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Esa hondura sin fondo

Santiago Candusso
Santiago Candusso sostiene que no debemos olvidar que, paradójicamente, la religión trata de decir lo indecible, y religarnos con el Misterio que siempre estará más allá de nuestra comprensión.


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Creo que entre las búsquedas que hoy se registran bajo el nombre de espiritualidad, hay prácticas concretas que permiten retomar un ritmo humano, dedicando momentos de silencio nada más que a percibir, para descansar en la simple Presencia. Son un brote al que hay que prestar atención como emergentes de una necesidad y de un nuevo centro de transformación. Esas prácticas contemplativas cambian la realidad, porque dejan que surjan cosas que no surgen de otra manera: un silencio realmente silencioso, una celebración realmente gratuita, aunque parezca paradójico, cambian la realidad. Y la cambian con una potencia y en una dirección que jamás podríamos prever. Incluso hasta cuando nos juntamos, creo que lo más fecundo es juntarse para hacerle espacio al otro, en busca de esa comunión que viene más del misterio del encuentro que de la suma de subjetividades. Muchas personas van sintiendo que se necesita cultivar la mirada, la actitud y la oración contemplativas: una mistagogía para que se manifieste la potencia del Espíritu y se mantenga a través del tiempo en todos los ámbitos de la acción humana, para activar la sinergia humana-divina que nos necesita, nos incluye, nos trasciende… y nos deja transfomados e inspirados.

Esto tiene que ver con Dios, y parece una tontera decirlo. Sin embargo pasa, muy a menudo, que esto se tiene en cuenta formal, discursiva y mentalmente, pero sin poner existencialmente en juego una relación con el Misterio. Dios suele ser el garante ético, la fuente de inspiración moral, la referencia mental del culto… pero no esa dimensión inefable, incontrolable, innominable, que precisamente no existe a la manera en que existen las cosas o los seres, y que se intuye y se comunica en la espiritualidad. Me parece que parte de la tarea que tenemos es la de volver a concientizar la paradoja de la espiritualidad: se trata de una expresión apropiada para decir lo indecible, de un camino para religar aquello que está y estará siempre más allá (o más acá).

Dios suele ser el garante ético, la fuente de inspiración moral, la referencia mental del culto… pero no esa dimensión inefable, incontrolable, innominable, que precisamente no existe a la manera en que existen las cosas o los seres, y que se intuye y se comunica en la espiritualidad.
Una “expresión apropiada” en el doble sentido de idónea y de hecha propia, siempre paradójica: porque si es realmente idónea para lo inefable, nunca lo dirá acabadamente, y si realmente posibilita hacer propio lo inaprensible, no permitirá que lo aprehendamos completamente. Hay que reconcientizar la naturaleza elusiva del sentido último y, particularmente, reconocer por experiencia esa hondura sin fondo en el fondo de todo, de cada cosa y cada ser, de cada relación y cada acontecimiento. Como insisten los místicos, es una herida siempre abierta, y el crecimiento espiritual consiste en aceptar el hecho de que no cicatriza, ni cicatrizará. Así que para discernir la cuestión de la espiritualidad, creo, hay que apuntar a dos tópicos que se iluminan mutuamente: el discernimiento de las mediaciones apropiadas (lenguaje, prácticas, símbolos, doctrinas, ritos, etc.) y la permanente consideración de que el sentido último viene siempre de lo siempre inefable.

A la fenomenología de lo sagrado, especialmente en la mística, una de las características que la define es la demolición de lo subjetivo y lo objetivo como categorías aptas para comprender y comprenderse. Creo que esta dimensión antropológica sigue vigente y por ahí pasa parte de la búsqueda renovada de espiritualidad: un ámbito que alcance una profundidad mayor que aquellos otros en que lo subjetivo y lo objetivo reinan, sea una ética, un arte, una política, una religión, una filosofía, una ciencia… Se requiere un ámbito que las englobe, un sentido englobante de los otros niveles de sentido. O un sentido presente en todos y cada uno de los otros… Un nivel fuera de escala.
La espiritualidad trata con lo esencial. Y se ocupa también de cómo nos relacionamos con ese nivel que no está bajo nuestro control. Arranca de una pasividad que comienza por registrar que ese nivel existe. Sigue por una pasividad que enseña a crecer recibiendo, escuchando, dejando hacer. Va tras un tipo de certeza interior que trascienda la razón y la emoción, en el nivel de nuestra pertenencia al Misterio. Una certeza que por estar allí, es inefable. Es al mismo tiempo una no-certeza, una fe ofrecida: pura apuesta. La presencia de Dios en la brisa suave. Un sepulcro vacío. Corazones ardiendo cuando se “explican” las Escrituras. La insatisfacción persistente en el fondo del alma, dando testimonio de algo que no logramos apagar ni con las experiencias más fuertes y significativas…

En cuanto a las formas concretas, hay dos que me parecen especialmente importantes para reconsiderar: la oración personal y los ritos religiosos. Ambas están hoy devaluadas. Noto que a la oración personal se la confunde con un ejercicio imaginario o con la reflexión personal. Sin una manera para quedar expuesto a la efectiva intervención de Dios en su alteridad real, es comprensible que resulte insignificante. Tal vez se padezca aquí también la lógica de la producción, de la actividad y la velocidad. En la oración personal (y en prácticas análogas) se juega una instancia de nutrición y conocimiento que me parece difícil de reemplazar; hay cosas que sólo se oyen y se ven allí. Ignorando esta práctica de recogimiento nos perdemos un lugar privilegiado, único, donde la Realidad se expresa y nos expresa de manera singularísima; clausuramos un lugar insustituible de comunión con Dios y de verdad acerca de nosotros mismos. Quizá por la interpelación directa que conlleva, precisamente por eso, haya resistencia. Actualmente se están ofreciendo nuevos caminos en esta dirección, casi todos recogiendo viejas prácticas de la Tradición cristiana, reconfigurándolas en diálogo con la psicología, las prácticas corporales, las tradiciones religiosas de oriente, etc. Por ejemplo: Oración centrante, Meditación cristiana, Ejercicios de contemplación, Oración de Jesús, práctica de zazen, etc. Dos cuestiones clave serán la de evitar la contraposición entre estas prácticas contemplativas y los compromisos activos (en especial el político), y la de cómo se institucionalice la transmisión, el aprendizaje y el acompañamiento.

Los ritos religiosos tradicionales se fueron desvitalizando y su repetición se asocia hoy muchas veces con la mecanicidad, la hipocresía y la falta de compromiso personal. Motivos no faltan. Los ritos son acciones simbólicas instituidas que se repiten. Son inherentes al ser humano, como lo muestra particularmente la antropología. Su importancia no sólo reside en la comunicación de que es capaz el símbolo, ni en la participación que conlleva la implicación del cuerpo, sino en la repetición de la acción simbólica. El ciclo de la repetición conecta el tiempo con lo sin-tiempo, y además da el marco para ir ahondando la comprensión, la construcción y la implicación con lo celebrado y entre los participantes. La repetición ritual puede alienar, pero vivida concientemente puede economizar fuerzas, direccionándolas hacia una profundidad que no se consigue de otra manera. Su práctica humaniza aún en períodos en que “no se siente”. Y si bien esto es importante para todos los ámbitos de lo humano, lo es más para la religación con el Misterio. Hay que revalorizar, reapropiarse y reformular los ritos religiosos de la Tradición: creo que hay hecho bastante en este sentido, por ejemplo las celebraciones litúrgicas en movimientos eclesiales y comunidades eclesiales de base. Pero hay que dedicarle, me parece, más atención y más estudio, y hacerlo con la intención de llegar a consolidar formas, que permitan contener y potenciar energías, para que no se escurran al servicio de continuas novedades que, muchas veces, parecen estar más en sintonía con el ritmo de un espectáculo de consumo que con la creatividad al servicio del espíritu.

Por último, y como novedad de nuestra época, tendremos que reconocer las prácticas que impliquen una mistagogía sin ser específica y explícitamente religiosas. Se me ocurren ahora los aprendizajes ligados a las artes… Aunque esto supone discernimiento, ya que no cualquier práctica por ser emotiva y portar valores es un camino al Misterio. Tengamos presente, para terminar, que el mundo que nos puedan ofrecer las propuestas de espiritualidad dependerá también del tiempo cronológico que cedamos, de qué lugar real les demos en la agenda.


Santiago Candusso investiga y se desempeña en los ámbitos de la filosofía y de la práctica meditativa, en la confluencia de las tradiciones cristiana católica y budista zen. Da talleres de estudio filosófico, centrados en la experiencia espiritual y su relación con otros campos de la vida social y cultural.

santiagocandusso.com.ar
 

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