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La vida, puro don

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Jose Chamorro
La vida es don y a la vez donación: en todas sus formas, la vida se recibe gratuitamente y se da generosamente. Solo conociéndonos plenamente, con nuestras luces y sombras, podremos dar lo mejor de nosotros mismos.


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Todo lo que es alguna vez no fue:
todo es don, don de lo que es.
Su manifestación,
la de su no ser:
la de su dar… (1)

Desde tiempo inmemorial el ser humano se ha preguntando por el sentido último de su propia existencia y de la vida en general. Ha filosofado sobre ello, ha escrito y poetizado, se ha entregado a esta búsqueda asumiendo todo tipo de riesgos. Sin que tengamos que leer todo lo que se ha escrito al respecto y sin necesidad de emprender ningún viaje extraordinario, podemos advertir el denominador común en todas las respuestas que se han dado: la vida es puro don y por tanto, como afirma el benedictino David Steindl-Rast, un mundo «dado» es un mundo que se nos ha regalado.(2)

Si logramos observar con un mínimo de atención, al tiempo que nos dejamos sorprender por aquello que es el objeto de nuestra observación, nos daremos cuenta de que la Vida en su multiplicidad de expresiones tiene como rasgo común su capacidad de donarse. Posee una gratuidad que solo se entiende en tanto en cuanto se ofrece en todos los niveles de interrelación en los que se haya presente. De esta manera las plantas, los árboles y sus frutos, los animales, hasta el ser humano solo se comprende en la medida en que se da al otro y a los otros.

Es obvio que no todas las formas de vida poseen el mismo valor aunque todas sean radicalmente valiosas. El ser humano, por su proceso evolutivo, es el único que ha tomado conciencia de esto que decimos y, por ello mismo, es el único al que se le puede pedir responsabilidades por el uso que hace de su libertad. Es la bondad que posee la cualidad que le permite dar lo mejor de sí a otros y que, al mismo tiempo, es el modo del que dispone para verterse generosamente, para comunicar aquello que singulariza a cada uno, esto es, los dones que posee.

Solo cuando el ser humano permite el desbordamiento de lo mejor de sí mismo entonces se puede afirmar que se dona en la gratuidad de su propia existencia.
Este darse tampoco es igual para todos los seres. En el ser humano requiere de la necesidad de reconocer las virtudes y los defectos que le son propios, es decir, sus fortalezas y sus limitaciones. Afirma el filósofo Francesc Torralba: dar lo mejor de sí mismo solo es posible si uno reconoce sus virtudes y sus defectos, el fondo emocional que late en su ser y tiene la inteligencia para separar, distinguir y ordenar ese fondo, para verter lo más valioso que hay en los adentros.(3) Solo cuando el ser humano permite el desbordamiento de lo mejor de sí mismo, entonces se puede afirmar que se dona en la gratuidad de su propia existencia. Es esto mismo lo que sucede en el sencillo gesto de “dar las gracias”, cuando damos las gracias nos estamos dando a nosotros mismos. Alguien que dice «gracias» a otra persona realmente está diciendo «estamos juntos».(4) El otro, como un yo que es y que además permite mi existir en la medida que me reconoce y me nombra, merece la bondad de aquello que me singulariza y que además crea al mismo tiempo el lazo estrecho en donde nos podemos encontrar.

El don, en última instancia, es la puesta en práctica de la propia libertad, por ello se puede considerar como liberación. Liberarse es darse, pero solo puede darse quien conoce su ser, su naturaleza y, por tanto, se ha sometido a sí mismo a un riguroso examen, a un persistente autoanálisis.(5) Esta autoreflexión precisa de asumir el riesgo que supone adentrarse en la propia interioridad para reconocer no solo nuestras luces sino también nuestras sombras. El sótano tiene la capacidad de albergar muchas cosas, pero también suele estar más descuidado que otras partes de la casa. En la medida en que logremos convertirlo en un lugar habitable nos estamos dando la oportunidad de ofrecer a otros lo más valioso que guardamos.

El origen de la vida es desbordamiento, un excederse de sí como pura donación. El origen de nuestra vida, que integra nuestra identidad dentro de esa otra Vida, posee la misma capacidad. Su sentido solo se conquista cuando acontece el ofrecerse de uno mismo, la apertura radical que nos deja a la intemperie y que transparenta lo más insólito del Misterio, del sentido inicial y último del Amor. La entrega, que solo puede ser auténtica si nos vacía egoicamente, nos deja en una desnudez que, siendo abismal, descubre la humanidad que nos une desvelando nuestro sentido radical y definitivo.

José Chamorro

Notas:
(1) MUJICA, Hugo. Lo naciente. Pensando el acto creador, Pre-Textos, Madrid 2007,39.
(2) La Gratitud, corazón de la plegaria, Mensajero, Bilbao 2013, 24.
(3) La lógica del don, Khaf, Madrid 2012, 153.
(4) STEINDL-RAST, David. La Gratitud, corazón de la plegaria, Mensajero, Bilbao 2013, 28.
(5) TORRALBA, F. La lógica del don, Khaf, Madrid 2012, 61.


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