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Ira y temor

La ira y el temor son emociones relacionadas entre sí. Gaspar Hernández nos propone encauzarlas de manera positiva: canalizar la ira como un motor, y decidirnos a traspasar el umbral de la comodidad.


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Canalizar la ira

La ira es una emoción destructiva y, sin embargo, se ha convertido en el ingrediente principal de las series de televisión, los informativos y las declaraciones políticas: cualquier situación puede contener ira y, por tanto, violencia. La violencia verbal y la no verbal actúan como un anzuelo y, al mismo tiempo, como un recurso para solucionar los problemas, ya sean políticos, matrimoniales o empresariales: muchos jefes todavía motivan a sus empleados enfadándose con ellos. No obstante, la ira es una emoción destructiva siempre y cuando no la sepamos canalizar. Podemos aprender a expresar la ira o el enfado de forma constructiva, y evitar así las consecuencias nefastas que tienen sobre nuestra vida diaria.

John McEnroe

La ira bien canalizada puede ser un motor. Si practicamos deporte cuando estamos enfadados no solo liberamos energía negativa, sino que podemos lograr grandes resultados. Uno de los mejores tenistas de la historia, John McEnroe, fue un joven colérico la mayor parte de su carrera: parecía capaz de transformarla en una gran actuación. Sus ataques de ira eran como llamaradas, y McEnroe era capaz de activarlos y desactivarlos con tanta rapidez que no afectaban a su concentración. Además, tenía tanto talento natural y una determinación tan ilimitada, que contrarrestaban con creces su falta de control emocional.

En el fondo de la ira hay frustración. Si la admitimos y la reconocemos, ya habremos dado el primer paso para desactivarla.
En el fondo de la ira hay frustración. Si la admitimos y la reconocemos, ya habremos dado el primer paso para desactivarla. Se trata de reconocer que estamos airados o que algo nos ha molestado. Lo ideal sería expresar cómo nos sentimos, qué nos ha herido, para que en una próxima ocasión no se vuelva a repetir la misma situación. Según la psicóloga Cristina Llagostera, es más fácil que esto se consiga hablando de uno mismo, de los propios sentimientos y sensaciones, y de la necesidad o expectativa que no se ha visto cumplida. En el caso contrario, puede que la otra persona se sienta juzgada, atacada u ofendida y sea difícil que le llegue el mensaje e intente cambiar su actitud.

Hay otras formas de dar salida a la ira, tales como las técnicas de relajación y de respiración, con las cuales podemos reducir la excitación y la agitación físicas que se desencadenan con esta emoción. Si hablamos cuando ya estamos un poco relajados y tenemos una perspectiva de la situación más ecuánime, el conflicto tendrá más probabilidades de resolverse.

El valor no es ausencia de temor

En Occidente, tener valor implica a menudo no tener miedo, pasar por encima de lo que consideramos bueno o prudente y actuar como personas valientes. En Japón, en cambio, tener valor tiene un matiz distinto. Según Vicente Haya, niponólogo y catedrático de Filosofía, el primer paso para la sociedad japonesa, antes de plantearse la cuestión del valor, es agudizar el ingenio para evitar la confrontación. Para los japoneses, la verdadera destreza, donde se demuestra la inteligencia, es en el arte de eludir el enfrentamiento. Si no lo consiguen, están mostrando su debilidad; entonces tendrán que afrontar esa confrontación sabiendo que han dado mal el primer paso.

El valor no es la falta de temor, sino la conciencia de que vale la pena atravesar el umbral del miedo.
Desde Oriente nos llega la enseñanza de que el valor no es la falta de miedo, sino la conciencia de que vale la pena atravesar el umbral del miedo, aunque las causas que cada uno encuentra para hacerlo sean diferentes: los samuráis tenían un código de honor muy rígido que les servía de guía espiritual, basado en la bondad, la justicia, la cortesía, la honestidad, el honor, el valor y la lealtad. Nosotros, que no somos samuráis, debemos enfrentarnos al miedo y encontrar valor por otros medios. Según el escritor Álex Rovira, el valor es el resultado de varios pasos previos: el coraje (que se obtiene al saber que hay algo por lo que vale la pena luchar), el sentido denotativo de la palabra valor (es decir, generar un valor añadido a la vida), el riesgo que implica traspasar una frontera sin saber a ciencia cierta qué vamos a encontrar al otro lado, y la decisión de traspasar el umbral de la comodidad en el que estamos instalados.

Reunir todos estos requisitos no es fácil, y puede llevarnos a estar inmóviles en un miedo continuo. Esa es una mala política, ya que el miedo solamente es útil cuando nos alerta de algo, pero es un mal consejero cuando se instala en nuestra voluntad e imaginación.

Resumido del libro “El oficio de vivir bien”, del periodista y escritor español Gaspar Hernández.


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