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Un lugar en el mundo

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Una característica de la época actual es el desarraigo. Necesitamos cultivar la topofilia, ese amor por el propio lugar. Más allá de los cambios que en su fisonomía pueda haber sufrido, nuestro lugar en el mundo sigue reclamando nuestra atención. “Por más cosmopolitas y ciudadanos del mundo que nos sintamos, somos siempre, al final del día, lugareños”.


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Fotografía de Miriam Pösz

“Topofilia” significa amor por un determinado lugar. Generalmente, el lugar donde uno nació y se crió, pero también puede sentirse por algún espacio o paisaje que apenas se conoce, y que nos conmueve por su belleza o la emoción que despierta misteriosamente en nosotros.

Para los antiguos, hubiese resultado un concepto innecesario y redundante. ¿Cómo podría uno no sentir amor por el propio terruño? Todos los pueblos originarios conciben al lugar que los vio nacer como parte de su círculo más íntimo de pertenencia. Los Mambuti, del Congo, por ejemplo, tienen un solo nombre –“Ndura”– para aludir al bosque, al clan y a la familia. El cacique Seattle, de la etnia Suquamish, dijo en su recordado discurso (en su versión auténtica y original): “Cada parte de esta tierra es sagrada el corazón de mi pueblo. Cada colina, cada valle, cada pastura y cada surco, ha sido santificado por algún hecho triste o feliz en días remotos. Hasta las rocas, que parecen yacer mudas y muertas bajo el sol, en la costa silenciosa, se estremecen con el recuerdo de sucesos conmovedores en las vidas de mi gente”.

Para el habitante de la ciudad puede ser difícil acercarse a este nivel de conexión, cuando el paisaje a su alrededor cambia constantemente. Donde antes hubo una panadería de barrio hoy hay un garage, donde antes vivió la vecina de toda la vida, en su casa con zaguán, hoy irrumpe un edificio de hormigón y vidrio. Puede que queden pocos hitos en pie de la topografía que conocimos y amamos de niños.

Pero aun así, el amor el lugar persiste y busca sus anclajes. Quizás la plaza, renovada pero con los recuerdos intactos, esa esquina en la que mordimos el polvo en nuestra primera vuelta en bicicleta, aquel gomero bajo cuya sombra transcurrió el primer beso.

Es triste perder el primer paisaje, pero más triste aun es no sentirse parte de lugar alguno. A veces el desarraigo se debe simplemente a un exceso de movilidad, pero más a menudo responde a un fenómeno penoso, propio de nuestros días: la amenaza de la inseguridad, que nos arranca los pies del suelo y nos deja desconectados y ajenos, recluidos en nuestros hogares como islas en un océano hostil.

Este flagelo se suma a una cosmovisión heredada de la Revolución Industrial, que nos lleva a vincularnos con los espacios que habitamos de manera automática, circunstancial y utilitaria. De esta cosmovisión nace el concepto de “no lugar”, acuñado por el antropólogo francés Marc Augé, que alude a puntos neurálgicos de la modernidad como los shoppings, los hoteles, los supermercados y los aeropertos, que de tanta transitoriedad casi no pueden considerarse sitios en un sentido verdadero.

La historia milenaria de la especie no se borra tan fácilmente, y donde sea que nos encontremos, algo en nosotros pide recuperar una forma distinta de convivir con el mundo.
Pero apelo entonces a una frase del poeta ecologista Wendell Berry, que forma parte de una bella poesía: “No hay lugares profanos. Solo hay lugares sagrados y lugares profanados”. ¿Será que los shoppings y los aeropuertos son simplemente eso, lugares que profanamos diariamente con nuestra indiferencia? ¿Podrían, entonces, ser distintos, si osásemos mirarlos de manera diferente, como parte indispensable de nuestras idas y venidas por el mundo? ¿Como escenarios –como sin duda lo son– de nuestras alegrías, zozobras y tristezas? ¿Será que, vistos así, demostrarían estar llenos de vida, como las piedras mudas del cacique Seattle? ¿Es posible que lugar alguno en la tierra quede separado de la vida, si no es demanera ilusoria y superficial?

Lo cierto es que la historia milenaria de la especie no se borra tan fácilmente, y donde sea que nos encontremos, algo en nosotros pide recuperar una forma distinta de convivir con el mundo. Y una parte poderosa del llamado nos pide, además, que vayamos más allá de los pisos de mármol o concreto, a recuperar el suelo verdadero, aun cuando apenas lo divisemos de tanto en tanto en alguna fisura de la vereda.

La topofilia abarca el amor por una cultura específica pero, en sus raíces, es una atracción de naturaleza biológica. Aún los nacidos y criados en el cemento somos hijos del barro (y, más atrás, del polvo de estrellas), y ahí late nuestra filiación más profunda.

Lo recordamos cada vez que, por equivocación o por milagro, volvemos a meter las manos en la tierra, y nuestras células despiertan de su largo letargo. El aroma del humus, la vida que cava surcos visibles e invisibles en el polvo, la nutrición subterránea de todos nosotros sale a nuestro encuentro en una sola bocanada, y de golpe sabemos bien quiénes somos, y a dónde pertenecemos.

Ya en el siglo pasado dijo el escritor D. H. Lawrence, con tono sombrío: “Desde un punto de vista vital, la raza humana está muriendo. Es como un gran árbol desgajado de la tierra, con sus raíces en el aire. Debemos volver a plantarnos en el universo”.

Quizás el camino de vuelta sea más sencillo de lo que pensamos. Quizás no haga falta que nos vayamos a vivir al campo o a los pocos espacios naturales que aún permanecen. Quizás alcance con recordar que todos somos indígenas de este, nuestro único planeta, que el lugar donde vivimos –sea el primero, el cuatro o el undécimo– es nuestro por fuerza del amor que nos despierta, si así lo permitimos. Que no hay inseguridad ni utilitarismo ni espacio profanado que pueda borrar nuestras huellas de la tierra ni separar nuestros ojos del cielo. Que por más cosmopolitas y ciudadanos del mundo que nos sintamos, somos siempre, al final del día, lugareños.

Después de todo, lo sabemos, siempre se vuelve al primer amor.

Fabiana Fondevila


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