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Una reverencia profunda (continuación)

(Continúa de la pág. 1)

Notemos que el gesto de nuestro paso nos une a todos en lo más profundo del corazón, allí donde ser humano es sinónimo de ser religioso. La esencia de la gratitud es la aceptación de nuestra dependencia mutua que nos libera. Ahora bien, aquella dependencia liberadora no es otra cosa que la religiosidad que encontramos en todas las religiones del mundo, y que encontramos incluso en quienes, siendo profundamente religiosos, rechazan toda religión tradicional.

Si damos un vistazo a los grandes ritos que celebran aquel paso, que encontramos ya en las religiones más antiguas de la humanidad, la dimensión religiosa de la gratitud se hará aún más evidente. Recientemente, antropólogos y estudiosos de religiones comparadas se han centrado en estos “ritos del paso”: ritos que celebran el nacimiento, la muerte y otros momentos cruciales de transición que marcan la vida humana. El sacrificio, en sus distintas formas, está siempre presente en los ritos religiosos, lo cual es lógico, ya que el sacrificio es el prototipo de cualquier rito.

Si analizamos atentamente los rasgos característicos comunes a todas las formas de ritos sacrificiales, nos sorprenderemos por el perfecto paralelismo entre la estructura de la gratitud como gesto humano y la estructura de cualquier sacrificio. En ambos casos tiene lugar una transición, una entrega. En ambos casos el gesto nace del reconocimiento gozoso de un don recibido, termina en una aceptación de la dependencia del receptor respecto del dador, y se concreta en una expresión externa de gratitud que une a dador y receptor, ya sea un apretón de manos o una comida compartida.

La esencia de la gratitud es la aceptación de nuestra dependencia mutua que nos libera, y que encontramos incluso en quienes, siendo profundamente religiosos, rechazan toda religión tradicional.
Pensemos por ejemplo en el sacrificio de los primeros frutos, que es casi con seguridad el más antiguo de todos los ritos sacrificiales. Incluso en sus formas más simples encontramos claramente la estructura que acabo de describir. Tomemos como ejemplo a la tribu Chenchu, del sur de la India, que pertenece a los estratos culturales más antiguos de la India y del mundo entero. ¿Qué ocurre cuando un miembro de esta tribu regresa de una expedición en busca de alimentos? Toma un bocado selecto del alimento encontrado y lo arroja a los arbustos, acompañando este gesto sacrificial con una oración a la diosa madre de la selva y proveedora de alimentos, diciendo. “Madre nuestra, por tu bondad encontramos alimento. Sin él, no seríamos nada. Te damos las gracias”.

Miles de ritos similares se han observado en las culturas más primitivas, pero este ejemplo (recogido por Christoph von Fuerer Haimendorf, quien se dedicó a estudiar a los Chenchu) se destaca por su estructura, que resulta evidente. Cada frase de la simple oración de gracias que acompaña al rito corresponde a cada uno de los tres pasos del gesto de la gratitud. “Madre nuestra, por tu bondad encontramos alimento”: el reconocimiento del don recibido; “sin él, no seríamos nada”: la aceptación de la dependencia; “te damos las gracias”: la expresión de gratitud, que hace que el gozo por el don recibido se eleve a un nivel superior.

Aquello que esta oración expresa bajo tres aspectos diferentes, el rito lo expresa mediante un solo gesto. El cazador que ofrece a la divinidad una parte de su botín, expresa que se siente agradecido por el don recibido, y que compartiendo parte de ese don puede de alguna manera entrar en comunión con el dador.

Es tan sorprendente la concordancia entre los gestos sociales de agradecimiento y los ritos religiosos del sacrificio, que uno podría llegar a interpretar las ofrendas de alimentos por parte de los Chenchu (y otros ejemplos) como una simple trasposición de gestos sociales hacia el ámbito religioso. Sin embargo, no hay una dependencia de uno hacia el otro. Ambos gestos están arraigados en lo profundo del corazón, pero se manifiestan en dos direcciones diferentes.

Nuestra conciencia religiosa se hace presente mediante los ritos sacrificiales que celebramos, del mismo modo en que tomamos conciencia de nuestra solidaridad como seres humanos cuando una persona le da las gracias a otra.

Cuando pensamos en la vida, vemos que ella viene a nosotros desde una Fuente que está más allá de nuestro alcance. Al considerar la vida, vemos que ella es buena, y buena para nosotros. Partiendo de la firme base de estas dos consideraciones intelectuales, el corazón se atreve a vislumbrar una tercera verdad, que va más allá de todo razonamiento: todo lo bueno de la vida viene a nosotros como un don de parte de la Fuente de la Vida. Este salto de fe sobrepasa el discurrir del intelecto, ya que se trata de un gesto de toda la persona, similar a lo que ocurre cuando depositamos toda nuestra confianza en un amigo.

Nuestra conciencia religiosa se hace presente mediante los ritos sacrificiales que celebramos, del mismo modo en que tomamos conciencia de nuestra solidaridad como seres humanos cuando una persona le da las gracias a otra.
Ahora bien: desde el momento en que reconocemos a la vida como un don, y a nosotros mismos como destinatarios de ese don, reconocemos entonces nuestra dependencia del dador. Esto nos confronta con una decisión: así como en el ámbito social podemos negarnos a dar las gracias y encerrarnos en la soledad de nuestro orgullo, del mismo modo en la dimensión religiosa podemos adoptar la actitud de una soberbia independencia respecto de la Fuente de la Vida. La tentación de cerrar los ojos para no ver lo ridículo de esta actitud es fuerte. Esto se debe a que la dependencia en el contexto religioso va más allá del mero intercambio propio del agradecimiento a nivel humano: implica obedecer a un Ser mayor a nosotros. A nuestro orgullo se le hace difícil aceptar esta realidad.

(A propósito; aquí tiene su raíz la violencia propia de muchos ritos sacrificiales. No podemos justificar este aspecto, pero sí podemos decir que los sacrificios violentos se explican como una expresión de la violencia que necesitamos hacernos para que nuestros corazones, esclavizados por el amor propio, puedan lograr la libertad de la obediencia amorosa). La persona que mata un animal como un sacrificio expresa su voluntad de morir a todo aquello que le impida alcanzar la meta deseada. Y ya que la meta es la unión entre lo humano y lo divino, ella debe ser precedida por la unión de las voluntades: la voluntad humana debe hacerse obediente. De todos modos, el morir a la propia voluntad es solo el aspecto negativo de la obediencia. Su aspecto positivo es el nacimiento a la alegría y a la vida verdadera. A la inmolación sigue el gozo del banquete sacrificial.

Cuando hablamos de la obediencia, no debemos poner todo el énfasis en la sumisión. Mucho más importante es el aspecto positivo, es decir, el estar atentos a las señales secretas que nos indican el camino hacia el gozo verdadero. (Las llamo “señales secretas” porque se trata de indicios muy personales, que captamos en aquellos momentos en que somos más plenamente nosotros mismos). “A diferencia de las aves migratorias, no recibimos información”, dice Rilke en las “Elegías del Diuno”. Nuestro viaje hacia la plenitud no está predeterminado por el instinto. Todo lo que recibimos son indicios (como el sentirnos agradecidos en el corazón) y la libertad para seguir esos indicios.

Como esta libertad puede perderse, el desapego se hace necesario. La obediencia es nuestro estar atentos, nuestra disponibilidad para seguir los impulsos del corazón en su vuelo ascendente. El desapego libera las alas de nuestro corazón para que así nos elevemos hasta el gozo agradecido de una vida plena. Debemos abrir las manos y soltar todo aquello a lo que nos aferramos como condición para recibir lo nuevo que se nos ofrece momento a momento. El desapego y la obediencia son solo medios; el fin es el gozo.

Si al sacrificio moral lo entendemos en este sentido positivo, podremos entender también al sacrificio ritual, que es expresión de aquél. Ninguno de los dos es esa cosa sombría con la cual se los suele identificar. Tanto en el sacrificio moral como en el sacrificio ritual, la clave es el “paso” de acción de gracias, y ambos culminan en el gozo que produce nuestra unión con lo trascendente. Este gozo se expresa en el banquete sacrificial con el cual el rito culmina. Se trata de una comida festiva que indica la aceptación de nuestra acción de gracias por parte de la divinidad. Esta comida es un abrazo que une al dador con el que da gracias por el don.

(Dicho sea de paso, recordemos que, en el contexto religioso, Dios es siempre el Dador, y los humanos son los que dan las gracias. Solamente en un contexto mágico, que se aleja del sentido original, esta relación se distorsiona al punto de entenderse como una transacción comercial, e incluso como una extorsión por parte del hombre para obtener favores de los poderes sobrehumanos. Pero tanto la magia como el ritualismo son callejones sin salida, y no hemos de hablar de ellos aquí).

De lo que sí quisiera hablar es del hecho que nuestra experiencia de gratitud está siempre ligada a un fenómeno religioso universal: el sacrificio, el cual se encuentra a la raíz de toda religión. Una vez que entendemos al sacrificio podremos entender mejor todos los aspectos de la religión. Es más: la historia de las religiones puede entenderse como el desarrollo de todas las implicancias de aquel gesto sacrificial que cada uno de nosotros experimenta cada vez que el sentimiento de gratitud brota de nuestro corazón.

La religión judía, por ejemplo, comienza con la convicción implícita de que no somos plenamente humanos si no ofrecemos sacrificios, y conduce hasta la conciencia explícita de que “solo aquel que se ofrece a sí mismo en sacrificio merece ser llamado humano” (Rabino Israel de Rizin, fallecido en 1850). Encontramos un paralelismo perfecto en el hinduismo, en el que un antiguo texto védico ve al ser humano como “el único animal capaz de ofrecer sacrificios” (Satapata Brahmanah VII, 5, 2, 23), y el desarrollo de esta idea culmina en un pasaje de la upanishad Chandogya (III, 16, 1): “En verdad, toda persona es sacrificio”. ¿Acaso nuestra propia experiencia no nos muestra que la persona humana encuentra su plenitud en el gesto sacrificial del dar las gracias?

Incluso al mandato “Amarás a tu prójimo” (que es, expresado en diversas formas, el fruto maduro de toda religión) también se llega a través de la experiencia de la gratitud.
Incluso al mandato “Amarás a tu prójimo” (que es, expresado en diversas formas, el fruto maduro de toda religión) también se llega a través de la experiencia de la gratitud. Pero así como el sacrificio, que es la raíz de la religión, en un principio nos asusta por su aparente crudeza, así el fruto maduro de la religión -el mandato del amor- nos hace pensar en esta aparente contradicción: ¿Cómo puede ser el amor un mandato? ¿Se puede obligar a amar? El amor no es verdadero a menos que sea gratuito. El entender al amor en el contexto de la gratitud nos da una clave: un favor que le hacemos a alguien será siempre un favor, será siempre gratuito, aún cuando nuestro corazón nos diga que debemos hacerlo, que debemos ser generosos, que debemos perdonar. ¿Y por qué? Porque nos pertenecemos los unos a los otros, en una mutua solidaridad que el corazón percibe. Nos pertenecemos mutuamente porque juntos nos debemos a una realidad que nos trasciende.

Vienen a la mente las palabras de Cristo: “Si estás presentando tu ofrenda ante el altar, y allí te acuerdas de que tu hermano tiene algo contra ti, deja tu ofrenda allí delante del altar, ve a reconciliarte primero con tu hermano, y luego vuelve y presenta tu ofrenda” (Mt 5,24). Este pasaje concuerda perfectamente con la tradición de los profetas de Israel, quienes insistían que el verdadero sacrificio es la acción de gracias, que la verdadera inmolación es la obediencia, que el verdadero significado de la comida sacrificial es “misericordia” (“hesed”), la alianza, el amor, el cual une mutuamente a los hombres al unirlos con Dios como comunidad humana.

Lo que las Escrituras condenan es el ritualismo vacío, no el rito. La misericordia y la obediencia no vienen a reemplazar al rito, sino a darles pleno sentido. De hecho, nuestra vida entera está llamada a ser un rito sagrado de acción de gracias, y el universo todo, un sacrificio sagrado. Cuando el profeta Zacarías dice que “en aquel día (el día del Mesías), cada olla y cada cuenco en Jerusalén y Judá serán sagrados para el Dios de los ejércitos, para que todo el que ofrece sacrificios pueda usarlos”, implica que no hay nada en la tierra que no pueda ser un recipiente lleno de nuestra gratitud para ser ofrecido a Dios.

Esta Eucaristía universal, esta celebración cósmica de un sacrificio de acción de gracias, constituye el corazón del mensaje cristiano.
Esta Eucaristía universal, esta celebración cósmica de un sacrificio de acción de gracias, constituye el corazón del mensaje cristiano. E incluso para quienes no son cristianos, la experiencia de la gratitud otorga al menos un acceso especulativo a la creencia cristiana de que el movimiento ascendente de acción de gracias es la trama dinámica de toda la realidad; la creencia de que en la absoluta Unidad del Dios trino hay lugar para un intercambio exterior de dar y agradecer, para una espiral de felicidad. Dentro de la Una e indivisa Divinidad, el Padre se da a sí mismo al Hijo, y el Hijo se da a sí mismo en acción de gracias al Padre. El Don de Amor que eternamente se intercambia entre el Padre y el Hijo es el Espíritu Santo de Acción de gracias, personal y divino.

La creación y la redención son simplemente un desborde de esta περιχώρησις (pericoresis), de esta “danza” que se da en el seno de la Trinidad; todo lo creado es nada separado de este desborde divino. Mediante su sacrificio, el Hijo de Dios se hace Hijo del Hombre en obediencia al Padre, para unir con su amor misericordioso a todos los hombres entre sí y a los hombres con Dios, llevándolos en el Espíritu de Gratitud hacia aquel eterno abrazo en el que “Dios será todo en todos” (I Cor. 15,28). “Todo lo que existe, existe gracias al sacrificio” (Sat. Brah. XI, 2, 3, 6). El cosmos en su totalidad se renueva a cada momento a través del sacrificio, al ser devuelto a su origen mediante la acción de gracias y recibido nuevamente como un don en su frescura original. Pero este sacrificio universal es posible solamente porque el único Dios es, al mismo tiempo, el Dador, el que Da las gracias, y el Don.

A aquellos de nosotros que hemos llegado a vislumbrar este misterio mediante la fe, no necesitamos que se nos explique; a quienes no han llegado, no se les puede explicar. Sin embargo, en la medida en que suscitamos la gratitud en nuestro corazón, podremos arribar a este misterio, no importa cómo lo llamemos. (Se trata de una realidad que jamás podremos poseer plenamente con nuestro intelecto; lo que realmente importa es dejar que este Misterio nos posea a nosotros). Se trata de tomar parte en ese “paso” de la gratitud y el sacrificio, paso que nos conduce a la integridad en nuestro interior, a la concordia con los demás, y a la unión con la misma Fuente de la Vida. Porque, en definitiva, “eso es todo lo que importa: que podamos hacer una reverencia, una reverencia profunda. Solo eso. Solo eso.”

Hermano David Steindl-Rast

Reproducido de “Principales corrientes del pensamiento moderno”, Mayo-Junio 1967, vol. 23, n°5, pp. 129-132.


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