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El monje en nosotros (segunda parte)

(Viene de la pág. 1)

Paradojas de la experiencia mística

1. Nos dejamos llevar, y al mismo tiempo estamos presentes. Al perdernos, encontramos nuestro verdadero ser.

gaviota

Es entonces cuando, extrañamente, paradójicamente (y esto es exactamente lo que buscamos, encontrar las paradojas que necesariamente existen en toda experiencia mística) nos damos cuenta de que, durante esta experiencia en la que nos perdimos, a la vez sentimos que en ese momento fuimos de verdad nosotros mismos. Realmente pudimos ser nosotros mismos, más que en otras ocasiones. “Simplemente me dejé llevar.” Es una expresión poética. Hay ciertas cosas en la vida que no pueden expresarse sino poéticamente, por lo que estas expresiones también se hacen parte de nuestro lenguaje de todos los días. Pero ahí también encontramos nuevamente una paradoja, porque de la misma experiencia respecto de la que decimos que “nos dejamos llevar” podemos decir que en realidad estuvimos más presentes que lo que estamos en cualquier otro momento. Como la mayoría de nosotros, yo también debo admitir que la mayor parte del tiempo no estoy realmente presente en donde me encuentro. Por el contrario, me suele pasar que un cuarenta y nueve por ciento de mi atención se extiende hacia adelante, hacia lo que va a suceder, y otro cuarenta y nueve por ciento hacia atrás, hacia lo que ya pasó. Así, prácticamente no me queda nada de atención para estar realmente presente. Y entonces sucede algo que en realidad es insignificante, como esa pequeña gaviota o la lluvia en el techo, que me maravilla, y por una décima de segundo estoy realmente presente en donde estoy. Me dejo llevar, y a la vez estoy presente. Me perdí a mí mismo y me encontré a mí mismo, encontré mi verdadero ser.

2. Cuando estamos realmente solos, somos uno con todos

Continúo con otra paradoja. Al pedirles que recordáramos una experiencia, supongo que muchos de ustedes habrán elegido una experiencia en la que se encontraban solos; un momento a solas en su habitación, o caminando en la playa o en el bosque, o quizá en la cima de una montaña. En esas experiencias descubrimos que, aunque estábamos solos (y paradójicamente, no a pesar de estar solos sino por el hecho de haber estado verdaderamente solos), nos sentimos unidos a todo y a todos. Si no había otras personas cerca, nos sentimos unidos a los árboles, si los había, o a las rocas o a las nubes o al agua o a las estrellas o al viento o a lo que fuera. Parecía que nuestro corazón se expandía, como si nuestro ser se estuviera estirando para abarcarlo todo, como si las barreras se derribaran o se disolvieran para ser uno con todas las cosas. Podemos comprobarlo al darnos cuenta de que en ese momento culminante no extrañamos la presencia de ningún amigo. Quizás un momento después dijimos “Ay, me hubiera gustado que fulano hubiera estado aquí y hubiera contemplado este hermoso atardecer, o hubiera visto esto, o hubiera escuchado esta música.” Pero en el momento culminante de esa experiencia cumbre no extrañamos a nadie. Esto no se debe a que nos hayamos olvidado de los demás, sino que ellos estaban allí, o nosotros estábamos donde estaban ellos. En esos momentos alcanzamos ese centro del que hablan las tradiciones religiosas, y en el que todos y todo convergen.

En esos momentos alcanzamos ese centro del que hablan las tradiciones religiosas, y en el que todos y todo convergen.
Bueno, es una paradoja, ya que cuando estamos verdaderamente solos, somos uno con el todo. También podemos ver lo contrario. Algunos de nosotros quizás pensamos en una experiencia en la que justamente el hecho de sentirnos uno con todo estando con un grupo numeroso de personas fue parte de la experiencia cumbre. Quizás fue en una celebración litúrgica, o en una marcha por la paz o una protesta, o en un concierto o una obra de teatro… algún encuentro en el que parte del enorme placer que sentimos fue el hecho de que todos los que estaban allí eran un solo corazón y una sola alma, y que todos estaban experimentando lo mismo. Por cierto, objetivamente esto puede no ser verdad en absoluto: puede que hayamos sido los únicos que nos sentimos realmente tocados; de todos modos, lo sentimos como si a todos les hubiera sucedido lo mismo. Pero aún en esta situación invertimos la paradoja. Cuanto más sentimos que somos uno con todo, más solos realmente estamos. Somos el centro de atención, como si lo que estuviera diciendo el orador (si se trata de alguna charla que nos conmueve) estuviera personalmente dirigido a nosotros, hasta el punto de hacernos sentir incómodos. “ ¿Por qué está hablando de mí? ¿Por qué se fija en mí?” o bien, “Este pasaje de esta sinfonía se escribió para mí, se compuso para mí y se ejecuta para mí; una ejecución tan impresionante, tan espléndida, y toda para mí”. Todo se centra en nosotros; estamos totalmente solos. A pesar de ello, descubrimos que no hay contradicción. Cuando estamos realmente solos somos uno con todo; incluso la palabra “solo” de algún modo alude a ello. (1) Puede ser simplemente una ayuda mnemotécnica, pero puede haber algo más implícito en la palabra: todo uno, uno con todos, verdaderamente solos.

3. Para hallar una respuesta debemos abandonar toda pregunta

Quisiera referirme a una tercera paradoja, que en cierto sentido es la más importante, y ver nuevamente si se corresponde con las experiencias que hemos traído a la memoria. Cuando la experiencia cumbre nos llega, o nos impacta, o lo que sea que nos hace, en ese momento todo cobra sentido. Esto es muy diferente de encontrar con esfuerzo la respuesta a un problema, que es la forma en que generalmente pensamos que finalmente podríamos llegar a comprender el sentido de todo. Pensamos que vamos a encontrar la respuesta al problema, pero en el momento en creemos que la tenemos, surgen muchos otros problemas. Entonces decimos, “bueno, pensaré en este nuevo problema hasta que lo resuelva”, y así creemos que podemos pasar de una pregunta a una respuesta, y a otra, y a otra, para llegar por fin a la respuesta final. Pero lo que realmente sucede es que esta cadena es un círculo, y damos vueltas y vueltas; la última respuesta plantea la primera pregunta, y así sucesivamente.

En nuestras experiencias cumbre, de alguna manera, intuitivamente, nos damos cuenta de que para encontrar una respuesta tenemos que abandonar toda pregunta. Algo nos toca, y por una décima de segundo renunciamos a hacernos preguntas, y en ese preciso momento nos llega la respuesta. Tenemos la impresión de que la respuesta siempre hubiera estado tratando de abrirse camino hacia nosotros, y que la única razón por la que no podía lograrlo es que estábamos demasiado ocupados haciéndonos preguntas.

¿A qué se debe esto? ¿Por qué sucedería algo así en nuestras experiencias cumbre? Parece haber una desproporción grotesca entre causa y efecto. Al fin de cuentas, no estaba haciendo nada más que mirar cómo una gaviota corría tras las olas y retrocedía cuando éstas avanzaban; no hacía otra cosa que estar acostado, despierto, mientras escuchaba el ruido de la lluvia en el techo; ¿por qué de pronto todo cobra sentido?

Hay otra forma de pensarlo. Podría decirse, si realmente tratamos de analizar la experiencia, que algo nos impulsaba a decir “sí”. Vemos una gaviota, y algo en nosotros dice un sí rotundo; escuchamos el sonido de la lluvia, y todo nuestro ser le dice sí. Es una clase especial de sí: es un sí incondicional. En el momento en que decimos un sí incondicional a cualquier parte de la realidad, implícitamente le decimos sí a todo, no a cada cosa en particular, sino a todo lo que, de otro modo, clasificaríamos en bueno, malo, blanco, negro, arriba, abajo. No estamos haciendo distinciones. Decimos que sí, y de pronto todo encaja en una trama; le decimos sí a la totalidad de esa trama.

Si de algún modo esto nos parece real; si nuestro corazón se hace eco de ello y decimos, “sí, esto es algo que se aplica a mi propia experiencia”, es entonces suficiente para demostrar que cada uno de nosotros ha experimentado en algunos momentos importantes de su vida aquello que impulsa a la vida monástica. Es algo muy significativo, ya que si no hay conexión entre nosotros y la vida monástica, no importa quiénes seamos, el tema que estamos tratando no nos interesa; pero si podemos ver y apreciar que algunas de las experiencias más importantes de nuestra vida son equiparables a la esencia de la vida monástica, eso nos coloca en una posición totalmente diferente. Esto es precisamente a lo que me refiero cuando hablo del monje que existe en nosotros.

(1) La palabra “solo” en inglés es “alone”, que se parece a all one, literalmente “todo uno”.

(Continúa en la pág. 3)

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