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Senderos que se bifurcan

Fabiana Fondevila
La búsqueda humana de sentido ha tomado dos caminos: de la materia al espíritu, y del espíritu a la materia. Una espiritualidad sana requiere integrar a ambos.


Desde el principio, el ser humano ha buscado comprender las leyes que gobiernan el universo, el rol que le cabe en la gran orquesta cósmica, el sentido último de la existencia, marcada por la constante contraposición entre alegría y dolor, belleza y abominación, asombro y angustia, vida y muerte.

Esta búsqueda por el sentido llevó a la humanidad a sumergirse, desde sus albores, en la experiencia espiritual. Y esta exploración tomó, mayormente, dos caminos, siguiendo los dos movimientos cósmicos descritos por Platón y los neoplatónicos: una direccionalidad ascendente, que va de la materia al Espíritu, y una descendente, que va del Espíritu a la materia. Según esta visión, el Cosmos es un todo multidimensional, compuesto por corrientes ascendentes y descendientes de amor divino.

Ambos senderos —ascendente y descendente— se completan y complementan. Uno y otro, por sí solos, ofrecen una versión parcial de la experiencia humana de lo divino. Pero en las sociedades modernas, el sendero descendente ha sido desalentado, cuando no prohibido.
Los pueblos y tradiciones que adoptaron el rumbo ascendente —las religiones monoteístas (con honrosas excepciones, como el místico San Francisco de Asís) — buscaron al Espíritu en las alturas y priorizaron valores “masculinos” como la visión pura, lo celestial, lo trascendente. Mediante rezos, meditaciones, ayunos y austeridades, estas tradiciones buscaron mayormente dejar atrás el mundo sufriente y fallido de las formas para acercarse a la fuente luminosa y eterna de todo lo que existe. Los pueblos que adoptaron la visión descendente —las culturas paganas, chamánicas, predominantemente matriarcales— hallaron lo divino reflejado en cada eslabón de la trama, y cultivaron los valores femeninos, privilegiando los vínculos, lo terrenal, lo inmanente. Más que aspirar a la iluminación, estos pueblos se sumergieron en el submundo, que es el reino del alma. ¿Qué es el alma, en esta concepción? Es el núcleo primitivo y esencial de nuestra individualidad, la porción del espíritu que nos habita y que adopta nuestras características peculiares, las que nos distinguen de cualquier otro.

El viaje descendente se zambulle en las profundidades, en busca de esa expresión particular de lo sagrado que somos. Explora nuestra naturaleza animal, nuestros miedos más profundos, nuestro diálogo con la enfermedad y con la muerte, nuestra vivencia de la sexualidad, nuestros anhelos, nuestras creaciones, nuestros sueños, nuestro inconsciente y sus símbolos.

Así define el brillante psicólogo junguiano, James Hillman, la diferencia entre espíritu y alma: “El alma se encuentra en el inconsciente, y el espíritu en el reino de lo supra-consciente, aquello que está más allá de cualquier objeto. Ambos se asocian con estados de éxtasis (fuera de la conciencia ordinaria), pero los encuentros con el alma se manifiestan en los sueños y las visiones del destino personal, mientras que la realización del espíritu engendra conciencia pura, sin contenido”.

Ambos senderos —ascendente y descendente— se completan y complementan. Uno y otro, por sí solos, ofrecen una versión parcial de la experiencia humana de lo divino. Pero en las sociedades modernas, el sendero descendente ha sido desalentado, cuando no prohibido. En su libro Soulcraft. Crossing to the Mysteries of Nature and Psyche (Moldear el alma. Cruzar los misterios de la naturaleza y la psiquis), el psicólogo Bill Plotkin dice: “Quizás nuestros antepasados religiosos y políticos les tenían miedo a las influencias de la naturaleza y el alma, y por eso nos alejaron de lo salvaje y trataron de controlarlo donde fuera que apareciera. El miedo a la naturaleza y al alma es el miedo a nuestra propia esencia”.

Desde esta visión escindida, la tierra y sus criaturas perdieron su condición de divinos. El cisma se agravó en el siglo XVIII, con el advenimiento del racionalismo. Sin minimizar los progresos que esta corriente de pensamiento trajo aparejados, a la vez instaló como nueva divinidad al intelecto y desterró toda otra forma de conocimiento al campo del oscurantismo y la superstición. Los saberes de los pueblos indígenas, basados en la intuición y el diálogo con las fuerzas naturales, fueron negados y desestimados, como si pertenecieran a un estadío infantil y precario de la especie.

En su lugar se impuso el mito del progreso científico e industrial ilimitado, que ve a la naturaleza como un recurso a explotar a discreción, y que amenaza hoy con acabar con el planeta. El rechazo de la materia —primero espiritual, luego intelectual— devino, paradójicamente, en un materialismo sin precedentes. Este cambio de mirada empobreció nuestra experiencia del mundo: perdimos la capacidad de dialogar con otras especies, de reconocernos en los ritmos y ciclos de la naturaleza, de sentirnos a gusto en nuestros cuerpos y con los cuerpos de otros, de pertenecer.

En la segunda mitad del siglo XX, la así llamada “Nueva Era” trajo aires de cambio, proponiendo un ideario ecologista, feminista, libertario y progresista. Fue una renovación necesaria, nutrida por el ingreso de saberes de Oriente a Occidente, y el encuentro de dos mundos. No obstante, con el correr de las décadas terminó por abonar también el antagonismo, priorizando a la transcendencia como camino de acceso al espíritu. Uno de los resultados más visibles de esta elección es el fenómeno que el autor Robert Augustus Masters denominó bypass espiritual: la propensión a querer resolver problemas físicos, psicológicos, emocionales o vinculares recurriendo a prácticas de naturaleza espiritual (meditativas, contemplativas, energéticas), como si estas fueran atajos a la sanación. Quienes caen en esta confusión pueden evitar consultar al médico por síntomas físicos preocupantes, reprimir emociones como el enojo o el miedo por considerarlas “poco espirituales”, soportar malos tratos en aras de “la compasión” mal comprendida, o evitar mantener conversaciones difíciles, pero necesarias, en aras de mantener la paz.

“Quizás nuestros antepasados religiosos y políticos les tenían miedo a las influencias de la naturaleza y el alma, y por eso nos alejaron de lo salvaje y trataron de controlarlo donde fuera que apareciera. El miedo a la naturaleza y al alma es el miedo a nuestra propia esencia”. ~Bill Plotkin
Otro aspecto de este mismo fenómeno es el “materialismo espiritual”: la utilización de la espiritualidad para lograr objetivos personales en el mundo, que en última instancia, la desnaturalizan. Autores como Ken Wilber, fundador del pensamiento integral, advierten que las décadas de ahondar en prácticas budistas de desapego y ecuanimidad no hicieron mucho por propiciar la maduración psicológica y emocional de los practicantes. En otras palabras, por mucho que alguien se esfuerce por lograr la paz y la disciplina en el dojo (espacio de práctica de artes marciales), el templo o el retiro de fin de semana, si al volver a su vida no trabaja en otros planos para resolver sus problemas laborales, vinculares o personales, si no examina su sombra (con las prácticas de El pantano), si no se ocupa de todo lo que hay para limpiar, ordenar y reparar en su existencia mundana, todos sus esfuerzos en pos de la iluminación serán en vano. Prueba de esto son los escándalos que sacudieron al budismo norteamericano, cuando gurúes extraídos de sus monasterios de origen, donde habían tenido poco contacto con el dinero, las mujeres y la sexualidad, al llegar a los Estados Unidos y verse rodeados de un mundo de tentaciones desconocidas, cometieron desatinos propios de adolescentes. Advierte Wilber: no alcanza solo con despertar (wake up); también es necesario crecer (grow up).

Thomas Moore, autor del best-seller El cuidado del alma, también descree de una espiritualidad que solo contempla la trascendencia, desentendiéndose de lo terrenal: “Si definimos la espiritualidad sólo en términos positivos y radiantes nos volvemos sentimentales, y esto no nos sirve. Ser espiritual no es solo rezar y meditar, sino también involucrarse en los desafíos del matrimonio, el trabajo, la crianza, la responsabilidad social y en el esfuerzo por construir un mundo más justo y pacífico”. En esta cosmovisión, “activismo espiritual” no es una contradicción en términos, sino una expresión concreta del amor en acción.

Lo cierto es que necesitamos de ambos caminos: el ascendente, que busca acercarse a la fuente a través del desapego, la visión y la sabiduría; el descendente, que encuentra lo divino aquí en la Tierra y se expresa en el servicio, la generosidad y la compasión.
En nuestras vidas, pasamos naturalmente de una polaridad: nos retraemos al silencio en busca de paz e inspiración, luego volvemos al mundo y compartimos esa paz con quienes compartimos nuestras vidas. Y a la inversa: nos conmovemos con algún acontecimiento mundano —un amigo que nos ofrece ayuda, un cielo sembrado de estrellas, un pájaro que alimenta a su cría— y nos vemos lanzados sin escalas al misterio.

Necesitamos abrazar la multidimensionalidad de la vida: aparear la luz con la sombra, el ser con el hacer, el dar con el recibir, la elevación espiritual con la maduración psicológica y emocional. Recuperar la cara femenina de lo sagrado es una forma de empezar a subsanar el desequilibrio y brindarle al mundo el alimento que añora desde hace siglos: el matrimonio sagrado que integra opuestos y nos devuelve la integridad.

Tomado del libro «Donde vive el asombro», de Fabiana Fondevila.


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