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Las paradojas de la felicidad

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Ana María Díaz
“Es posible ser feliz más allá de ser rico o pobre, de llorar o reír, de tener poder o carecer de él… porque la felicidad consiste en mirar la vida con ojos de milagro, con esos ojos creyentes que descubren una invisible presencia por encima de toda experiencia”.


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Detalle de “Sermón de la Montaña”, talla en madera de Russ Aikins, exhibida en la Iglesia Metodista Unida de Plano, Texas.

En el Sermón de la Montaña, Jesús propone un paradojal modo de buscar, encontrar y vivir la felicidad. Paradojal, porque integra experiencias que la humanidad, antes y ahora, han considerado todo lo contrario a la felicidad. Justo a esas experiencias Jesús propone reconocerlas y buscarlas intencionadamente, como caminos de alegre fecundidad. Repasémoslos una vez más.

El sentido de ser austero

Jesús dice: “Felices los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos”. Sabe que anhelamos la riqueza y tememos la pobreza, y que ambos sentimientos nos esclavizan y perturban nuestra vida; que nos alejan de los demás, nos hacen traicionar los ideales, nos llevan a quebrantar principios y, sobre todo, nos llevan a vivir lejos de nuestro propio corazón. Son también causa de mucho dolor, de injusticias, abusos y crímenes, e mpiden que la humanidad se encuentre como una familia. Jesús propone la pobreza de espíritu como un modo de ser libres del control que ejercen sobre nuestra vida el ansia de riqueza y el temor a la pobreza, y de predisponer el corazón para acoger a los demás como iguales.

Los regalos del dolor

Jesús dice: “Felices los que lloran, porque recibirán consuelo”. Sabe que no aceptamos el dolor, que nuestra tendencia natural se inclina por definir la felicidad como total ausencia de dolor. Sin embargo, si observamos con atención, no podemos dejar de notar que el dolor nos vuelve sensibles al sufrimiento de otros, abre nuestro corazón al cariño de los demás, nos vuelve capaces de perdonar y de perdonarnos. Junto con todo esto, el dolor nos acerca a Dios, nos hace necesitarlo, buscarlo y encontrarlo. Todo esto es el inmenso regalo que nos hace el dolor. Nuestra definición de felicidad es parcial, negadora y regresiva. Frente a eso, Jesús nos propone una definición más honda, fecunda y madura. La felicidad definida como consuelo –como alegría después del dolor– es una concepción más completa de la vida: más prudente, más sabia, más libre, más ética y más espiritual.

La sabiduría de la paciencia

Es posible ser feliz más allá de ser rico o pobre, más allá de llorar o reír, más allá de tener poder o carecer de él, más allá de estar sometido o de luchar, más allá de tener buena fama o de ser perseguido. Todo ello, porque los caminos de la felicidad consisten en mirar la vida con ojos de milagro, con esos ojos creyentes que descubren una invisible presencia por encima de toda experiencia.
Jesús dice: “Felices los pacientes, porque recibirán la tierra en herencia”. Sabe que para nosotros es un conflicto grave la urgencia con que queremos alcanzar nuestras metas y la ansiedad de tener que esperar por ellas. La espera suele volvernos infieles, secar el entusiasmo, apagar la pasión, matar los sueños y hacernos renunciar. En esta situación, no es extraño que la paciencia siempre nos haya sonado inútil. Jesús propone llenar con paciencia el espacio que existe entre nuestras necesidades y su realización, porque la paciencia es tolerancia a la frustración, capacidad de mantener calma y serenidad para no desviarnos del camino; es asimilar los fracasos; literalmente, nutrirse de ellos, aprendiendo las lecciones que nos dejan; es fortaleza ante las dificultades para considerarlas como desafíos a nuestra consistencia interna, a nuestras convicciones éticas y a nuestra capacidad de amar creativamente; es lucidez para respetar los procesos y recorrer paso a paso el camino, avanzando gradualmente, lo que no quiere decir lentamente sino secuencialmente; es tener sensibilidad para reconocer las señales del camino, porque la urgencia por llegar adormece nuestra sensibilidad para reconocer los signos que nos muestran que debemos corregir el rumbo. El conflicto entre la urgencia de nuestras necesidades y la ansiedad de la espera, se resuelve con esa notable sabiduría que es la paciencia, que no es otra cosa que organizar la urgencia, psicológica, ética y espiritualmente.

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Nutrirse con la misericordia

Jesús dice: “Felices los que tienen hambre y sed de justicia, porque serán saciados”. La metáfora nos ayuda a comprender que está hablando del alimento y la bebida que nos permite vivir. Sin embargo, es fácil creer que se trata del sentido legalista, equitativo e imparcial con que espontáneamente entendemos lo justo; aquella justicia de “a cada cual lo que le corresponde”, la del premio y el castigo. En nuestra realidad humana, frágil, y muchas veces miserable, es poco lo que podemos esperar del sentido legal de la justicia. Esta justicia no puede ser alimento de vida para nosotros. Para entender bien, es necesario tener en cuenta que el Dios de Jesús no es equitativo, imparcial ni ecuánime. Todo lo contrario, es parcial, favoritista e influenciable; no está interesado en juzgar sino en amar, no se mantiene a indiferente distancia, se compromete solidariamente.
Misericordia es una palabra compuesta, se conforma de miseria, que quiere decir desgracia, y de cordis, que quiere decir corazón. Dios pasa nuestras miserias por su corazón, las comprende y las perdona. Este es el único modo de tener vida: nutrirla con la misericordia de Dios, que nos vuelve lúcidos acerca de nuestra necesidad de él y de nuestra necesidad de los otros.

Abrirse a la compasión

Jesús dice: “Felices los compasivos porque alcanzarán misericordia”. Sabe que el dolor nunca nos resulta indiferente, que siempre nos inquieta, asusta y conmueve. Frente a él podemos reaccionar de un modo centrado en nosotros mismos o centrado en los otros. En el primer caso, se trata de un contagio emocional, y en el segundo, de la experiencia de la compasión. El contagio emocional es la reproducción interna de la vivencia del otro, y se produce como efecto de “estar” con el otro. Si veo sufrir a otro, me conmuevo, pero no necesariamente me afecta valorativamente ni me compromete a actuar. La compasión, en cambio, es compartir un sentimiento, donde la situación del otro es un valor que me concierne y me impulsa a actuar. La compasión es efecto de “ser” para el otro. Somos afectados valorativamente por el hecho de que el otro sufre. Implica un desbordamiento de la estrechez del yo individual y se origina en la riqueza y la fuerza interior. Así se entiende por qué Jesús nos dice que la compasión nos lleva a la misericordia, lo cual quiere decir que, por el camino de ponernos en el lugar del otro, con total descentramiento de nosotros mismos, podemos llegar a tener los mismos sentimientos de Dios, pasando por nuestro corazón las miserias de los otros.

Contemplar con un corazón limpio

Jesús dice: “Felices los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios”. Sabe que nuestro corazón tiene un lado oscuro, que siempre amenaza contaminar todo lo que vivimos; que nuestro corazón padece miedo, agitación, ira y temor, todo lo cual nos paraliza, nos desorganiza, nos hace sentir inermes o enfurecidos; que nuestro corazón está expuesto a sufrir el dolor de la desconfianza, del descontento, del agravio y la derrota, todo lo cual nos hace vivir en guardia, experimentándonos insatisfechos, impotentes y heridos por la falta de valoración; finalmente, sabe que estamos expuestos también a la envidia, los celos y el afán de venganza. Sí, nuestro corazón tiene un lado profundamente oscuro. Por cierto, las oscuridades del corazón perturban profundamente nuestra capacidad de contemplar limpiamente la vida, haciéndonos mirar todo con el oscuro cristal de la distancia y el rencor. Las oscuridades de nuestro corazón nos van hundiendo en el aislamiento y la esterilidad; no nos dejan sentirnos amados ni amar, y el corazón termina por cerrarse, sofocado por la oscuridad. Antes de llegar tan lejos, es necesario ocuparnos a tiempo de la imperiosa necesidad de sanar nuestras heridas y de abrirnos a la reconciliación y al perdón, de nutrirnos de generosidad y fecundas renuncias, de mantener siempre una activa paciencia y una confiada esperanza en la vida. La capacidad de ver a Dios es lo que Jesús nos dice que reciben aquellos que viven con el corazón limpio: ver a Dios y ver hermanos en los demás.

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Honrar la comunión

Jesús dice: “Felices los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios”. Sabe que nuestra vida está traspasada por el desacuerdo, el conflicto y el enfrentamiento; que siempre estamos necesitados de caminos de diálogo, reencuentro y unidad, necesitados de construir la paz. Todos sabemos que un primer paso para construir la paz es el diálogo. Sin embargo, no hay que olvidar que el diálogo es simplemente la capacidad de escuchar con respeto las ideas del otro, lo cual tiene un inmenso valor, puesto que, para aceptar las ideas del otro, tengo que ser capaz de escucharlas y conocerlas. Pero el diálogo no puede dar más. Para que haya paz no es suficiente con intercambiar ideas, es necesario además ser tolerante, es decir, tener la apertura suficiente como para aceptar modos distintos de comprender, de valorar y de ser. Desde luego, sin diálogo es imposible abrirse a la tolerancia, pero la tolerancia es un paso más allá del sólo intercambio de puntos de vista. Es aceptar que el otro tiene derecho no sólo a pensar distinto sino a ser distinto.

La tolerancia es una actitud a medio camino entre lo intelectual y lo emocional, de modo que abre paso a la siguiente etapa de la construcción de la paz, que es la empatía. La tolerancia no se sostiene sin el apoyo de la empatía, que es aceptar con respeto los sentimientos del otro. El diálogo nos permite construir la paz a nivel ideológico, la tolerancia nos permite construir la paz a nivel valórico, la empatía nos permite construir la paz a nivel emocional. Todos estos niveles son necesarios, pero insuficientes. La paz sólo será verdaderamente sólida si nos abre a la experiencia de la comunión. Ese es nivel en que la paz es una construcción ético-trascendente, que nos lleva a vivir pensando, tolerando, sintiendo y actuando éticamente, viendo en cada hombre a un hermano.

Sólo así la paz será sólida, sólo en la fraternidad universal podremos sentir que la construcción de la paz está terminada. Mientras tanto, Jesús nos dice que son felices los que trabajan por construirla, porque son llamados hijos de aquel, cuyo único sueño es que todos sus hijos, algún día, se reconozcan como tales.

Tener un corazón fiel

Jesús dice: “Felices los perseguidos a causa del bien, porque de ellos es el Reino de los Cielos”. Sabe que vivimos interiormente divididos entre el deseo de luchar para mejorar el mundo y la tentación de conformarnos y adaptarnos pasiva y acríticamente. La tarea de mejorar el mundo es ardua, lenta y difícil, que además, se encuentra con la oposición y la hostilidad de todos aquellos a quienes no les conviene que las situaciones cambien, porque toca sus privilegios, activa sus temores o perturba su comodidad, lo que suele generar reacciones violentas. Es sencillo perseverar en las causas que son populares, las que todos ven con buenos ojos, pero es difícil perseverar en las que siempre se va contra la corriente. En las causas populares, la energía para llevarlas adelante se nutre de la buena fama, del éxito masivo, de la popularidad. Las causas contra corriente nutren su energía en las convicciones internas, en la autonomía personal, en la identificación con la causa, en el estímulo de los pocos que creen y esperan lo mismo y en la potencia de la fe.

Todo esto se traduce en la virtud de la fidelidad, la capacidad de mantener, a lo largo del tiempo, la lealtad a una causa, más allá de la esperanza y más allá del dolor. Una fidelidad así ya no es esperanza, es certeza. Son felices, porque no tienen que esperar, ya lo poseen. Por eso Jesús nos dice felices los que son capaces de esperar lo que nadie espera, felices los que confían en lo que nadie confía, felices los que creen que los olmos pueden dar peras. Ellos y solo ellos viven la alegría de comprobar que las peras más fragantes, perfumadas y deliciosas, no las dan los perales, las dan los olmos. Felices los que así creen y esperan por el Reino de los Cielos. Más aún, felices aquellos a los que la fidelidad de su corazón les alcanza hasta para ser perseguidos…

La propuesta de Jesús viene a poner una complementación muy necesaria a nuestra concepción espontánea. Es posible ser feliz más allá de ser rico o pobre, más allá de llorar o reír, más allá de tener poder o carecer de él, más allá de estar sometido o de luchar, más allá de tener buena fama o de ser perseguido. Todo ello, porque los caminos de la felicidad consisten en mirar la vida con ojos de milagro, con esos ojos creyentes que descubren una invisible presencia por encima de toda experiencia.

Ana María Díaz

  • responder Maria Luisa Sword ,

    Una Amiga me paso la página de Uds.

    Creo que es el lugar que necesito. Gracias por estar……gracias a mi amiga x pasarme la página de Uds.

    Quiero ir al próximo encuentro para poder comprendiendo.

    Cuando es? Donde los dan?

    Gracias, gracias…..

    • responder admin ,

      Estimada María Luisa, nos alegra saber que nuestra página te ayuda! Vivir Agradecidos es principalmente una comunidad virtual; de todos modos en nuestra página informaremos de futuras actividades presenciales, que tendrán lugar en 2016. Un saludo cordial,

      El equipo de Vivir Agradecidos

    • responder Silvia Allegretto ,

      Excelente reflexión! Las comparto en mi muro.

      • responder Luz Virginia Larramendia Ortiz ,

        Muy bueno.la reflexion.No ser materialista.Porque nada llevamos al morir .pero aveces tambien se nececita para subsistir.

        • responder Claudio Nencini ,

          Muy bueno y mucho mas cuando el materialismo ha nublado nuestra vision de vida, que si es un milagro y poco recordamos y valoramos.

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