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Elogio de la meditación

Años atrás se consideraban a la ciencia y la espiritualidad como realidades opuestas. En nuestros días, cada vez son más los científicos que se interesan por estudiar las prácticas espirituales y sus influencias en la persona. Compartimos palabras del neurólogo y neurocientífico Facundo Manes.


Los seres humanos conocemos cada vez más de la naturaleza y de la cultura en virtud del afán por saber e investigar sobre todos los temas a través de múltiples recursos. Y esa construcción del conocimiento se logra de modo más eficiente cuando aun los enigmas más desafiantes se abordan con métodos creativos, probados (o, al menos, probables) e interdisciplinarios.

Es por eso que uno de los aspectos más fascinantes de las neurociencias modernas es su afán por construir puentes con otras disciplinas y campos del conocimiento. Esto resulta imprescindible porque para entender el complejísimo sistema nervioso debemos necesariamente inmiscuirnos en cada una de las conductas y abordarlas desde una mirada amplia y libre de prejuicios.

La meditación puede producir cambios en nuestro sistema nervioso central. Algunas prácticas de meditación sirven, incluso, para mejorar la función inmune.
Ejemplo de estos vastos desafíos es el gran foco que han puesto muchos laboratorios del mundo, a lo largo de las últimas décadas, en el estudio de conductas ligadas a la espiritualidad y la meditación, ámbitos que típicamente fueron considerados antagónicos de la ciencia. Sin embargo, cada vez más científicos dedican sus esfuerzos a comprender cómo es que nuestro cerebro permite comprometernos con conductas ligadas a conceptos tan abstractos.

A fines de la década de 1970, fue fundada en el Centro Médico de la Universidad de Massachusetts la Clínica de Relajación, luego devenida en la Clínica de Reducción de Estrés basada en mindfulness. Esta práctica es considerada una forma de meditación para algunos y una práctica complementaria a las terapias tradicionales para otros.

En la actualidad, el llamado “mindfulness” (“atención plena” o “presencia mental”, según algunas traducciones) y otras técnicas se utilizan como ayuda en el manejo interdisciplinario de distintas condiciones clínicas, médicas y psicológicas, incluyendo el dolor crónico, la ansiedad y el estrés.

Ciertos estudios reconocen que durante una práctica de meditación, se evidencia un predominio del tono parasimpático, es decir, de las estructuras de nuestro sistema nervioso autónomo que generan los cambios fisiológicos asociados con la relajación, tales como la disminución de la frecuencia cardíaca y la respiratoria. Para estos investigadores, la meditación puede producir cambios también en nuestro sistema nervioso central. Se ha visto, por ejemplo, que las áreas de la corteza prefrontal, asociadas con emociones y funciones sociales, son intensamente estimuladas con la meditación, mientras que las áreas del cerebro típicamente asociadas con el procesamiento de las emociones negativas, tales como la amígdala, disminuyen su actividad.

Pero quizás los hallazgos más sorprendentes realizados en voluntarios que reportaban altos niveles de espiritualidad son aquellos que muestran cambios incluso más allá del sistema nervioso. Por ejemplo, se ha visto un aumento en los niveles circulantes de anticuerpos, sugiriendo que algunas prácticas de meditación sirven, incluso, para mejorar la función inmune.

Lo interesante, también, es que este tipo de resultados se observan con un buen período de sueño continuo, demostrando que estados en los que hay cambios fisiológicos y normales de nuestra conciencia contribuyen a la regulación de la función inmune, así como también de la endocrina.

Estas investigaciones, lejos de demostrar el efecto irrevocable de un ejercicio en particular, nos permiten bucear en la compleja interacción entre el cerebro y ciertas prácticas sociales que, aunque no aparenten, también dependen de él.

Tomado del libro “Usar el cerebro”, de Facundo Manes y Mateo Niro.


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