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Coronavirus: autodefensa de la propia Tierra

Esta pandemia tiene que hacernos repensar la forma en que vivimos en el planeta. La explotación indiscriminada de recursos solo conduce a la autodestrucción.


La pandemia del coronavirus nos revela que el modo en que habitamos la Tierra, nuestra Casa Común, es pernicioso para su naturaleza. La lección que esta pandemia nos deja es la siguiente: se hace urgente repensar nuestra forma de vivir en la Tierra como planeta vivo. No podemos continuar comportándonos como hasta ahora.

En este momento, ante el hecho de estar en medio de una crisis global, es importante que seamos conscientes de nuestra relación hacia la Tierra, y de la responsabilidad que tenemos en el destino común Tierra – Humanidad.

Acompáñenme en este razonamiento: el universo existe desde hace ya 13,7 mil millones de años, cuando ocurrió el big bang. La Tierra, hace 4,4 mil millones. La vida, hace 3,8 mil millones. El ser humano, hace 7-8 millones. Nosotros, el homo sapiens/demens actual, hace 100 mil años. Todos, el universo, la Tierra y nosotros mismos, estamos formados con los mismos elementos físico-químicos (unos 100) que se forjaron, como en un horno, en el interior de las grandes estrellas rojas durante 2-3 mil millones de años.

La vida, probablemente, comenzó a partir de una bacteria originaria, madre de todos los vivientes. La acompañó un número inimaginable de microorganismos. Nos dice Edward O. Wilson, tal vez el mayor biólogo vivo: solo en un gramo de tierra viven cerca de 10 mil millones de bacterias de hasta 6 mil especies diferentes. Imaginemos la cantidad incontable de esos microorganismos en toda la Tierra, siendo que solamente el 5% de la vida es visible y el 95%, invisible: el reino de las bacterias, hongos y virus.

Sigan acompañándome en mi razonamiento. En 2002 en Holanda y ante una comunidad científica de miles de especialistas James Lovelock y su equipo demostraron lo que hoy es considerado un dato científico: la Tierra no solo tiene vida sobre ella, sino que ella misma está viva. Emerge como un Ente vivo; no como un animal, sino como un sistema que regula los elementos físico-químicos y ecológicos, como hacen los demás organismos vivos, de tal forma que se mantiene vivo y continúa produciendo una miríada de formas de vida. La llamaron Gaia.

Otro dato que cambia nuestra percepción de la realidad: En la perspectiva de los astronautas, ya sea desde la Luna o desde las naves espaciales, así lo testimoniaron muchos de ellos, no existe distinción entre Tierra y humanidad. Ambas forman una entidad única y compleja. Se consiguió hacer una foto de la Tierra antes de penetrar en el espacio sideral, fuera del sistema solar: en ella aparece, en palabras del cosmólogo Carl Sagan, como “un pálido punto azul”. Nosotros estamos, pues, dentro de ese pálido punto azul, como aquella porción de la Tierra que, en un momento de alta complejidad, empezó a sentir, a pensar, a amar y a percibirse parte de un Todo mayor. Por lo tanto, nosotros, hombres y mujeres, somos Tierra, que se deriva de humus (tierra fértil), o del Adam bíblico (tierra arable).

Olvidando que somos una porción de la propia Tierra, comenzamos a saquear sus riquezas. Atacando a la Tierra, nos atacamos a nosotros mismos.

Y sucede que nosotros, olvidando que somos una porción de la propia Tierra, comenzamos a saquear sus riquezas en el suelo, en el subsuelo, en el aire, en el mar y en todas partes. Se persigue el osado proyecto de acumular bienes materiales para el disfrute humano (en realidad, solo para el disfrute de una porción poderosa y ya rica de la humanidad). Y en función de ese propósito se ha orientado la ciencia y la técnica.

Atacando a la Tierra, nos atacamos a nosotros mismos, que somos Tierra pensante. Tan lejos ha llegado la codicia de este pequeño grupo voraz, que la Tierra actualmente se siente agotada hasta el punto de verse vulnerada hasta en sus límites infranqueables. Es lo que técnicamente llamamos la Sobrecarga de la Tierra (The Earth Overshoot). Sacamos de ella más de lo que puede dar, y ahora no consigue reponer lo que le quitamos. Entonces da señales de que está enferma, de que ha perdido su equilibrio dinámico, calentándose de manera creciente, formando huracanes y terremotos, nevadas antes nuca vistas, sequías prolongadas e inundaciones devastadoras. Y más aún: ha liberado microorganismos como el sars, el ébola, el dengue, el chikungunya y ahora el coronavirus. Son formas de vida de las más primitivas, casi al nivel de nanopartículas, solo detectables bajo potentes microscopios electrónicos. Y pueden diezmar al ser más complejo que la Tierra ha producido y que es parte de sí misma, el ser humano, hombre y mujer (poco importa su nivel social).

Hasta ahora el coronavirus no puede ser destruido, solo le impedimos propagarse. Pero ahí está, produciendo una desestabilización general en la sociedad, en la economía, en la política, en la salud, en las costumbres, en la escala de valores establecidos.

De repente hemos despertado, asustados y perplejos: esta porción de la Tierra que somos nosotros puede desaparecer. En otras palabras, la propia Tierra se defiende contra la parte rebelde y enferma de ella misma. Puede sentirse obligada a hacer una amputación como hacemos con una pierna necrosada. Solo que esta vez es toda esa humanidad tenida por inteligente y amante, que la Tierra ya no quiere como suya.

¿Seremos capaces de captar la señal que el coronavirus nos está enviando, o seguiremos haciendo más de lo mismo, hiriendo a la Tierra autohiriéndonos en el afán de enriquecer?

Leonardo Boff


Leonardo Boff (n. 1938) es teólogo, filósofo, escritor, profesor y ecologista brasileño. Fue integrante de la comisión que elaboró la Carta de la Tierra (año 2000), declaración internacional de principios y propuestas ecologistas. Es autor de más de 60 libros, y ha sido galardonado con diversos premios en Brasil y en el exterior.


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