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El monje en nosotros (tercera parte)

(Viene de la pág. 2)

Vida monástica

Ahora quisiera hacer solo algunas consideraciones sobre la vida monástica. Ante todo, la vida monástica es un tipo especial de vida. El monasterio es un lugar particular y un entorno particular. Podría llamarse un entorno profesional, un entorno controlado, un laboratorio, un taller, Es un lugar en el que todo está orientado a cultivar la dimensión contemplativa de la que venimos hablando, la actitud mística, la apertura al sentido que todos experimentamos en nuestras experiencias cumbre.

david

Así, todos nosotros, en el curso de nuestras vidas, somos de algún modo amateurs de la vida monástica. La única diferencia entre nosotros y los monjes es que los monjes son profesionales. Sin embargo, y especialmente en nuestra época, sabemos que los profesionales muchas veces no son tan buenos como quienes son amateurs. Por consiguiente, cuantas más personas descubran lo importante que es el monje que hay en ellos, cuanto más descubran lo importante que es abrirse al sentido de las cosas, más importante será que todos, amateurs o profesionales, tengamos ocasionalmente acceso a ese entorno controlado en el que puedan cultivar la dimensión monástica o contemplativa que es parte de su vida.

Pobreza

Ahora quisiera volver una vez más, muy brevemente, a analizar aquellas tres paradojas para mostrar cómo ellas son lo que verdaderamente impulsa la vida monástica, o la vida religiosa en un sentido profesional. Si uno ha experimentado la paradoja de que cuando nos perdemos nos encontramos, entonces tenemos acceso en nuestro interior a lo que significa una vida de pobreza. Una vida de pobreza tiene solo un objetivo, y es el perderse a sí mismo para encontrarse. Todo lo demás que se relaciona con la pobreza en las diferentes tradiciones monásticas, todo lo que podamos relacionar como fenómenos que acompañan a la pobreza (los monjes no tienen dinero, o el dinero que tienen lo tienen en común y así tienen mucho más dinero que todos los demás, o deben pedir permiso si quieren usar el automóvil, o solo se les permite tener una cierta cantidad de dinero en su poder, o no se les permite tocar dinero y por lo tanto tienen que pedirles a otros que toquen el dinero…) son solo medios ascéticos para cultivar esa semilla.

No cometamos el error de decir “me perdí a mí mismo para encontrarme.” Eso significaría convertir todo esto en un asunto de lograr objetivos, y no es lo que buscamos en absoluto. Me pierdo a mí mismo, y al hacerlo, descubro que me he encontrado; y ahora paso mi vida cultivando esa semilla. Lo que existe entre la semilla y la cosecha es ese esfuerzo ascético que toma formas muy diferentes según las diferentes tradiciones monásticas. Y la cosecha no es otra cosa que lo que era la semilla, porque nunca cosechamos más que lo que sembramos. Es decir, nos perdemos a nosotros mismos, y por lo tanto nos encontramos a nosotros mismos, solo que en mayor medida. Eso es todo.

Castidad

Si consideramos la segunda paradoja (cuando estamos verdaderamente solos, somos uno con todo, y cuando somos uno con todo, estamos solos), nos encontramos ante la semilla del celibato. Nuevamente, lo que hay entre la semilla y la cosecha es simplemente el esfuerzo ascético que puede tomar muchas, muchas formas diferentes. Está destinado solamente a cultivar esa semilla para que al final el resultado sea precisamente ese: ser uno con todos, estando solo. Podría argumentarse muy acertadamente (pero creo que tendría que hacerlo alguien que no fuera monje) que la vida matrimonial es otro camino hacia la misma meta de ser uno con todos y estar verdaderamente solos. Significa que somos uno con nosotros mismos, que no somos solamente la mitad de un par, sino que estamos verdaderamente solos y somos uno con todo; no solamente con nuestra compañera o compañero, sino con todo. El matrimonio no es un egocentrismo de a dos.

Obediencia

La tercer paradoja es el origen de lo que llamamos obediencia. Lo primero que pensamos acerca de la obediencia es que hacemos lo que otra persona nos dice que hagamos. Ese es un medio ampliamente consagrado y muy provechoso para cultivarla, pero quedarse atrapado en el sería erróneo y totalmente estéril. Si solo fuera cuestión de reemplazar mi propia voluntad por la de otro, preferiría quedarme con la mía: me es mucho más familiar. Lo que en realidad se busca es trascender completamente la propia voluntad, porque nuestra voluntad es lo único que se interpone entre nosotros y la capacidad de escuchar. Todos nuestros cuestionamientos, nuestra frenética búsqueda de soluciones, son solo expresión de nuestra pequeña voluntad propia que se pone por encima y en contra de la totalidad. En el momento en que renunciamos a ella y la entregamos, la totalidad puede llegar a nosotros y brindársenos. Cuando nos entregamos a la totalidad, ya no buscamos apoderarnos de ella, ni atraparla o sujetarla.

La obediencia significa literalmente una escucha esmerada; ob-audire significa escuchar con detenimiento o, como dice la tradición judía, “destapar nuestro oído”. Aquello que nos tapa el oído debe ser quitado para que podamos escuchar con detenimiento. Esa es la obediencia propia del Antiguo Testamento. De muchas maneras, en muchos idiomas, la palabra obediencia es una manera intensiva de escuchar: hören, ge-horchen; audire, ob-audire; etc.

La vida consiste en mucho más que simplemente fenómenos aislados. Hay toda una dimensión de la vida que debemos escuchar con nuestro corazón, con plena conciencia.
En otras palabras, la obediencia, hacer lo que otro nos dice que hagamos, puede ser usado como un medio ascético para superar la propia voluntad, y el seguir siempre nuestras propias ideas y nuestros propios proyectos. Es un medio de renunciar a lo propio con el fin de contemplar la totalidad y alabarla, como dice Agustín. Sin embargo, lo decisivo en la obediencia es aprender a escuchar, y a menudo hacer la voluntad de otra persona puede ser un obstáculo para aprender a escuchar: nos volvemos marionetas manejadas por hilos. Esto último es muy importante en el contexto de encontrarle sentido a las cosas, el contexto en el que enmarcamos la experiencia mística. Cuando vemos que algo no tiene sentido, decimos que es absurdo. Pero al decir “absurdo” nos delatamos, ya que absurdus es precisamente lo opuesto a ob-audiens. Absurdus significa absolutamente sordo. Por lo tanto, si decimos que algo es absurdo, simplemente estamos diciendo: “Soy absolutamente sordo a lo que esto me quiere decir. El todo me está hablando, y yo estoy completamente sordo.” No hay nada fuera nuestro que sea sordo; no podemos atribuirle la sordera a la fuente del sonido. Somos nosotros quienes estamos sordos, quienes no podemos oír. Por eso, la única alternativa que todos tenemos, cualquiera sea nuestra forma de vida, es reemplazar una actitud absurda por una actitud obediente. El avanzar aunque sea un poco en este camino de la obediencia demanda toda una vida.

Con todo esto quiero señalar que la vida consiste en mucho más que simplemente fenómenos aislados. Hay toda una dimensión de la vida que debemos escuchar con nuestro corazón, con plena conciencia. La conciencia plena es necesaria para encontrar el sentido de la vida, y el intelecto no es la totalidad de nuestra mente. El intelecto, me apresuro a aclarar, es una parte importante de nuestra mente, pero no lo es todo. Lo que quiero decir aquí cuando hablo de “la totalidad de la mente” es más bien lo que la Biblia y muchas tradiciones religiosas llaman “corazón”. El corazón es la persona total, no solo el sitio en el que se localizan las emociones. La clase de corazón de la que hablamos aquí es el corazón en el sentido con que un amante dice “te doy mi corazón”. No te doy una parte de mi ser, sino que me entrego todo a ti. De este modo, cuando hablamos de hacer algo “con todo el corazón”, cuando hablamos de una conciencia plena, decimos que únicamente con una actitud así es posible entregarse al sentido de la realidad.

Hermano David Steindl-Rast

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