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Halloween: ampliar la mirada

Halloween es una ocasión para ampliar nuestra mirada respecto de otras culturas y tradiciones. Lejos de tomarla como una amenaza, podemos ver a esta celebración como una oportunidad de enriquecernos con el aporte de lo diferente.


Del tiempo en que viví en Estados Unidos, uno de los recuerdos más tiernos que tengo es cuando les ayudaba a mis sobrinos a prepararse para Halloween. En una ocasión les hice un esqueleto articulado de cartón que colgaba de la puerta de entrada de la casa, y que mediante una tanza invisible y un juego de poleas bajaba inesperadamente sobre los desprevenidos visitantes… La diversión a veces se tornaba discusión a la hora de repartirse los dulces que habían reunido luego de ir “trick or treating”. ¡Todos queríamos (me incluyo) quedarnos con los mejores!

Ya de vuelta en Argentina (en mi caso, pero lo que voy a describir a continuación se da también en otros países), año tras año me sorprendía, y me sigo sorprendiendo, con anuncios que circulan sobre todo en internet en los que se dice “No permitas que tus hijos celebren Halloween”, “Halloween es una celebración satánica”, etc. etc. Me sorprendo porque veo el contraste entre la inocencia de aquellos recuerdos con la gravedad de estos anuncios.

¿Por qué nos incomodan las características de lo ajeno, siendo que esas mismas características están presentes en lo propio?
Este contraste que descubrí me llevó a pensar dos cosas. En primer lugar, ante aquello que no es “nuestro” (léase aquello que no pertenece a nuestra cultura, a nuestra religión, a nuestras costumbres), podemos caer en la tendencia de juzgarlo como “malo” (o al menos “sospechoso”). Y en segundo lugar, si una característica está presente en lo “nuestro” (en nuestra cultura, religión, partido político, etc.), la vemos bien o la justificamos. Pero si esa misma característica está presente en lo que no es nuestro, la vemos mal o la rechazamos. ¡Aunque se trate de la misma característica!

Me explico: en el caso de Halloween, por ejemplo, a muchos les “hace ruido” que proliferen imágenes de esqueletos y vampiros… pero aceptan imágenes Cristo sangrante o de santos meditando con una calavera en la mano. En estos días leía en un blog católico a una educadora invitando a los padres a vestir a sus niños “de un santito, o de algo que no sea tan terrorífico”. Al leerlo, recordé a una persona no cristiana que en una ocasión me dijo que no quiso entrar a una iglesia porque había allí un crucifijo sangrante que le pareció (precisamente) “terrorífico”.

Mi intención aquí no es discutir sobre imágenes religiosas o sobre disfraces. Sí quisiera rescatar lo que decía antes: ¿por qué nos incomodan las características de lo ajeno (cultura, religión, etc), siendo que esas mismas características están presentes en lo propio? ¿Por qué una calavera en el disfraz de un niño de otra cultura está mal, y una calavera en una imagen religiosa de la cultura propia está bien?

Me parece que esta actitud proviene de una conciencia ancestral en la que el “otro” representa un potencial peligro, y por eso ante él se toma una actitud defensiva. ¿Por qué no ver al otro, no como un potencial peligro, sino como una posibilidad de enriquecimiento? En vez de cerrarnos ante el mal que el otro (otra cultura, otra religión, otra forma de pensar…) nos puede traer, sería mejor abrirnos ante el bien que lo distinto nos puede aportar. En el caso de Halloween, podríamos (por poner un ejemplo simple) aprovechar para cultivar en los niños los valores de la gratitud y la generosidad: recordarles agradecer por los dulces que reciben de regalo, y aprender a compartirlos con los demás (¡aunque a algunos, todavía, nos cueste!)

Maximiliano Atencio


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