English   |     Deutsch   |     Português   

La medida de la fe

Hugo Mujica
“Podríamos preguntarnos en qué medida creemos en Dios: si es la medida de nuestros cálculos, o la medida del milagro de su compasión, que puede hacer de nuestro dolor el espacio para su creación”.


Del Evangelio de Marcos (5, 21-43)
En aquel tiempo Jesús atravesó de nuevo a la otra orilla, se le reunió mucha gente a su alrededor, y se quedó junto al lago. Se acercó un jefe de la sinagoga, que se llamaba Jairo y al verlo se echó a sus pies, rogándole con insistencia: “Mi niña se está muriendo; ven, pon las manos sobre ella, para que se cure y viva”. Jesús se fue con él, acompañado de mucha gente que lo apretujaba. Había una mujer que padecía flujos de sangre desde hacía doce años. Muchos médicos la habían sometido a toda clase de tratamientos y se había gastado en eso toda, su fortuna; pero en vez de mejorar, se había puesto peor. Oyó hablar de Jesús y, acercándose por detrás, entre la gente, le tocó el manto, pensando que con sólo tocarle el vestido, curaría. Inmediatamente se secó la fuente de sus hemorragias y notó que su cuerpo estaba curado. Jesús, notando que, había salido fuerza de él, se volvió en seguida, en medio de la gente, preguntando: “¿Quién me ha tocado el manto?”. Los discípulos le contestaron: “Ves como te apretuja la gente y preguntas: ‘¿Quién me ha tocado?’”. Él seguía mirando alrededor, para ver quién había sido. La mujer se acercó asustada y temblorosa, al comprender lo que había pasado, se le echó a los pies y le confesó todo. Él le dijo: “Hija, tu fe te ha curado. Vete en paz y con salud”. Todavía estaba hablando, cuando llegaron de casa del jefe de la sinagoga para decirle: “Tu hija se ha muerto. ¿Para qué molestar más al maestro?”. Jesús alcanzó a oír lo que hablaban y le dijo al jefe de la sinagoga: “No temas; basta que tengas fe”. No permitió que lo acompañara nadie, más que Pedro, Santiago y Juan, el hermano de Santiago. Llegaron a casa del jefe de la sinagoga y encontró el alboroto de los que lloraban y se lamentaban a gritos. Entró y les dijo: “¿Por qué se alborotan y lloran? La niña no está muerta, sino que duerme”. Se reían de él. Pero él los echó fuera a todos, y con el padre y la madre de la niña y sus acompañantes entró donde estaba la niña, la tomó de la mano y le dijo: “Talitá kum (que significa: contigo hablo, niña, levántate)”. La niña se puso en pie inmediatamente y echó a andar –tenía doce años–. Ellos se llenaron de asombro y él les mandó insistentemente que nadie se enterase de lo sucedido. Después dijo que dieran de comer a la niña.

¿Puede haber mayor contraste,
algo más incompatible que el encuentro
entre la muerte y un niño?

Y aquí, en el pasaje que escuchamos,
la niña y la muerte se encuentran;
y ahí mismo, en ese abismal desgarro,
se abre el espacio para la fe:
la apuesta por lo imposible:
la posibilidad de que acontezca Dios.

Jairo, el padre de la niña, cree en Jesús,
Jesús cree en la fe de ese hombre
y ambos se ponen en camino,
en el camino de la fe, en la senda del milagro.

Apenas Jesús se pone en camino su camino pareciera que ese camino es un callejón,
que ya no lleva a ninguna parte:
la niña ha muerto,
lo irreparable acaba de ocurrir.

“No temas –dice Jesús-, simplemente cree”.
Una vez más, el temor o la fe,
nosotros y nuestras medidas
o la inconmensurabilidad de Dios,
en la desmesura que es Dios
en que sus caminos no son nuestros caminos
ni su medida la abarcar nuestro medir.

Jairo no hace una profesión de fe;
simplemente permanece junto a Jesús,
hace de su estar su testimonio, de su fe un seguimiento.

Si hasta ahora esperaba de Jesús la posibilidad
de una curación,
si esperaba una mera posibilidad humana,
ahora verdaderamente cree:

Cree en la posibilidad de lo imposible,
ahora cree lo que humanamente no se puede creer.
Ahora su fe no tiene medida humana,
va más allá de la vida,
ahora abarca la muerte:

Ahora sí, su fe es entrega, es fe en Dios.

Los amigos de Jairo le dicen que no moleste a Jesús;
después, los que lloran junto a la niña,
se burlarán de Jesús cuando diga que no está muerta sino dormida.
Después, como siempre,
la realidad se hace sentir:
la desesperación querrá vencer.

Pareciera que sólo Jesús y Jairo esperan,
Jairo en la fuerza de Jesús, Jesús en la fe de Jairo;
uno y otro reunidos en el dolor,
el de la compasión de Jesús hacia todo dolor humano,
el del dolor de Jairo, su dolor de todo padre.

Es solo en el dolor, en el más hondo dolor,
donde quizás se pueda llegar a creer que lo imposible
se puede realizar,
que todo fin puede ser comienzo…
a creer simple y radicalmente en la cruz.

Jesús dirá su palabra, su talita kum,
y su palabra generará la vida.
La niña volvió a la vida,
a la vida que nació del encuentro de la fe de un hombre con la compasión de Dios,

El milagro que ocurre cuando encuentra espacio Dios,
cuando una herida se abre hacia él.

Hoy nos suena tan remota como folklórica
la idea de que un muerto vuelva a la vida;
hoy tenemos fe, creemos en Dios,
pero nos volvimos prudentes, más razonables,
más ilustrados.

Tenemos fe pero en un Dios a imagen y semejanza de nuestros límites,
a imagen y semejanza de nuestra resignación;

un Dios a imagen y medida de lo que podemos calcular:
hoy tenemos más fe que esperanza.

Ya no creemos en un Dios para quién lo humanamente imposible es el espacio de su posibilidad.

La mucha o poca fe que tenemos,
es lo mucho o lo poco que dejamos obrar a Dios.
En verdad creemos en Dios en la exacta media en que queremos que obre él,
en que lo dejamos obrar.

Y, en verdad,
solemos querer que nos consuele pero no nos cambie,
que avale nuestros planes pero no los trastoque,
que nos haga pensar en los otros
pero sin olvidarnos de nosotros mismos,
sin desplazar a nuestro yo del primer lugar.

Podríamos preguntarnos en qué medida creemos en Dios,
o, lo que es lo mismo,
qué espacio abrimos en nuestra vida a su obrar:

si es la medida de nuestros cálculos, o la medida del milagro de su compasión,
el milagro que puede hacer de nuestro dolor el espacio para su creación,
el que puede hacer de nuestra inevitable muerte el paso hacia un eterno nacer.


Hugo Mujica estudió Bellas Artes, Filosofía, Antropología Filosófica y Teología. Tiene publicados más de veinte libros y numerosas antologías personales editadas en quince países; alguno de sus libros han sido publicados en inglés, francés, italiano, griego, portugués, búlgaro y esloveno.

www.hugomujica.com.ar

  • responder Sandra ,

    Hermoso mensaje que toca los mas profundos hilos de mi alma y corazon. Que renuevan mi fe, que reflejan mi verdad en tu verdad oh Jesus! mi amado, Porque el dolor mas grande, el que me desteozo, hizo que mi ojos miraran aquella cruz y recordara que Tu me amas tanto y que yo soy tu talita-kum.

    Dejar un comentario