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El poder del despojo

Hugo Mujica
La desnudez de seguridades materiales lleva a buscar la seguridad de la fe, y hace posible que se transparente el mensaje divino, su misericordia y su compasión.


Del Evangelio de Marcos (6,7-13.)
Jesús llamó a los Doce y los envió de dos en dos, dándoles poder sobre los espíritus impuros. Y les ordenó que no llevaran para el camino más que un bastón; ni pan, ni alforja, ni dinero; que fueran calzados con sandalias, y que no tuvieran dos túnicas. Les dijo: “Permanezcan en la casa donde les den alojamiento hasta el momento de partir. Si no los reciben en un lugar y la gente no los escucha, al salir de allí, sacudan hasta el polvo de sus pies, en testimonio contra ellos”. Entonces fueron a predicar, exhortando a la conversión; expulsaron a muchos demonios y curaron a numerosos enfermos, ungiéndolos con óleo.

En este pasaje es Jesús mismo quien nos instruye sobre cuáles son los sentimientos que deben tener los discípulos en la misión que les confía,
los que tenemos que tener nosotros, llamados a llevar su palabra a los demás.

La misión, que no es un agregado o una opción al hecho de ser cristianos,
sino que es el ser mismo,
la esencia misma de ser iglesia.

Misión que no hace más que prolongar la dimensión misionera de la vida misma:
de la vida que es entrega,
de la vida que nace y crece en y desde el amor que vamos entregando.

Es la misión que cada uno debemos encarnar,
la misión por la que cada uno deberemos responder.

Antes que nada –nos dice Jesús– hace falta que los discípulos se presenten despojados de todo lo que no sea la palabra que llevan,
despojados y vulnerables delante de aquellos a quienes entregan la palabra que recibieron,
la palabra en la que creen y porque creen la dan.

El discípulo, el portador de la palabra,
debe aparecer
como un mendigo antes los hombres,

ante los hombres que deben reconocer en esa pobreza a alguien que vive solo de esa palabra que anuncia, que en ella encuentra su razón de ser,
encuentra el sentido con el cual vivir.

Deben llevar, escuchamos, solo un bastón;
ir calzados con sandalias,
y no tener dos túnicas, sino solo una;

ir solo con lo puesto,
solo con lo que no nos pesa ni detiene,
solo con lo que nos ayuda a caminar,
a ir hacia los otros, a sembrar la palabra en los demás.

El poder de la palabra no debe apoyarse en ningún artificio que debilitaría el vigor de su desnudez,
ni se debe apoyar en ninguna elocuencia
que opaque la transparencia de su verdad.

Cuando el discípulo se entrega a la palabra con cuerpo y alma, recibe en esa misma palabra
el poder de Jesús sobre el mal,

recibe el poder más divino, el poder de la bondad:
el poder de curar, de alejar el dolor,
de consolar al sufriente.

La condición es que esta palabra sea su único tesoro,
su única pasión;
que esa palabra sea la expresión de su propia vida,
una palabra que más que decirla pueda mostrar,
no una verdad, sino una evidencia: una encarnación.

“Ni pan, ni alforja, ni dinero” agrega Jesús:

es el poder de la palabra solamente condicionado a que nada se retenga para sí:
ni esa palabra, ni su riqueza ni su consuelo.

El caminar de la iglesia, y el de cada uno de nosotros,
Está bajo las mismas exigencias.

La gracia se sirve de nuestra naturaleza humana,
pero no se apoya sobre ella:
no se deja condicionar por ninguna eficacia humana,
tampoco por ninguna debilidad.

El dinero, el prestigio, el poder
son tentaciones y trampas para la iglesia que se sabe,
que debe saberse, que no debiera olvidar,

destinada al gran despojo,
a la absoluta desnudez de la cruz pascual,
a la abismal sencillez del evangelio encarnado,

destinada a la única seguridad que se nos está permitida:
el salto de la fe hacia el horizonte de la esperanza.

Porque en esto,
como en todo lo que nos revela el evangelio,
lo que es locura para el mundo,
lo que es débil,
lo que es despreciado,
aquello que es nada a los ojos del mundo.

Es lo que eligió Dios para reducir todo a nada,
todo aquello que creemos ser fuera de él,
que creemos poder hacer fuera del amor fecundante
de Dios,
de su misericordia, de su compasión,
de esa compasión y esa misericordia
que son su palabra,
que revelan su corazón.


Hugo Mujica estudió Bellas Artes, Filosofía, Antropología Filosófica y Teología. Tiene publicados más de veinte libros y numerosas antologías personales editadas en quince países; alguno de sus libros han sido publicados en inglés, francés, italiano, griego, portugués, búlgaro y esloveno.

www.hugomujica.com.ar

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