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El talento es el prójimo

Hugo Mujica
La vida humana fructifica en la entrega: “El otro ser humano, el que me suplica o aún el que calla a mi costado, ese es el talento del cual nos pide cuentas Dios”.


Evangelio según San Mateo (25, 14-30)
El Reino de los Cielos es también como un hombre que, al salir de viaje, llamó a sus servidores y les confió sus bienes. A uno le dio cinco talentos, a otro dos, y uno sólo a un tercero, a cada uno según su capacidad; y después partió. Enseguida, el que había recibido cinco talentos, fue a negociar con ellos y ganó otros cinco. De la misma manera, el que recibió dos, ganó otros dos, pero el que recibió uno solo, hizo un pozo y enterró el dinero de su señor. Después de un largo tiempo, llegó el señor y arregló las cuentas con sus servidores. El que había recibido los cinco talentos se adelantó y le presentó otros cinco. “Señor, le dijo, me has confiado cinco talentos: aquí están los otros cinco que he ganado”. “Está bien, servidor bueno y fiel, le dijo su señor, ya que respondiste fielmente en lo poco, te encargaré de mucho más: entra a participar del gozo de tu señor”. Llegó luego el que había recibido dos talentos y le dijo: “Señor, me has confiado dos talentos: aquí están los otros dos que he ganado”. “Está bien, servidor bueno y fiel, ya que respondiste fielmente en lo poco, te encargaré de mucho más: entra a participar del gozo de tu señor”. Llegó luego el que había recibido un solo talento. “Señor, le dijo, sé que eres un hombre exigente: cosechas donde no has sembrado y recoges donde no has esparcido. Por eso tuve miedo y fui a enterrar tu talento: ¡aquí tienes lo tuyo!”. Pero el señor le respondió: “Servidor malo y perezoso, si sabías que cosecho donde no he sembrado y recojo donde no he esparcido, tendrías que haber colocado el dinero en el banco, y así, a mi regreso, lo hubiera recuperado con intereses. Quítenle el talento para dárselo al que tiene diez, porque a quien tiene, se le dará y tendrá de más, pero al que no tiene, se le quitará aun lo que tiene. Echen afuera, a las tinieblas, a este servidor inútil; allí habrá llanto y rechinar de dientes”.

Aquí, como en tantos otros pasajes del evangelio,
hoy, como tantos otros domingos,
como cada día de nuestras vidas,
la opción es la misma: se retiene o se entrega,
se guarda o se da.

Es la posibilidad humana,
la del talento que lo distingue de todo lo creado:
la libertad, el poder optar:
la alternativa entre abrirse o cerrarse,
expandirse o replegarse.

Muchos son los talentos que nos ha dado Dios
pero hay un talento que subyace y abarca a todos:
la propia vida de cada uno,
la que tenemos que vivir de tal manera que no se transforme en nuestra propiedad,

la vida que se nos da para que la terminemos de hacer nacer,
la vida que hoy nos vuelve a llama a invertir,
a acrecentar.

La vida por la que deberemos responder,
responder fecundándola.

La opción, la evangélica, es clara, es una:
la cobardía de querer salvar la vida no viviéndola
o el coraje de la fe:
el coraje de vivir desviviéndose,

el coraje de la fe que es entregar lo que ya se es,
el coraje de la esperanza de nacer desde lo que se va entregando.

Tanto biológica como cultural o económicamente,
acrecentar, aumentar, es traer hacia sí:
se trata de acumular, de guardar,
ser más teniendo más:
ser uno mismo trayendo lo otro hacia sí.

Evangélicamente, en craso contraste,
invertir la vida es entregarla,
tener es dar, sumar es restar,
llenar es vaciarse…

No hay otra forma de ganancia porque no hay otra salvación que la que mostró la encarnación,
que manifestó la cruz.

Dios entrega sus talentos, pero antes que nada,
se entregó él, se sigue entregando hoy.

Yo, cada uno de nosotros, somos su don,
el don de nuestra propia vida,
la vida que recibimos no para apropiárnosla sino para entregarla,
el don de la vida que debemos donar.

Y por último, como condición de posibilidad de nuestra trascendencia,
de nuestra salvación,
podemos decir que hay un lugar donde todos los dones,
todos los talentos, se reúnen:

en el padecer del hombre o la mujer que se duelen en nuestro mundo:
en el dolor que transfigura al otro en prójimo.

El otro, el otro ser humano, es el talento que Dios me da:
me da para que me pueda dar yo,
para tener dónde multiplicar mi vida,
dónde expandirla hasta la eternidad.

El otro hombre, mujer, niño o anciano,
es el espacio donde acrecentar mi vida entregándola,
donde reverenciar a Dios revelándolo.

Nadie llega a ser verdadera y plenamente hombre
sin encarnar lo divino que late en lo humano:
la posibilidad de amar,
de entregarse, de ir más allá de sí.

Por eso nadie está completo con solo la propia vida,
nadie es meta de sí.

Repito: Dios nos da la vida y se da él
pero nos da también otro don, otro talento:
nos da al otro hombre,

y nos da en el otro el lugar de la comunión,
la meta de cada destino,
el camino y la llegada a Dios,
o simplemente el otro como posibilidad de entrega,
de amor, de inversión del don de vivir.

El otro ser humano, el que me necesita,
el que me pide,
el que me suplica o aún el que calla a mi costado,
ese es el talento del cual nos pide cuentas Dios.

Lo que hayamos dado lo habremos acrecentado,
la vida que hayamos guardado la habremos perdido,
lo que dimos se nos devolverá,
lo que guardamos se nos quitará.

Es tan simple como definitivo:
simple como el evangelio,
definitivo como la salvación.


Hugo Mujica estudió Bellas Artes, Filosofía, Antropología Filosófica y Teología. Tiene publicados más de veinte libros y numerosas antologías personales editadas en quince países; alguno de sus libros han sido publicados en inglés, francés, italiano, griego, portugués, búlgaro y esloveno.

www.hugomujica.com.ar

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