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“Vengan a mí todos”

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Uno de los temas a tratarse en el Sínodo de la Familia que la iglesia católica celebra hasta el 19 de octubre es el de la comunión a los divorciados en nueva unión. Ofrecemos un texto del hermano David acerca del sacramento de la Eucaristía que puede ser esclarecedor.


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Por iniciativa del papa Francisco, del 5 al 19 de octubre se lleva a cabo en el Vaticano el Sínodo Extraordinario sobre la Familia, en el que participan diversos representantes de la iglesia católica de todo el mundo. Con este sínodo, la iglesia busca dar una respuesta a las necesidades de la familia de hoy. Entre los temas a tratar (anticipados en una encuesta que se envió a las comunidades católicas en 2013), se encuentran las uniones “de hecho”, las uniones entre personas del mismo sexo, las familias monoparentales, y la situación de los divorciados en nueva unión.

Éste último parece ser uno de los temas más delicados y controversiales. La doctrina tradicional católica no permite acceder al sacramento de la Eucaristía a los divorciados y vueltos a casar. Si tomamos en cuenta las estadísticas, no son pocos quienes están en dicha situación: en algunos países, la proporción de divorcios sobre matrimonios celebrados llega al 40 por ciento, y aun más.

Ésta es la realidad, y la iglesia debe responder a las situaciones reales, sin limitarse a predicar la situación ideal. Es cierto que el matrimonio indisoluble es un ideal noble y hermoso, pero también es cierto que no se debería condenar a quines no alcanzan dicho ideal. El teólogo suizo Hans Küng, consultado acerca del sínodo y los temas a tratar, comentó: “¿Acaso no podemos imaginar que Jesús habría condenado el trato que actualmente se dispensa a los divorciados? Él, que protegió de forma especial a la adúltera frente a los «ancianos», que se dirigió especialmente a los pecadores y fracasados y que incluso se atrevió a prometerles su perdón”.

El papa Francisco pareció aludir al tema de la comunión a los divorciados en su carta apostólica Evangelii Gaudium, publicada en noviembre de 2013: “La eucaristía, si bien constituye la plenitud de la vida sacramental, no es un premio para los perfectos, sino un generoso remedio y un alimento para los débiles. Estas convicciones también tienen consecuencias pastorales que estamos llamados a considerar con prudencia y audacia. A menudo nos comportamos como controladores de la gracia y no como facilitadores. Pero la Iglesia no es una aduana, es la casa paterna donde hay lugar para cada uno con su vida a cuestas” (n° 47).

¿Dar o no dar la comunión a los divorciados? La administración del misterio eucarístico por parte de la iglesia va a depender de cómo se la entienda a la eucaristía. Ella encierra en sí el doble aspecto de lo trascendente y lo cercano. Sí, es sacramento del Dios vivo… pero del Dios vivo que dice “vengan a mí todos”. Respecto de este punto, ofrecemos a continuación un texto del hermano David Steindl-Rast que puede ser esclarecedor:


El aspecto de la Eucaristía que en mi pensamiento ha ido cobrando cada vez mayor importancia es la de ser una “comida comunitaria”; aspecto que continúa la práctica de Jesús, que comía con todos. Esto era algo impensado para su época. En aquella época, lo lógico era comer con los “buenos”, y a los “malos” se los evitaba a toda costa. Había toda una pirámide desde los muy buenos hasta los muy malos (con todos los grises en el medio), y uno lógicamente trataba de estar con los buenos.

Para hablar de la Eucaristía debemos examinar la experiencia mística. En toda experiencia mística se dan juntos dos aspectos. Rudolph Otto, en su conocido libro “La idea de lo sagrado”, llama a este doble aspecto tremendum fascinosum: aquello que nos sobrecoge llenándonos de temor, pero que al mismo tiempo nos fascina y nos atrae. Una imagen que ilustra esto es la del niño en la playa: fascinado por el mar, corre hacia el agua. Cuando se levantan las olas se asusta y huye, pero al retroceder las olas, el encanto del mar lo vuelve a atraer, por lo que corre nuevamente hacia él… Este doble movimiento se da en toda experiencia mística. Es necesario mantener un equilibrio entre ambos aspectos, ya que si ponemos todo el énfasis en el aspecto “tremendo” del misterio, obtenemos una espiritualidad de la pureza: uno debe estar a la altura de lo sacro, a la altura de esta divinidad sobrecogedora.

Jesús puso el énfasis en otro aspecto de la divinidad: la familiaridad y la cercanía con que el misterio nos fascina y nos atrae. Esta forma de entender a la divinidad conduce a una cultura de la compasión.
En tiempos de Jesús, todo el énfasis se ponía en este aspecto del misterio, elaborándose así todo un sistema legal de “puros” e “impuros”, con todos los grises en el medio… Muchas de estas leyes eran tan exigentes que solo unos pocos podían cumplirlas. Es por esto que mucha gente pobre (pastores por ejemplo) simplemente no existían a los ojos de la sociedad. Los enfermos eran considerados “impuros” a causa de su enfermedad; las mujeres eran también consideradas “impuras” a causa de la menstruación…  todas consecuencias de poner demasiado énfasis en la majestad divina; consecuencias que hacían mucho daño.

Por esto Jesús puso el énfasis en el otro aspecto de la divinidad: la familiaridad y la cercanía con que el misterio nos fascina y nos atrae. Esta forma de entender a la divinidad conduce a una cultura de la compasión. No se trata de oponer un aspecto al otro, ya que ambos se dan juntos en el misterio, sino que se trata de manifestar nuestra devoción siendo compasivos. Jesús manifestó esta actitud al comer con todos. Compartir una comida es un ritual en el que se da gracias a Dios (todos juntos, en comunidad, damos gracias); y esto es lo que todos luego recordarían de Jesús: que dio gracias y comió con todos. Esto es lo que aun hoy hacemos al celebrar la Eucaristía: Jesús está presente cuando recordamos lo que Él hizo.

Si ponemos el énfasis en este aspecto de ser una comida compartida, evitamos caer en una mentalidad cuasi supersticiosa: “¿En qué preciso momento el pan se convierte en el cuerpo de Cristo?” Pensar así es tomar al pie de la letra un lenguaje que es simbólico. “Esto es mi cuerpo”: cualquiera que tenga sentido poético lo entiende. “Me entrego a ustedes, todos formamos un solo cuerpo”. Analizar las palabras de Cristo literalmente equivaldría al caso de un amante que le dice al amado “te doy mi corazón”, y el amado concluye que su amante se va a someter a un transplante.

Por eso, debemos entender al misterio eucarístico bajo una luz completamente nueva; mejor dicho, a la luz de su contexto original. Hemos puesto todo el énfasis en preguntas como “¿en qué momento se da la transubstanciación…?” Miremos a la Eucaristía con un poco de sentido común, y no con una mentalidad en la que una especulación teológica rebuscada se construye sobre otra especulación teológica rebuscada. A esta interpretación cualquiera la entiende: Jesús come con todos, les dice “esto es mi cuerpo”, y juntos celebramos el hecho de formar un solo cuerpo. Si lo hacemos así, estaremos realmente haciendo lo que Jesús hizo. Y no podemos excluir a nadie, ya que si lo hacemos estaremos arruinando el símbolo.

 

  • responder viviana ,

    Salir de la estructura en la que nos educaron es posible’ , pero no tan facil . Para muchos,hoy, eso da miedo a que se pasen’ a otra religion o de banalizar lo trascendente

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