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“Felicidades”, en plural

Virginia Gawel
A propósito de las fiestas de fin de año, ¿por qué nos deseamos “felicidades”, en plural? Porque no es “la” felicidad perfecta, sino las pequeñas felicidades cotidianas las que están a nuestro alcance… Ellas están allí, esperándonos.


“Felicidades”… ¿en plural? Porque quizás en singular (LA Felicidad) sea tan inhallable como lo es una cadena sin sus eslabones… tan inabarcable como el cosmos y sus planetas… o tan ideal como el unicornio que perdió Silvio Rodríguez. Entonces, vayamos a lo seguro: seguro que las Felicidades, –así en plural, pero con mayúscula– ya están allí, y solo esperan que miremos con ojos apreciativos lo que nos rodea.

Cuando yo era muy pequeña, los Reyes Magos me trajeron de regalo un libro para pintar; pero era un libro mágico: uno le pasaba a cada figura simplemente un pincel mojado… ¡y los colores aparecían así, de la nada! Bastaba el suave toque del agua para hacerlos vivir, nítidos y sorprendentes. Nunca más vi libros mágicos como esos. Pero sí vi que la vida misma era así: las Felicidades estaban, pero era uno el que tenía que activarlas con su toque de atención.

Y también, a medida que me fui volviendo grande, vi que quienes eran personas felices tenían, más que LA Felicidad, el don de hacer vivaces las Felicidades escondidas aquí y allá, en lo cotidiano o en lo inusual: en lo más sencillo… Cada uno de ellos, hallador de felicidades.

Allí están nuestras felicidades: reales, concretas, sutiles, traviesas, esperando que les pasemos el pincel para asombrarnos de su hermosura.
Gorditas o finitas, cálidas o frescas, peluditas y mullidas, firmes y consistentes, de arcilla o de metal, con gusto a beso o a fragante mandarina, con calce justito o dos talles más grandes, silenciosas o musicales… Allí están nuestras felicidades: reales, concretas, sutiles, traviesas, esperando que les pasemos el pincel para asombrarnos de su hermosura. Y creo que el pincel más hábil para resaltarlas es ejercer una intencional gratitud hacia la vida, manteniendo los sentidos abiertos –como se dice en el Budismo–, la mirada apreciativa.

Que cada uno de nosotros, entonces, tenga muchas Felicidades, en este tiempo y en los que vienen. Que cada uno de nosotros insista en beber de la vida ese jugo gustoso del instante presente. Porque el unicornio de Silvio Rodríguez se ha perdido, sí. Pero las Felicidades que nos corresponden por ley de la vida están ahí, haciéndonos señas desde lo inadvertido, al alcance de nuestro pincel.

¡Un cálido abrazo, siempre!

Virginia Gawel


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