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Ser semejante

Sergio Bergman
¿Qué significa ser hechos a imagen y semejanza de Dios? Nuestra humanidad es la huella divina en nosotros. Mirar al hermano como un semejante es descubrir en él la imagen de la divinidad. “Somos semejantes en los valores que nos hacen humanos”.


Y fuimos creados a imagen y semejanza… nos explica la Biblia en sus primeras páginas. ¿Alguna vez meditamos, en profundidad, acerca de las posibles interpretaciones de este versículo? Esa imagen que menciona el texto sagrado, y esto es claro para mí, se refiere sin dudas a la imagen que nosotros proyectamos. Porque en todos nosotros anida, creo, la imagen de Di-s, lo imaginamos como nosotros. Lejos está ese cliché pictórico de un Di-s anciano, etéreo y barbado, vestido con una túnica blanca y que comanda su Creación desde una nube vaporosa en los Cielos (aunque a veces, a los efectos prácticos y pedagógicos, podamos recurrir a esa construcción simbólica).

La imagen de Di-s en nosotros es justamente nuestra humanidad. Y al mirar de frente el rostro de nuestros semejantes, vemos también la dimensión de lo divino. A aquellos que no quieran depositar aquí una carga religiosa, les sugiero que se limiten, por ejemplo, a la mera simetría de lo humano. De este modo, más allá de nuestras diferencias (teológicas, doctrinarias, ideológicas), todos podemos acordar que lo humano nos iguala.

Somos semejantes en los valores que nos hacen humanos. Todo lo demás difiere, y es saludable que así sea. La diferencia enriquece la semejanza.
Ahora bien, las principales tradiciones religiosas, desde sus textos revelados, subrayan esta idea de la imagen y la semejanza. Retomo las preguntas: ¿Semejanza de qué? Semejanza entre nosotros, en primer término, porque somos semejantes, y a la vez semejantes a Di-s: pero ya no en términos de imagen sino en términos de los atributos. Me explico: Di-s es bueno, ser semejantes a él significa que debemos ser buenos (o misericordiosos, o justos, o cualquiera de las características que asignamos a la divinidad). Esta semejanza implica, entonces, que debemos ser como Él. La semejanza no funciona como suele pensarse, en el otro sentido. No por el hecho de tener un Di-s que demuestre ser amoroso, justo y misericordioso, nosotros incorporaremos necesariamente esos atributos. Además Él no demuestra nada. Él es. Y si queremos ejercer esa semejanza que se nos otorgó en origen, debemos trabajar para ser todo eso que creemos que Él es.

Entonces, salvando el componente teológico, y a pesar de nuestras diferencias individuales, todos los seres humanos estamos unidos en una semejanza esencial. El otro es un semejante no porque se nos parece, sino porque en su imagen vemos, con plena potencia, una humanidad que es también nuestra.

Pues bien, ¿cómo hago entonces semejante al otro? En verbo, no en apariencia. No desde lo estético. Desde lo plenamente ético. Somos semejantes porque podemos amar, podemos buscar la paz, la justicia, la misericordia. En todos esos aspectos, somos semejantes, aunque elijamos rutas distintas. Somos semejantes en los valores que nos hacen humanos. Todo lo demás difiere, y es saludable que así sea. La diferencia enriquece la semejanza. Porque no somos idénticos; somos semejantes, que no es poco.

Segio Bergman


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