English   |     Deutsch   |     Português   

Espíritu vivificante

hugo-100x78

Celebrar Pentecostés es reconocer la presencia del Espíritu de Dios, que le da vida a nuestra vida: “El Espíritu Santo es la vitalidad de la vida, de la exsitencia, de la fe: es la posibilidad de que Dios siga siendo para nosotros vida y no memoria, esperanza y no nostalgia, sorpresa y no costumbre, acontecimiento y no repetición”.

Evangelio según San Juan (20, 19-23)
Al atardecer del primer día de la semana, los discípulos se encontraban con las puertas cerradas por temor a los judíos. Entonces llegó Jesús y poniéndose en medio de ellos, les dijo: “¡La paz esté con ustedes!”. Mientras decía esto, les mostró sus manos y su costado. Los discípulos se llenaron de alegría cuando vieron al Señor. Jesús les dijo de nuevo: “¡La paz esté con ustedes! Como el Padre me envió a mí, yo también los envío a ustedes”. Al decirles esto, sopló sobre ellos y añadió: “Reciban el Espíritu Santo. Los pecados serán perdonados a los que ustedes se los perdonen, y serán retenidos a los que ustedes se los retengan”.

espiritu-vivificante

La vida no es un sustantivo, es verbo o no es vida,
es creación o no es latido;
en su esencia,
en su pulsar y pujar, la vida es deseo de más vida,
afán de despliegue, deseo de engendrar.

La vida, en verdad, no es: deviene,
no se vive: se nace.

Como un río,
con el que desde tan antiguo se la compara,
si la vida se detiene deja de ser lo que es:
deja de tener la transparencia y el movimiento de sus aguas para enlodarse charco,
para perder su transparencia, para no ser nunca mar.

También la vida si no fluye se estanca repetición,
los vínculos se cristalizan costumbre,
la pasión por lo posible se resigna con lo que llama realidad,
con “lo que hay”, como solemos decir.

La religión se cosifica en ritos y supersticiones:
deja de latir, de arder, se vuelve tibieza
y se acomoda en la mediocridad,
en esa gris tristeza de un alma
cuando deja de aspirar a la grandeza.

El Espíritu Santo, el poder fecundante de Dios
es la vitalidad de la vida, de la exsitencia, de la fe:

es la diferencia entre la formalidad o la vivencia,
entre la osadía de la fe o la fe como refugio,
como miedo de vivir.

El Espíritu Santo es la posibilidad de que Dios siga siendo para nosotros vida y no memoria,
esperanza y no nostalgia, sorpresa y no costumbre, acontecimiento y no repetición.

La posibilidad de que Dios siga siendo creación,
de que la vida de Cristo siga siendo vida en la tierra,
en el puñado de tierra con el que cada uno de nosotros está hecho.

El Espíritu Santo es lo más inaprensible de Dios,
y, paradójicamente,
lo más cercano a nosotros de él
es la transparencia que muestra al Hijo,
la transparencia sin la cual no podríamos ver en cada hombre a un hijo de Dios.

El Espíritu Santo es el silencio que hace que en las palabras de la escritura
podamos escuchar el decirse de Dios;
sin el Espíritu serían palabras de sabiduría pero no de salvación,
sin el Espíritu en la misa comeríamos pan y no el cuerpo de Dios.

El Espíritu Santo es Dios rebasándose Dios,
y Dios se rebasa amando,
y amar es crear, es engendrar.

Dios se exterioriza Espíritu para que ya nada quede fuera de él,
para que en él vivamos, nos movamos y existamos,
en él y a él inhalemos y en él y a él exhalemos.

Para que él mismo sea el continente que contiene nuestra vida,
día a día, dolor a dolor, alegría a alegría,
celebración a celebración.

El Espíritu es lo más inaprehensible de Dios
porque es su irrepetible novedad,
porque Dios es Dios por no ser nunca igual a lo que ya fue,
por ser Espíritu, por ser creación.

El Espíritu es la historicidad de Dios,
su ser tiempo, creación y novedad,
su seguir estando cuando la carne del verbo ya ascendió.

Decir Espíritu es nombrar
el tiempo del desplegarse de Dios,
su venir hacia nosotros llevandonos hacia él.

El Espíritu Santo, para resumir y radicalizar,
es la libertad de Dios, y Dios es libre dándose,
y se da creando en nosotros
lo que en nosotros llega a ser él.

Si el río es la imagen de la vida,
la del Espíritu, su imagen, es la del viento que sopla,
un viento que no pasa, que siempre está llegando,
un viento que entra, puede ser por una puerta o una grieta,

pero que entra como el viento en las velas de un velero:
para desplegar, arrastrar,
para hacer de la religión una búsqueda,
una experiencia, una misión.

El Espíritu Santo es una manera de nombrar el soplo de un Dios
que entra en nuestras vidas para liberarnos de una fe que no es riesgo,
de una vida que no es entrega,

librarnos de una vida sin la fecundidad que es el ser y el dar del Espíritu,
el Espíritu que crea y fecunda,
porque el Espíritu es el nombre del amor
cuando el amor es el nombre de Dios.


Hugo Mujica estudió Bellas Artes, Filosofía, Antropología Filosófica y Teología. Tiene publicados más de veinte libros y numerosas antologías personales editadas en quince países; alguno de sus libros han sido publicados en inglés, francés, italiano, griego, portugués, búlgaro y esloveno.

www.hugomujica.com.ar

Dejar un comentario