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Amar nos libera

Hugo Mujica
Amar nos libera porque nos saca del encerrarnos en nosotros mismos. Tememos amar por temor a ser heridos; sin embargo, mayor herida es la soledad de quien no se arriesga a amar.


Del evangelio de Juan (14, 21-26)
Jesús dijo a sus discípulos: “El que recibe mis mandamientos y los cumple, ese es el que me ama; y el que me ama será amado por mi Padre, y yo lo amaré y me manifestaré a él”. Judas -no el Iscariote- le dijo: “Señor, ¿por qué te vas a manifestar a nosotros y no al mundo?”. Jesús le respondió: “El que me ama será fiel a mi palabra, y mi Padre lo amará; iremos a él y habitaremos en él. El que no me ama no es fiel a mis palabras. La palabra que ustedes oyeron no es mía, sino del Padre que me envió. Yo les digo estas cosas mientras permanezco con ustedes. Pero el Paráclito, el Espíritu Santo, que el Padre enviará en mi Nombre, les enseñará todo y les recordará lo que les he dicho”.

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El amor es lo que conocemos de Dios,
el Dios que se revela amándonos.
Dios se revela en el corazón de cada uno,
ahí donde nos da su amor para que lo entreguemos,
para que, amando, lo vivamos a él,
para que en el amor seamos uno amando con su amor.

Quizás haya un sólo miedo:
el miedo a no ser acogidos,
a no ser aceptados y, a la vez,
el miedo de no llegar a ser parte
de algo más vasto que el propio y estrecho yo;
de no tener dónde latir más que en el propio
y estrecho corazón.

El paradójico miedo a lo que más deseamos:
cuidar y ser cuidados,
tener para y hacia quien vivir: pertenecer.

Quizás haya una única soledad,
que no es la de estar solos,
sino la de estar frente a los otros reflejados
pero no entregados,
entre todos pero para nadie.

Quizás por eso haya un solo infierno:
el de no abrirse, el de no salir de sí,
el de no cobijar al otro.

El infierno del encierro en la cárcel la seguridad,
de la repetición,
el infierno de una eternidad reflejada
en nada más que uno mismo;
el infierno de quien no llegó a amar,
quien no fue más alla de sí.

Cuando el evangelio nos llama a amar,
cuando el amor de Dios nos llama,
no nos dice que no seremos rechazados;
no nos asegura que no seremos golpeados,
lastimados,
no nos asegura que no seremos sacrificados.
Dios nos promete, eso sí, que seremos liberados,
que seremos salvados.

Dios nos asegura, eso sí,
que nuestra vida será fecunda,
aún incomprendidos o rechazados, aún abusados.
Una vida que ama tiene más sentido que una vida protegida,
que una vida asegurada,
que una vida sin su cruz por los demás.

Nos promete, eso sí, que aún rechazados o golpeados,
nadie nos podrá quitar el haber amado,
el haber experimentado la indescriptible libertad de salir de nosotros mismos,
de ser vida en otras vidas;
el haber sentido a Dios amando desde nuestra propia vida.

Cuando Dios nos llama a amar, nos llama a trascender,
a despertar del miedo que realiza lo que todo miedo realiza:
la división entre lo mío y lo del otro,
entre el yo y los demás.

El miedo, o el odio, es eso: la división, el encierro.
El amor, o Dios, es lo otro:
la reunión, la entrega,
la fertilidad, la creación.

Quizá el amor no sea sino la abolición de esa ilusoria y perversa división;
quizás el amor no sea sino despertar a la comunión,
a la realización que entre yo y el otro nunca hubo separación:
hubo miedo,
el miedo que se aferra lo único que se puede aferrar:
al propio yo, a la ilusión de bastarse a sí mismo,

la propia ilusión de ser sin haber llegado a ser la trascendencia de sí mismo,
de haber sido más allá de sí,
de haber sido en y para los otros.

Cuando el otro es el otro y no lo que me pueda dar,
cuando le doy un vaso de agua sin ponerlo a la cuenta de mis méritos,
sin la mezquina cuenta de mis actos de caridad,
en la contabilidad de lo que me debe retribuir Dios.

Cuando Dios nos llama a amar nos está llamando a la fecundidad;
nos está liberando de una vida estéril,
una vida que tiene apenas la propia historia como destino,
apenas el propio yo como único cuidado,
la propia y equivocada santidad como único interés.

Nadie, nadie puede saber con certeza si ama o no ama,
si nos estamos dando a los demás o buscándonos en ellos.
Pero esa inseguridad, ese no poder calcular,
es lo que se llama amor,
cuando el amor es olvido de sí,
cuando es sólo pensar en otros,
cuando es entrega en la cruz.

Quizás en el juicio final,
el final de este juicio que es la vida,
se nos pregunte, se nos mida,
por si hemos o no realizado la comunión humana,
la comunión cuya posibilidad se llama gracia,
cuya realización se llama amor
y cuyo cumplimiento final se llama y entiende resurrección.


Hugo Mujica estudió Bellas Artes, Filosofía, Antropología Filosófica y Teología. Tiene publicados más de veinte libros y numerosas antologías personales editadas en quince países; alguno de sus libros han sido publicados en inglés, francés, italiano, griego, portugués, búlgaro y esloveno.

www.hugomujica.com.ar

  • responder José Rodríguez ,

    Doy gracias a Dios por darme la oportunidad de leer este mensaje. Un bálsamo para comenzar el día. Dios los bendiga. José