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¡Detente, mira, avanza!

David Steindl-Rast

El hermano David Steindl-Rast describe un método de tres pasos que conducen a una vida más plena y feliz.



¡Detente!

Todo lo demás depende de este primer paso. Aprender a detenernos y permanecer en silencio es absolutamente necesario antes de que podamos escuchar y responder plena y agradecidamente a la vida, momento a momento. El objetivo de detenernos (así como somos, aquí y ahora) es el silencio, la calma interior. Estamos tan acostumbrados al ruido y al ajetreo alrededor de nosotros y dentro de nosotros, que bien podríamos sentirnos incómodos ante la quietud. Sin embargo, podemos practicar el permanecer en silencio, un poco más cada día. Con la práctica, pronto podremos sentirnos como en casa cuando estemos en silencio. Así, ese centro de silencio interior se volverá una fuente de profunda dicha. En la calma, “el oído del corazón”, tal como lo llama San Benito, podremos escuchar a la vida atentamente, y así seremos capaces de responder; esos son los pasos siguientes: ¡Mira! ¡Avanza! En palabras de Rilke:

Oh, si tan solo las cosas estuviesen completamente en quietud alguna vez.
Si todo lo caótico e irrelevante
se silenciara, como la risa del vecino.
Si todo el ruido de fondo que mis sentidos hacen
no me distrajeran tanto de observar…

Quizás entonces yo podría, con el alcance de mil pensamientos
tocar tu límite exterior
y abrazarte, pero durante no más de lo que dura una sonrisa,
y luego despilfarrar en ti todo lo viviente
como agradecimiento.

¡Mira!

Anclados en la quietud interior, podemos ahora, como segundo paso, prestar absoluta atención, a través de todos nuestros sentidos, a todo lo que existe. Detenernos y permanecer en silencio hace que nuestro modo de mirar a las cosas “madure” (tal como Rilke lo menciona en otro poema), y ahora “todo lo que miras viene hacia ti como una novia que avanza hacia el altar”. A menudo, ni siquiera nos damos cuenta de cómo nos aferramos con tanta violencia a las cosas, simplemente por la manera en que las miramos. No obstante, podemos aprender a dejar que nuestras miradas abracen con reverencia todo lo que vemos, tal como el novio abraza a la novia en el altar, y tal como ella lo abraza a él. Todos nuestros sentidos pueden aprender esta actitud de dar y recibir con respecto al mundo que nos rodea. Entonces, la oportunidad que buscamos (en el contexto de este segundo paso, ¡Mira!) no será principalmente una oportunidad de utilizar lo que la vida nos ofrece en este momento sino, por el contrario, de disfrutarlo. De este modo, todo lo que hacemos, incluso nuestro trabajo, puede convertirse en un alegre juego.

Frances Cornford (1886 – 1960) celebra de modo perfecto este paso, ¡Mira!, en la “atenta cortesía” con la que un guitarrista afina su instrumento.

El guitarrista afina

Con qué atenta cortesía se inclina
sobre su instrumento;
no como un conquistador soberano
que domina las cuerdas y la madera,
sino como un hombre con su mujer amada,
preguntándole con placer
qué pequeñas cosas esenciales ella tiene que decir
antes de que ambos, él y ella, comiencen a jugar.

Aprender a detenernos y permanecer en silencio es absolutamente necesario antes de que podamos escuchar y responder plena y agradecidamente a la vida, momento a momento.

¡Avanza!

Avanzar sería “jugar” si el segundo paso que conduce a ello, mirar, es un “preguntar” a la vida qué tiene para decirnos en este momento. Este avanzar como un juego será una acción intensa pero a la vez hecha sin esfuerzo alguno. ¿Por qué? Porque es una respuesta que toma con seriedad incluso las “pequeñas” cosas de la vida, sabiendo que son “cosas esenciales”: esenciales para que tu acción esté a tono y en sintonía con la vida; esto es todo lo que importa. Cuando actuamos en sintonía con la vida, la fuerza de la vida fluye a través de nosotros. Ya sea que estemos podando una planta de tomate, escribiendo un currículo, planchando una camisa o participando en una videoconferencia, el “buen trabajo” se volverá “una danza sagrada”. Chuang Tzu (369-286 a. C.) utiliza esta imagen de la danza en su poema “Destazando un buey”. El oficio de carnicero era una tarea totalmente desprestigiada para la sociedad de su época y, aún así, después de observar con detenimiento, el príncipe Wen Hui dijo con emoción: “¡Eso es! ¡Mi cocinero me ha mostrado cómo debería vivir mi propia vida!”

Hoy, veintidós siglos después, podemos decir lo mismo, porque la manera en que el cocinero del príncipe troza la carne del buey sigue la forma del Tao, el Curso del Agua. Lo que permanece a través de los siglos es la manera en que cada ¡Avanza! está “guiado por la línea natural”. “Es cierto, en ocasiones hay articulaciones duras”, pero el cocinero nos enseña cómo lidiar con ellas. “Cuando siento que vienen, voy más despacio” (vuelve al primer paso, “¡Detente!”), “las observo detenidamente” (vuelve al segundo paso, “¡Mira!”) y luego “me contengo, casi no muevo el cuchillo”. Ahora, su “¡Avanza!” fluye con la energía de la propia vida: “El espíritu, libre para trabajar sin un plan, sigue su propio instinto, guiado por una línea natural”. Deleitémonos con el poema completo:

Destazando un buey

El cocinero del príncipe Wen Hui
estaba destazando un buey.
Extendió una mano,
bajó un hombro, apoyó un pie,
presionó con una rodilla.
El buey quedó deshecho.
Con un susurro,
el brillante cuchillo murmuraba
como un viento suave.
¡Ritmo! ¡Precisión!
¡Como una danza sagrada,
como las antiguas armonías!
“¡Buen Trabajo!”, exclamó el príncipe.
“¡Su método es impecable!”
“¿Método?”, dijo el cocinero
dejando a un lado su cuchillo.
“¡Lo que hago es seguir el Tao
más allá de todo método!
Cuando empecé a
destazar bueyes,
veía ante mí
al buey entero,
toda una masa única.
Después de tres años
ya no veía aquella masa.
Veía sus distinciones.
Pero ahora ya no veo nada
con los ojos. Todo mi ser
aprehende.
Mis sentidos están ociosos.
El espíritu,
libre para trabajar sin un plan,
sigue su propio instinto
guiado por una línea natural.
Por la abertura secreta, el espacio oculto,
mi cuchillo encuentra su propio camino.
No corto ninguna articulación,
no corto hueso alguno.
Un buen cocinero necesita
un cuchillo nuevo
una vez al año, porque sabe cortar.
Un mal cocinero necesita uno nuevo
todos los meses, ¡porque mutila!
Llevo utilizando este mismo cuchillo
diecinueve años.
Ha destazado
un millar de bueyes.
Su hoja sigue cortando
como si estuviera recién afilada.
Hay espacios entre las articulaciones;
la hoja es delgada y cortante:
cuando esta delgadez encuentra aquel espacio,
¡tienes todo el lugar que pudieras desear!
¡Pasa como una brisa!
¡Por eso mantengo esta hoja desde hace diecinueve años
como si estuviera recién afilada!
Cierto es, en ocasiones hay articulaciones duras.
Las siento venir,
entonces me detengo, observo con atención,
me contengo, casi no muevo el cuchillo,
hasta que la parte se desprende
cayendo como un trozo de tierra.
Entonces retiro la hoja,
me quedo quieto,
y dejo que la alegría del trabajo
penetre en mí.
Luego limpio el cuchillo
y lo guardo”.
El príncipe Wen Hui dijo:
“¡Eso es! ¡Mi cocinero me ha mostrado
cómo debería vivir
mi propia vida!”

Una vez, durante un largo viaje en autobús, tuve el privilegio de sentarme junto a un carnicero que me habló de su trabajo. Estoy seguro de que no había escuchado nunca sobre el Tao y, menos que menos, sobre el poema de Chuang Tzu, pero, en ese momento, no podía creer que la descripción que me dio con orgullo sobre su oficio se asimilara tanto a la de su colega taoísta de hacía tantos milenios. Sin embargo, ya no me sorprende. Me he dado cuenta de el “detente, mira, avanza” no es un método que alguien inventó, sino un camino (que es lo que “Tao” significa literalmente) que lleva a vivir en armonía con el universo.

“¿Método?”, dijo el cocinero
dejando a un lado su cuchillo.
“¡Lo que hago es seguir el Tao
más allá de todo método!

 

Hermano David Steindl-Rast


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