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Un Dios tangible

Hugo Mujica
En Jesús, la imagen teológica del Dios distante, inconmovible, motor inmóvil, omnipotente y omnisciente, parece no responder a ese Dios que se deja tocar, se deja conmover por nuestro dolor.


curacion-sordomudo

Evangelio según San Marcos (7, 31-37)
Cuando Jesús volvía de la región de Tiro, pasó por Sidón y fue hacia el mar de Galilea, atravesando el territorio de la Decápolis. Entonces le presentaron a un sordomudo y le pidieron que le impusiera las manos. Jesús lo separó de la multitud y, llevándolo aparte, le puso los dedos en las orejas y con su saliva le tocó la lengua. Después, levantando los ojos al cielo, suspiró y le dijo: “Efatá”, que significa: “Ábrete”. Y en seguida se abrieron sus oídos, se le soltó la lengua y comenzó a hablar normalmente. Jesús les mandó insistentemente que no dijeran nada a nadie, pero cuanto más insistía, ellos más lo proclamaban y, en el colmo de la admiración, decían: “Todo lo ha hecho bien: Hace oír a los sordos y hablar a los mudos”.

Dios podría haber actuado desde la trascendencia absoluta, la altura inaccesible,
la frialdad de las abstracciones, la exclusión de la unidad.

Podría no haberse acercado,
no haber descendido,
podría no haber puesto el cuerpo,
no andar nuestros caminos,
no latir la carne humana.

Pero Dios, en Jesús, nos toca.
Eso es lo que acabamos de escuchar:
a Dios no le asusta tocarnos,
como no le asustó ensuciarse las manos para crearnos desde el barro.

Y Jesús no solo nos toca; también,
y sobre todo, se dejó tocar,
se hizo cercano no solo él hacia nosotros,
también nos dejó acercarnos a él,
nos tocó, abrió los brazos, puso su pecho;
se hizo vulnerable hasta ser traspasado en la cruz.

Desde entonces, desde Jesús,
la imagen teológica del Dios distante,
inconmovible, motor inmóvil, omnipotente y omnisciente,
parece no responder a ese Dios que se deja tocar,
se deja conmover,
a ese Dios en carne viva que se nos reveló en Jesús,

Un Dios que se transforma en forma de nuestro dolor,
que se deja afectar,
un Dios que deviene y no solo es,
que es historia y no solo eternidad,
humanidad y no solo divinidad.

Hoy Jesús toca a un sordomudo de nacimiento,
hoy abre sus oídos, suelta su lengua,
hoy, también, busca enseñarnos,
abrir nuestra comprensión,

no solo para oír sino también para escuchar,
lo que no se oye, lo que nuestra sociedad amordaza,
y abrir nuestra boca,
no solo para repetir las verdades remanidas,
quejarnos con las quejas repetidas.

La abre para que digamos palabras de cercanía,
de solidaridad, de justicia, de perdón.
Palabras que sanen, que unan y no dividan,
que dialoguen y no solo confronten.

Hoy nos enseña que hay que dejarse tocar,
hay que sentir en la piel a los demás.

Imitar a Jesús no es copiarlo, es serlo,
es hacer de nuestra vida cercanía hacia los demás,
es acercar a Dios a los otros,
porque quien nos pide en las calles,
el pordiosero, el que pide por Dios,
está, sin saberlo,
reazando a Dios para que en nosotros le responda él.

En el Génesis, en el relato de la creación,
la primer palabra que Dios dirige a Adán,
al hombre, es una pregunta: “¿Dónde estás?”

Y el hombre, ser hombre o mujer, es eso:
la respuesta que da cada vez que es interrogado.
Es el “aquí estoy”
de la disposición de Abraham, de Moisés, de Isaías,
ante el llamado de Dios,
o el “¿Quién me hizo guardian de mi hermano”
con que se desentiende de su responsabilidad Caín,
¿y quien no en mayor o menor medida después de él?

Y el sentido humano estriba en la respuesta que se dé
o que se niegue a la palabra que nos busca,
nos interroga, nos ruega;
la palabra humana, la de la historia, la de Dios:
y la vida es el despliegue o el repliegue de esa respuesta.

Esa opción, la de la disponibilidad, el “heme aquí”,
el responder responsabilizándome,
está en el centro ontológico de cada ser,
es corazón moral que late en cada uno:

la renuncia a centrarse en sí mismo,
y esa renuncia es la que nos constituye en personas,
en imágenes de Dios.
Esa renuncia, ese sacrificio,
es nuestra verdadera identidad,
nuestra imagen de Dios.

Cada hombre, cada cercanía,
cada proximidad de un prójimo, es un llamado,
cada respuesta es un hacerse responsable,
un hacerse cristiano.

En cada llamado, cada uno de nosotros,
y en nosotros la humanidad,
esta convocada a la bondad.

Jesús cura al sordomudo, lo cura con una orden: “Ábrete”.
Abrirse a los demás, darle espacio, dejarlos entrar,
eso es responder,

Primero para escuchar el llamado de los otros,
Después para responder, siempre amar.

Siempre extender, gesto a gesto, la cercanía de Dios,
de ese Dios que se acerca abriéndonos,
el Dios que tocamos dejándonos tocar por el dolor de los demás.


Hugo Mujica estudió Bellas Artes, Filosofía, Antropología Filosófica y Teología. Tiene publicados más de veinte libros y numerosas antologías personales editadas en quince países; alguno de sus libros han sido publicados en inglés, francés, italiano, griego, portugués, búlgaro, esloveno, rumano y hebreo.

www.hugomujica.com.ar

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