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Reciprocidad y bondad

“No hagas a los demás lo que no quieres que te hagan a ti”. Casi todos los actos de crueldad están vinculados con la omisión de esta enseñanza simple y universal. Por el contrario, poniéndola en práctica aún en los gestos más simples, podemos construir un mundo mejor.


Durante un viaje a través del país, mi esposo y yo nos detuvimos en un restaurante Subway para un indispensable descanso. Los dos estábamos hambrientos y ansiosos por almorzar algo. Al entrar encontramos el lugar con escaso personal y repleto de gente. Esperando hacer una parada rápida, terminamos esperando 25 minutos en la fila. Al fin llegó nuestro turno. Exasperada, en lo único que pensé fue en hacer mi pedido.

Mientras caminábamos de vuelta a nuestra camioneta, mi esposo me dijo: “Amy, estuviste muy descortés con esa chica”

A la defensiva, le contesté: “¡Claro que no, no le dije nada malo!”, y tomé otro bocado de mi sándwich mientras cruzábamos la calle.

“Es verdad, no le dijiste nada malo, pero me gustaría que hubieras visto de qué forma la miraste. Además el tono de tu voz fue realmente duro”.

“¡Ella estaba tardando una eternidad, y ya sabes cómo me pongo cuando tengo hambre”, y seguí caminando.

“No tienes excusa”, me dijo mirándome a los ojos. Sus ojos estaban llenos de bondad, aun haciéndome ver mi error. Me detuve y respiré hondo. Sabía que mi esposo tenía razón.

¿Hay una sola palabra que podría guiar toda nuestra vida?
“Espérame en la camioneta”. Le dejé mi sándwich y me dirigí de vuelta al restaurante. La multitud había desaparecido. La adolescente en cuestión estaba parada detrás del mostrador volviendo a llenar una bandeja de lechuga. “Discúlpame”, le dije. “Mi nombre es Amy. Estuve aquí hace algunos minutos, y no estuve muy amable cuando hice mi pedido. Mi tono fue muy duro. Quiero decirte que lo siento”.

Ella me miró, y de repente me vi a mí misma a los 16 años. De adolescente yo solía atender en un popular restaurante chino en American Fork, Utah. A veces estábamos tan ocupados que por poco nos olvidábamos de respirar.

“Gracias” me dijo, y me sonrió. “Me llamo Rebecca. Este es mi tercer día en el trabajo”. “Bueno, lo estás haciendo muy bien”, le dije dándole ánimo. “Me imagino qué presión debes haber sentido estando tan ocupada. Te pido disculpas de nuevo por haber sido tan descortés”.

Mi disculpa me tomó solo unos minutos. Crucé la calle rumbo a nuestra camioneta, y al abrir la puerta, mi esposo me miró de forma un poco burlona. Me alcanzó el sándwich y me preguntó: “¿Y entonces?”

“Me tiró con lechuga”, le dije riéndome. Hice una pausa para mirarlo y le dije: “Hablando en serio, gracias por ayudarme a ser una mejor persona”. “Has vuelto a ser tú”, me aseguró mientras encendía el motor. Continuamos nuestro viaje con nuestros sándwiches a cuestas. Mientras andábamos, me puse a pensar qué significa ser bueno.

En “Las Analectas”, un alumno le pregunta a Confucio: “¿Hay una sola palabra que podría guiar toda nuestra vida?”

Todo lo que admiramos y apreciamos acerca de la bondad humana necesita del suelo fértil de la reciprocidad para poder florecer.
Esta es una pregunta importante. ¿Qué diríamos si alguien nos preguntara esto? ¿Hay una sola palabra que puede guiarnos en la vida? Los marineros a través del tiempo se han guiado por las estrellas para volver al hogar. Los astrónomos árabes inventaron el astrolabio para encontrar nuestro lugar en el universo. Los pájaros en vuelo también se guían por las estrellas y evitan los vientos que podrían sacarlos de su curso. Los seres humanos nos contamos historias para ayudarnos en la búsqueda de una sabiduría que nos guíe. Me imagino que hay muchas buenas respuestas a esta pregunta.

¿Hay una sola palabra que podría guiar toda nuestra vida?

El amor es un maestro sabio. El amor es un guía sabio. También lo es la verdad. Sin embargo, Confucio se refiere al poder de la reciprocidad cuando le contesta a su alumno. Le dice: “¿No debería ser la reciprocidad? Lo que no quieres para ti, no lo hagas a los demás”.

Así como la misma tierra es necesaria para el crecimiento de las plantas, la práctica de la reciprocidad forma los cimientos que hacen posible la sociedad humana. Me imagino que una sociedad sin la presencia de esta “Regla de oro” es posible, pero por poco tiempo. No es un lugar donde alguien quisiera vivir. Casi todos los actos de crueldad están vinculados con la omisión de esta enseñanza simple y universal.

Mucho de mi vida profesional como asistente de parto, profesora o capellán de hospital, implica el fortalecimiento de mi capacidad para lograr empatía y conexión con la gente. A veces me pregunto si mi vocación revela lo mejor de mí porque una parte significativa de mi responsabilidad profesional se basa en materializar la Regla de oro.

¿Pero qué ocurre cuando me estoy desenvolviendo fuera del sistema? ¿Cómo actúo en un pequeño pueblo de Oklahoma cuando tengo hambre, estoy apurada y solo soy otro viajero anónimo andando por el camino? Yo no conocía a esa joven, nadie me conocía ahí y nunca regresaría a ese lugar. Afortunadamente, una advertencia de alguien que me quiere y que sabe que soy capaz de cosas mejores, me ayudó a reparar el daño causado.

Si nos ponemos en el lugar de los demás, fortalecemos nuestra capacidad de empatía e interés. Si desairamos a los demás, contribuimos al dolor presente en el mundo.
Mientras hablaba con Rebecca, una conexión de empatía se estableció entre nosotras. Recuerdos de mis propios días como camarera me ayudaron a imaginar la experiencia desde su punto de vista. ¿Cómo hubiera querido ser tratada mientras corría a preparar un montón de sándwiches para clientes hambrientos cuando era nueva en el trabajo? Si nos ponemos en el lugar de los demás, fortalecemos nuestra capacidad de empatía e interés. Si desairamos a los demás, contribuimos al dolor presente en el mundo. Aún en pequeñas cosas, es de este ciclo de reciprocidad que depende la salud de la familia humana. Todo lo que admiramos y apreciamos acerca de la bondad humana necesita del suelo fértil de la reciprocidad para poder florecer.

Ojalá todos nos beneficiemos con amables recordatorios para actuar de acuerdo a estos sabios consejos.

Amy Wright Glenn

Artículo reproducido con permiso de gratefulness.org


Amy Wright Glenn es escritora, instructora de yoga y doula (asistente de parto). En sus escritos reflexiona sobre el nacimiento y la muerte, maternidad, yoga, ética y espiritualidad. Puedes visitar su página web (en inglés) aquí.


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