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El arte de renacer

Virginia Gawel
Toda crisis es una oportunidad: oportunidad de crecer, de aprender, de madurar, de llegar a ser quienes estamos llamados a ser, más allá de los condicionamientos. Hagamos de cada crisis un renacer a la vida.


De las cenizas, como el ave Fénix. O de los pantanos, cuando lo que aparentemente era solo agua comienza a agitarse, a mezclarse, a no ser lo que era, y nos hundimos en las fauces de un monstruo que está entre los más temidos por la especie humana: la incertidumbre. Ya no somos quienes éramos, y todavía no somos quienes seremos; en el medio, crisis. Crisis de identidad, crisis de pareja, crisis vocacional, crisis por pérdidas de seres queridos, crisis económicas, crisis por cambios inesperados, crisis porque lo que estaba siendo ya no da para más y hemos dicho “¡basta!”…

Si no convertimos la crisis en oportunidad de transformación, nos quedamos a vivir en un cuartito pequeño de nuestra identidad. Pero instalarse largamente en ese cuartito es apostar a empobrecer nuestra vida.
Si te dijera que la etimología de la palabra “crisis” fuese algo así como “disolución”, “quiebre”, “confusión”, “desintegración”… te parecería natural, ¿verdad? Porque eso es lo que las entrañas sienten. Pero hay un lenguaje escondido dentro del que hablamos todos los días, y que guarda enseñanzas, aun pertenecientes al reino del espíritu. La palabra “crisis” viene del griego “krisis”, y su origen nos da una pista fundamental, pues significa “decisión”, dado que proviene de “krinó”: “yo decido, separo, juzgo”.
De manera tal que ese río revuelto, ese caos en el que nos vemos sumidos cuando, ya sea desde adentro o desde afuera, se deshace la construcción de nuestra vida o nuestra identidad como la nieve al sol… es, como dice la antigua cultura china, una oportunidad. Una oportunidad trabajosa, dolorosa, que a veces implica largos procesos. Y que, como toda oportunidad, podemos ponerla a jugar a nuestro favor… o no.

Si no convertimos la crisis en oportunidad de transformación, la opción que nos espera es quedarnos a vivir en un cuartito pequeño de nuestra identidad; en ese caso (como conozco por experiencia propia el mencionado cuartito) propongo colocar en la entrada un cartelito que diga claramente: “¡Pobre de mí!” Pues ese sentir es natural al inicio de una crisis. Pero instalarse largamente en ese cuartito es apostar a empobrecer nuestra vida y el sentido de para qué hemos nacido.

Toda crisis guarda ese regalo, una vez superada: dejarnos más maduros, más auténticos, más sabios.
¿Precisamos pedir ayuda? Pidámosla. ¿Necesitamos redes de contención? Busquémoslas (todos podemos encontrarlas, aunque sea la primera vez que lo hacemos y no sepamos cómo). Porque en ese maremágnum de confusión, la palabra crisis nos indica qué es lo que hay que hacer: discernir (de hecho, tienen la misma raíz). Discernir qué queremos y qué no, qué nos sirve para ser mejores y qué nos enferma o nos lleva a la decadencia, quiénes merecen estar a nuestro lado y quiénes nos están intoxicando, qué actitudes nos llevan al dolor, cuáles necesitamos inaugurar; y también qué potencialidades están en nosotros pujando para una única cosa: renacer bajo una nueva forma de ser, más acorde a nuestra naturaleza esencial, distinta de lo condicionado.

Toda crisis guarda ese regalo, una vez superada: dejarnos más maduros, más auténticos, más sabios. Esto es, tener mejor criterio (¡con la misma raíz etimológica!). Ser mejores e-lectores de nuestra vida (o sea, leer con más discernimiento quién es el otro, cómo es cada situación más allá de nuestras proyecciones y anhelos, quién es uno mismo…)

¿Volveremos a equivocarnos si desarrollamos estas habilidades? Tengo que avisarlo: sí. Pero ya tendremos nuestro metal más templado para atravesar nuevas crisis con otra actitud; por eso se le llama “templanza” a esa virtud. Las crisis son los fuegos en los que cocemos la masa de ese Pan que todos llevamos dentro: una porción del Todo que vino a vivir la experiencia humana en el horno de los acontecimientos. Nuestra tarea es que no se queme ni quede cruda.

Toda crisis es una invitación al autocuidado en el mejor sentido. Ayudarnos a nosotros mismos a salir mutados, transformados, de modo que, cuando miremos hacia el pasado, digamos: “Me licué, me disolví, ardí, me dolió, me estaba ahogando; pero decidí emerger. Y he emergido.”

Aquí nos acompaña en este tema la poeta guatemalteca Ana María Rodas, con su magnífico poema “Emerjo”:

 

Emerjo
de las profundidades.
Huelo a sangre y a sal.
Soy el océano
que se mueve crujiendo, arrastrando
deseos,
temores,
visiones
entre los dedos.
Soy un pantano humeante lleno
de sensuales animales viscosos.
Soy el calor, el agua, el trueno,
esta jungla prehistórica,
este bosque tropical.
Me hundo en lo desconocido.
No sé
a dónde
regreso.
Al resurgir sólo experimento
la certeza triunfal de haber sobrevivido al viaje.

Virginia Gawel


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  • responder Luis Enrique ,

    Es el camino verdadero el de luz es la vida de salvación la de nuestro señor Jesucristo también la vida eterna y verdadera

    • responder ana del valle sirevich ,

      Hermoso mensaje y una verdad universal

      • responder laura ,

        tan real como la vida misma.

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