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Talento para decepcionarnos

Virginia Gawel
¿Quieres conocer el secreto para construir vínculos que realmente valgan la pena? Virginia Gawel nos enseña que para construir buenas relaciones, primero hay que aprender a decepcionarse, en un sentido positivo.


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Con los años descubrí un secreto al respecto de construir vínculos que valgan la pena (¡y el gozo!). Tardé. Me enclaustré para comprender las reglas y después me dí cuenta de que…No, no las aprendería en ningún claustro. Vi, entonces, que un secreto para construir vínculos que valgan la pena consiste en desplegar una capacidad especial: el talento para decepcionarnos a repetición.

Esta capacidad puede costar tanto como desarrollar bíceps fuertes en el músculo cardíaco, levantando las pesas de los hechos. Sí: la vida rara vez funciona como en el cine (nos vimos, hablamos, nos tomamos de la mano y fuimos amigos para siempre, o una pareja entrañable). El talento para decepcionarse implica ejercer la entereza de aprender que tomaremos muchas manos que terminarán siendo como peces muertos; o bien manos que no eran para que nuestras manos tomaran.

Quienes, al ser decepcionados a repetición, se mantienen abiertos a la vida, se van volviendo emocionalmente más hábiles gracias a ese repetido error de criterio.
Reponernos de escuchar palabras que se cumplen hasta que comienzan a incumplirse mustiamente; curtir la yugular de tantas veces que haya saltado a morderla un rasgo artero que el otro escondió, pero que saltó de su guarida cuando menos lo esperábamos; ver de frente las ausencias que son primero un gesto, hasta que finalmente terminan siendo lo único presente en el vínculo: la ausencia; desproyectar las proyecciones con las que distorsionamos al otro… Y que no eran, no eran, NO ERAN. ¡Y algo más, claro! Saber que al otro le pasará algo parecido respecto de nosotros. Y nadie es culpable de no ser aquél que el otro proyectó por cuenta propia.

“Decepcionarse” significa etimológicamente constatar que el otro no era la “excepción” que imaginábamos (“des-excepción”), o que no lo éramos para el otro. Pero el secreto es seguir participando de la ronda vital: continuar interactuando, sin aislarse. (En ningún claustro se aprende el amor, la amistad, la entrañable hondura…)

Y hay otra palabra que tenemos que mencionar: expectativa. Cada tanto necesito traerla, para recordármelo. “Ex-pectativa” significa “poner el pecho afuera”. Cuando cuelgo mi corazón del otro como si fuera una guirnalda, lo más probable es que esté en problemas. Es humano, claro: resulta casi imposible que este mecanismo no acontezca cuando varias cosas en común nos unen a otro humano. Nuestra “ex-pectativa” refuerza la distorsión que hace que veamos sólo lo que queremos ver. Y luego, con el paso del tiempo, es justamente esa parte negada la que, como un resorte desde adentro de una caja-sorpresa, salta y nos pega en la nariz.

Sin embrago, doy fe: quienes, al ser decepcionados a repetición, lejos de enroscarse como un caracol se mantienen abiertos a la vida, se van volviendo emocionalmente más hábiles gracias a ese repetido error de criterio (y no a pesar de él), y desarrollan un precioso talento: el de palpar cardíacamente a la gente, cada vez mejor, cada vez más hondamente, así como de volverse más rápidos para detectar a las personas que no les hacen bien. Se quedan menos tiempo en relaciones cáusticas, o pueden salirse de esos vínculos ni bien sienten el olor a lo que les lastima. Se vuelven mejores electores emocionales. Y pierden menos tiempo llorando por lo que no fue, culpándose de haber visto mal, detestándose por repetir lo repetido.

Comprenden que la decepción no es una excepción: que a todos les sucede, y que también ellos decepcionaron a otros en virtud de las proyecciones que les cargaron a sus espaldas. Y entonces, como en el final de un torneo de judo, en el que ambos contrincantes se reverencian y se dan la espalda, pueden despedirse de quienes no fueron, agradeciendo las lecciones dispensadas. Y al dar la espalda a lo que no era… posiblemente estén ya frente a frente con lo que sí pueda ser.

Virginia Gawel


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