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“Modo Dios”

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Jose Chamorro
La oración nace desde nuestra realidad humana; no existe un “modo Dios” (como existe un “modo avión” en los teléfonos móviles). Si encontramos a Dios habitándonos, entonces la oración será, ante todo, una mirada atenta a nuestro interior.


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La presencia viva de la Vida es una realidad a la que toda persona puede tener acceso. No hablamos de pensar sobre ella o de conocerla diseccionándola con un método experimental, sino que estamos hablando de tomar conciencia de Ella, de habitarla perforándola en su hondura. Esta Vida real es Dios atravesando cualquier realidad, toda existencia, toda humanidad que pulsa desde el deseo de ser en plenitud. La Resurrección abre el misterio de la Vida de par en par, atravesándola más allá del conocimiento y la inteligencia humana, hasta el lugar o no-lugar desde donde la sabiduría irrumpe en la persona. Para entregarnos a dicha experiencia se hace necesario abandonarnos a la confianza que enseña que la muerte, esa otra parte de la pequeña vida, queda sustentada y superada en la Vida que hemos llamado (para comprendernos unas veces y para enfrentarnos otras) Dios.

A esta experiencia solo se accede desde lo que disponemos como personas; no existe una puerta de entrada que sea algo similar al “modo avión” del que disponen los Smartphone. Para comunicarnos con Dios, con esa Vida Fontal que nos hace ser a cada instante, debemos de experimentar el silencio para ser capaces de reeducar nuestra capacidad para escuchar. La escucha es la clave fundamental para que pueda darse una auténtica comunicación entre las personas o entre el ser humano y su entorno, y no podemos caer en el error de pensar que hay una forma especial para comunicarnos con Dios. Nuestra escucha nos abre a cualquier realidad, nos centra en nuestra intimidad que es el lugar singular (donde dice la Escritura que mora el Espíritu Santo) en el que accedemos a la presencia y encuentro personal con Aquel que nos ocupa.

La oración se ha ido desvirtuando con el paso del tiempo, llegando a formulaciones que han rozado más la superstición y la magia que el encuentro profundo y auténtico con el Dios que nos llama.
La oración se ha ido desvirtuando con el paso del tiempo, llegando a formulaciones que han rozado más la superstición y la magia que el encuentro profundo y auténtico con el Dios que nos llama. Lo que en un principio persiguió ser un método que nos situara y nos dispusiera para la escucha, terminó por derivar en verborrea que lo único que lograba era que el creyente cayera en la autocomplaciencia. Es en nuestros días que se está haciendo todo un esfuerzo por recuperar la meditación como la forma más auténtica de oración contemplativa. La razón fundamental se halla en el hecho de que la persona, haciendo uso de los métodos tradicionales de oración, no logra cambiar porque no tiene experiencia en su vida concreta del Dios que es Vida, sino que lo único que hace es elaborar o reelaborar ideas sobre Él. Y las ideas, sin menospreciar la reflexión y sus beneficios, no tienen el calado y el poder transformador que supone la vivencia del Dios de Jesús.

Como cualquier proceso de maduración en la vida, requiere tiempo, espacio, constancia y, además, el compromiso de recorrer el mismo camino que hicieron los discípulos de Emaús. Un sendero que obra en la persona de modo que ésta es capaz de ir soltando sus creencias para ser capaz de abrirse a nuevas realidades, a ahondar en su vida sin caer en el contentamiento que nos convierte en agua estancada que termina por podrirse y corromperse. Es un camino con una doble dimensión: interior y exterior, de autoconocimiento y compasión, de profundización y solidaridad. Una misma vida en la que interactúan ambas realidades que siempre son complementarias y que deben darse a la vez.

Habitarse interiormente lleva a las personas a descubrir sus propias heridas, sus necesidades, la vulnerabilidad que lo transida. Este descubrimiento despierta en el sujeto un sentimiento de compasión y solidaridad espontáneo hacia sí mismo que se hace extensivo a todas las personas, pues en todas ellas se halla presente esta misma realidad. Sin embargo, sin que lleguemos a descubrir lo que albergamos dentro, solo nos acercamos a los demás bajo una actitud voluntarista que responde a una idea feliz y hermosa que para lo único que sirve es para mostrar, como si de un escaparate se tratase, lo solidarios que somos. Por otro lado, el convivir con experiencias de vulnerabilidad radical nos lleva a interrogarnos y a descubrirnos las nuestras. En ese ir y venir, en ese reflujo de vida humilde, vamos ahondando en el misterio que somos y que nos descubre el mismo ser de Dios.

No existe un “modo Dios” pero sí un “modo humano” que puede autentificarse para dejarnos a la intemperie de la Realidad. Es ahí donde debemos ofrecer la escucha fundamental y radical que nos permita el encuentro real con lo más auténtico que habita en nosotros, con ese Dios que bulle como Vida en toda vida.

José Chamorro


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