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Fidelidad: amor extendiéndose tiempo

Hugo Mujica
“Quizás la fidelidad sea simplemente eso: el amor extendiéndose tiempo, una ausencia que nos llama a afirmar lo esperado en cada ahora, a amar lo amado en cada opción, a elegirlo en cada elección”.


Evangelio según San Mateo (25, 1-13)
El Reino de los Cielos será semejante a diez jóvenes que fueron con sus lámparas al encuentro del esposo. Cinco de ellas eran necias y cinco, prudentes. Las necias tomaron sus lámparas, pero sin proveerse de aceite, mientras que las prudentes tomaron sus lámparas y también llenaron de aceite sus frascos. Como el esposo se hacía esperar, les entró sueño a todas y se quedaron dormidas. Pero a medianoche se oyó un grito: ‘Ya viene el esposo, salgan a su encuentro’. Entonces las jóvenes se despertaron y prepararon sus lámparas. Las necias dijeron a las prudentes: ‘¿Podrían darnos un poco de aceite, porque nuestras lámparas se apagan?’. Pero estas les respondieron: ‘No va a alcanzar para todas. Es mejor que vayan a comprarlo al mercado’. Mientras tanto, llegó el esposo: las que estaban preparadas entraron con él en la sala nupcial y se cerró la puerta. Después llegaron las otras jóvenes y dijeron: ‘Señor, señor, ábrenos’, pero él respondió: ‘Les aseguro que no las conozco’. Estén prevenidos, porque no saben el día ni la hora.

La escena que nos pinta el evangelio es, aún hoy,
una escena familiar en oriente:
allí el novio, después de comenzada la fiesta,
debe entrar en la sala nupcial acompañado de un cortejo de diez vírgenes.

El novio, en esta escena evangélica, se demora.
También eso es parte de la ceremonia,
parte del amor:
para que haya gozo tiene que haber distancia de lo deseado,
ya que el gozo es la unión y el amor es lo que el encuentro siente.

También entre Dios y el hombre hay una espera:
una prueba, una fidelidad.

Entre Dios y nosotros tiene que haber una distancia,
la distancia de la libertad,
el camino hacia el don.

Hay que pelear el combate del triunfo que nos da Dios.
El triunfo ya lo obtuvo Cristo;
el combate es el de nuestra libertad.

Quizás la fidelidad sea simplemente eso:
el amor extendiéndose tiempo,
una ausencia que nos llama,
que nos llama a afirmar lo esperado en cada ahora,
a amar lo amado en cada opción,
a elegirlo en cada elección.

Creer que el Señor se hizo carne,
que habitó entre nosotros,
es lo que creemos, es la fe por la que estamos aquí.
Pero creer que un día,
un instante cualquiera,
el Señor volverá a venir,
eso, si somos sinceros,
ya nos resulta más difícil de creer.

Podemos afirmarlo conceptualmente,
pero si en realidad lo creyésemos nuestra vida,
nuestra espera sería radicalidad y no tibieza,
decisión y no postergación.

Nuestra existencia toda tendría que estar en vilo,
nuestras manos no dejarían de estar extendidas,
extendidas para dar, abiertas para recibir.

A pesar de esa dificultad,
a pesar de dos mil años de distancia,
la parábola sigue hablando, exhortando:
hay que estar despiertos, vigilantes,
el Señor puede venir ya…
y la muerte de cada uno de nosotros también:
el final puede ser hoy.

Dios se encarnó en un tiempo pasado,
Dios vendrá desde un tiempo futuro;
en medio del recuerdo y la esperanza estamos hoy aquí.

Pero nada de lo que pasó en Dios es pasado:
desde atrás, desde su encarnación,
nos sigue alcanzando,
haciéndose presente;
sus palabras siguen hablándonos hoy,
su carne y su sangre derramándose desde cada altar,
se hace hoy y cada día comunión.

Pero el Señor también viene desde adelante,
realiza ya su llegada:
nos sale al encuentro en cada pobre o enfermo,
en cada sediento, hambriento o encarcelado,
nos llama desde cada injusticia,
tiembla el frío de los que duermen en los umbrales.

Cada necesidad humana no es sólo su venida:
es también su juicio:
dormimos o respondemos, vigilamos o nos miramos,
pero siempre optamos,
siempre elegimos: Dios o nosotros, el otro o yo.

El Señor ya está viniendo, está sobre el altar,
está para despertarnos.

Nuestras lámparas deben estar encendidas,
es decir, nuestros ojos deben estar abiertos.
Nuestro corazón debe arder de compasión por los que ni siquiera pueden esperar al Señor,
los que simple y necesariamente esperan primero un pedazo de pan,
el calor de una sopa,
el abrigo de una manta.

El Señor viene a cada instante,
somos nosotros quienes no lo vemos,
quienes damos la espalda al dolor desde el cual nos golpea para despertarnos,
golpea la puerta que nosotros mismos cerramos cuando no la abrimos a los demás.


Hugo Mujica estudió Bellas Artes, Filosofía, Antropología Filosófica y Teología. Tiene publicados más de veinte libros y numerosas antologías personales editadas en quince países; alguno de sus libros han sido publicados en inglés, francés, italiano, griego, portugués, búlgaro y esloveno.

www.hugomujica.com.ar

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