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Un obsequio

Un sencillo gesto de generosidad que quedó grabado en el corazón de la autora. “Una simple historia de dudosa veracidad se perpetúa en el tiempo simplemente porque es demasiado estimulante como para no compartirla…” ¿Te ocurrió alguna vez algo parecido?


Compartí mi tercer desayuno con un peregrino, y sin embargo todavía no habíamos intercambiado nuestros nombres. Sabía que era un ingeniero retirado y que venía de Bretaña, que tenía un hijo camionero que había pasado tres años navegando en el Atlántico con su familia viviendo en lugares exóticos, y que tenía una hija, ingeniera como él. Sabía de sus planes de caminatas, escuché historias de sus experiencias… pero no sabía su nombre. Quizás era porque no habíamos caminado juntos; siempre esperábamos que esa conversación casual fuera la última y necesitábamos viajar livianos, sin la “carga” del vínculo que puede crearse al compartir los nombres. Con los nombres llega una mayor conexión, un sentimiento de responsabilidad hacia el otro, una renuencia a decir adiós. Y hoy él seguiría su camino y yo me tomaría un día de descanso, creando una separación que probablemente nunca zanjaríamos, especialmente porque él pronto se separaría y seguiría un camino diferente.

Como el héroe de un hermoso cuento de generosidad, Löic está entrelazado íntima y amorosamente en el tapiz de la historia de mi vida.
Durante el desayuno le conté a mi compañero, lamentándome, que no había podido comprar un bastón de caminata para reemplazar al que descuidadamente había dejado en algún lugar. Esto me preocupaba porque la próxima etapa comprendía una larga y empinada ascensión a los montes Apeninos, que implicaba llevar una mochila más pesada, con comida para dos días. Existía además la probabilidad de que hubiera barro después de una reciente lluvia, y yo había estado sintiendo un dolor intermitente en la rodilla derecha. El peregrino-ingeniero me preguntó: “¿Tiene un cuchillo para cortar una rama y hacerse un bastón?” (Y señaló un morral prendido a su cinturón que claramente contenía la herramienta perfecta) “No (le contesté), tengo un cuchillo para untar manteca y un par de alicates, así que no voy a poder inventar nada; tendré que encontrar una solución”. Él se encogió de hombros con esa actitud francesa que sugiere: “Bueno, buena suerte con ese plan tan inteligente”. Nos dijimos adiós despreocupadamente y nos separamos.

Al día siguiente, cuando comencé a escalar la montaña, conscientemente respiré hondo para reunir todas mis fuerzas y enfocarme en ellas. Me sentía vulnerable y sin apoyo sin mi bastón. Desde el comienzo estaba atenta para encontrar una vara que sirviera a mis propósitos. Unas pocas que encontré se rompieron a la menor presión, pero mantenía la esperanza. Y justo diez minutos después de mi partida, el universo escuchó mis ruegos y me proveyó con la solución: ¡Allí, justo al lado del sendero, estaba la vara perfecta! Era fuerte pero liviana, tenía un extremo aserrado y con buen ángulo (ideal para encontrar apoyo entre piedras sueltas) y tenía una curvatura natural para mi mano y la altura justa para mí. En mi emoción me saqué la mochila y celebré mi hallazgo. Fotografié mi vara desde distintos ángulos para mostrar sus méritos. (¿Ven con qué comodidad mi pulgar encaja aquí? ¿Ven qué buena forma y qué buen tamaño tiene? ¿Ven cómo complementa mi mochila?)

Mientras caminaba, me preguntaba sobre la procedencia de mi buena suerte, mi vara. Quizás fue abandonada por alguien que hacía el descenso final de su viaje, pero él (o ella) todavía la necesitaría por unos diez minutos más de cuesta empinada… Quizás alguien estaba escalando con dos varas y decidió que solo necesitaba una…Tal vez alguien había encontrado una vara mejor en ese momento…

No fue sino hasta el final del día, cuando estaba compartiendo esta historia, que la verdad finalmente me sacudió: ¡Mi bastón era un obsequio de mi compañero de desayuno! Seguramente había tomado mi problema como suyo, se había solidarizado y me había ayudado. ¡Qué regalo tan valioso! De su parte significaba consideración, tiempo y esfuerzo, sin ninguna posibilidad de reconocimiento, recompensa o correspondencia. Él nunca sabría que la había encontrado, nunca sabría de mi gratitud… Por supuesto, no puedo confirmar esta teoría, y quizás es así cómo nacen las leyendas: una simple historia de dudosa veracidad se perpetúa en el tiempo simplemente porque es demasiado reconfortante como para ponerla en duda, demasiado estimulante como para no compartirla…

Y mi héroe legendario tiene un nombre (lo cual tampoco puedo confirmar): Löic. Ese es el nombre de un huésped bretón que estuvo (ahora dos días antes que yo) en la casa de peregrinos en Piediluco. Éramos muy pocos los que caminamos ese sendero en ese momento, y hay muy pocas posibilidades de que alguien más fuera de origen bretón. Estoy segura, entonces, de que Löic fue mi querido compañero de desayuno. Es irónico que nos hayamos resistido al vínculo que se establece al intercambiar nombres, y sin embargo, como el (casi anónimo) héroe de un hermoso cuento de generosidad, Löic está entrelazado íntima y amorosamente en el tapiz de la historia de mi vida.

Kay Smith

Artículo reproducido con permiso de gratefulness.org


Kay Smith vive en Cairns, Australia. Profesora de Inglés retirada, reparte su tiempo entre la escritura, el cuidado de sus nietos y el senderismo. Recientemente ha publicado el e-book “Caminando sola por el sendero de Licia a los 61”.


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