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A imagen de la Trinidad

Hugo Mujica
El hombre recibe recibe el Ser, se abre al mundo, y entra en comunión con los demás seres. Así, el ser humano es imagen de la Trinidad, «revelación del hombre, de lo que cada uno de nosotros está llamado a ser”.


Evangelio según San Juan (16, 12-15)
Jesús dijo a sus discípulos: “Todavía tengo muchas cosas que decirles, pero ustedes no las pueden comprender ahora. Cuando venga el Espíritu de la Verdad, él los introducirá en toda la verdad, porque no hablará por sí mismo, sino que dirá lo que ha oído y les anunciará lo que irá sucediendo. Él me glorificará, porque recibirá de lo mío y se lo anunciará a ustedes. Todo lo que es del Padre es mío. Por eso les digo: Recibirá de lo mío y se lo anunciará a ustedes”.

En los evangelios,
en la narración de la existencia humana
vivida por Dios,
Jesús no especula sobre la Trinidad,
no especula ni teoriza: la encarna, la muestra,
la revela vida, vida de Dios.

Lo hace de rodillas, orando y dependiendo del Padre,
lo hace aceptando su voluntad,
haciendo de esa voluntad su libertad,
de esa libertad su entrega, de esa entrega revelándonos su ser.

Lo hace, también,
no hablándonos sino entregándonos el Espíritu Santo,
revelando que esa entrega de amor, esa entrega a los demás,
es el Espíritu de Dios;
revelando que entregarse es la forma divina de ser,
que entregar es trascender.

Lo hace, finalmente, no hablándonos de él mismo;
lo hace muriendo por nosotros.
Revelándonos en ese amor quién era ese hombre que nos amó hasta el final:
revelándose, en ese gesto, hijo de Dios,
encarnación de la Trinidad.

El misterio trinitario es el más misterioso de los misterios,
el más inescrutable de ellos,
pero contemplado en los evangelios,
encarnado y manifestado en Jesús, no es ninguna abstracción,

es revelación de Dios, pero por eso mismo, revelación del hombre,
de lo que cada uno de nosotros está llamado a ser,
hacia donde cada uno debemos caminar,
lo que cada uno debemos abrazar.

Cada hombre, cada mujer, cada uno de nosotros,
en lo más hondo de nuestro ser,
en el más allá de nuestro corazón que es el más acá de Dios,
en nuestra trascendencia que es la inmanencia de Dios,
recibimos la vida gratuitamente,

la recibimos de una fuente de libertad y de amor que mana en nosotros,
que mana manteniéndonos vivos;
y esa fuente es nuestro ser,
el ser que no podemos darnos a nosotros mismos,
que lo recibimos antes de cualquier acto de nuestra voluntad,
el ser que recibir fue nacer:

Eso más hondo, más hondo que nosotros mismos,
es la imagen del Padre,
es el abismo creador que cada hombre lleva y es dentro de sí.

Es el misterio humano de estar existiendo,
es la vida de la gracia que nos es dada para darla a los demás.

El hombre, desde ese abismo desde donde vamos siendo,
necesita manifestarse, revelarse:
lo hace dando rostro humano a la creación,
creando un mundo con más solidaridad,
más paz y justicia: más humanidad.

Esa encarnación de sí mismo en la historia
es la imagen del Hijo que todo hombre lleva en sí,
es la obligación de hacer de la historia el reino de Dios,
de hacer del evangelio una realidad,
de la historia una historia con sentido, una hisotria que sea creación.

Pero el hombre ni se agota en la contemplación de su interioridad,
por más que esté abierta a Dios,
ni en su proyectarse al mundo y transformarlo por más que lo llegue a realizar.

El hombre solo se completa, termina de ser lo que él es,
en la comunión con los demás hombres,
en el estar uno con el otro de la comunidad,
en el estar y ser uno para el otro de la generosidad.

Y es sobre todo en el estar uno en el otro del amor,
en el amor que en nosotros es imagen y manifestación
del Espíritu de Dios,
el Espíritu que se manifiesta reuniéndonos:
que nos reúne siendo el amor con que nos reunimos.

Es recién entonces,
en un entonces jamás logrado,
que el hombre llega a ser imagen de la Trinidad,
imagen y semejanza de su más profunda identidad,
esa identidad que no es la de ser todos iguales
sino la de ser cada uno único, la identidad que solo nos da el amor.

La otra vida, entonces, no es en un después celestial: es la vida del otro,
porque ya en Dios mismo ser es ser en otro,
estar es darse,
llegar es ir.

Algo de esto es la Trinidad, algo de eso celebramos hoy:
la fiesta del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo:
los tres nombres que se conjugan y reúnen en un mismo gesto:
entregarse, darse, ir más allá de sí,
hasta ser uno mismo no en uno sino en los demás,
hasta ser imagen de la Trinidad,
esas tres formas de entregar un mismo y único amor.


Hugo Mujica estudió Bellas Artes, Filosofía, Antropología Filosófica y Teología. Tiene publicados más de veinte libros y numerosas antologías personales editadas en quince países; alguno de sus libros han sido publicados en inglés, francés, italiano, griego, portugués, búlgaro y esloveno.

www.hugomujica.com.ar

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