y en la compasión. Este punto de vista enfatiza la sacralización de la vida cotidiana, y la celebración de la Creación.

Históricamente los varones han gravitado hacia el entendimiento, la visión y la trascendencia que promulga el primer camino, mientras que las mujeres han tendido a abrazar el segundo, priorizando la compasión, el servicio y la encarnación de lo divino aquí en la Tierra.

También podría verse esta contraposición como una delgada línea entre dos reinos: el del espíritu –transcendente, luminoso, desapegado e impersonal- y el del alma, donde encarna el espíritu en cada individuo, y se expresa de manera única, íntima e irrepetible. Si el espíritu está más allá de todo, el alma está inmersa en el mundo, y vive sujeta a dolores y tirones, crisis de crecimiento, añoranzas e intuiciones.

En lugar de oposiciones inútiles (choques entre tradiciones, hombres y mujeres, ciencia y religión), la vida hoy nos pide a gritos que integremos.
La cosmovisión original de muchas etnias indígenas reflejaba de algún modo esta distinción; percibía al universo dividido en tres niveles: el mundo de arriba (habitado por guías, maestros y seres angelicales), el mundo del medio, en el que vivimos los humanos, y el mundo de abajo, poblado de ancestros, animales de poder, plantas totémicas y espíritus de la naturaleza. Cuando una persona enfermaba, el chamán de la tribu hacía “viajes” hacia ambos mundos en busca de ayuda: hacia arriba, pidiendo iluminación; hacia abajo, procurando recuperar fragmentos del alma perdida.

Pero tanto en el mundo arcaico como el moderno, está claro que la dicotomía es solo aparente: el alma no es otra cosa, en última instancia, que una emisaria del espíritu en este mundo. En lugar de oposiciones inútiles –choques entre tradiciones, hombres y mujeres, ciencia y religión – la vida hoy nos pide a gritos que integremos. Para salvar la preciosa diversidad de nuestra Tierra, y al planeta mismo, urge que volvamos a entrar en comunión con todos los seres vivos. Para recordar que detrás de esa multiplicidad hay una unidad que trasciende sus manifestaciones, hay que afinar la mirada y poder ver.

Pero sobre todo, es preciso que recuperemos aquella particular forma de estar en el mundo que es la percepción de lo sagrado. Sea que nos ocurra frente a un valle pincelado de flores, al escuchar los primeros acordes de la Quinta de Beethoven, o ante la mismísima intuición de Dios, nunca somos más humanos que cuando nos dejamos atravesar por el asombro, y caemos -ebrios de gratitud, plenos de gracia- rendidos a sus pies.

Fabiana Fondevila


  • responder María ,

    Agradezco el encuentro de estas palabras.. que llegan en el instante de vida que las necesitaba.
    Gracias.

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