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División

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Hugo Mujica
¿Es posible entender a la división como algo positivo? La pasión por Dios y por la humanidad debería sacudir nuestro conformismo y movernos a una postura más radical ante la vida: “Jesús que nos pide que dividamos el bien del mal, la justicia de la injusticia, el egoísmo de la solidaridad”.


Evangelio según San Lucas (12, 49-53)
Yo he venido a traer fuego sobre la tierra, ¡y cómo desearía que ya estuviera ardiendo! Tengo que recibir un bautismo, ¡y qué angustia siento hasta que esto se cumpla plenamente! ¿Piensan ustedes que he venido a traer la paz a la tierra? No, les digo que he venido a traer la división. De ahora en adelante, cinco miembros de una familia estarán divididos, tres contra dos y dos contra tres: el padre contra el hijo y el hijo contra el padre, la madre contra la hija y la hija contra la madre, la suegra contra la nuera y la nuera contra la suegra”.

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El evangelio de hoy nos muestra a un Jesús casi desconocido,
un Jesús angustiado, una angustia exaltada:
desea que la tierra arda,
nos dice que no vino a traer la paz sino la espada,

nos dice que vino a dividir, a separar a la familia,
separar a lo que es la imagen misma de la unidad.

Jesús, en imágenes, nos habla de una situación de crisis,
de un poner a prueba, acrisolar,
dividir lo que sirve de lo que no sirve, lo noble de lo espurio.

El señor en su radicalidad, la que pagó en la cruz,
habla de lo que es ser cristiano,
lo que cuesta ser lo que él mismo fue:
signo de contradicción, de oposición, de confrontación.

También ante nuestras palabras, ante nuestros actos, nuestras opciones,
la gente debería sentirse interpelada,
sentirse ante algo distinto.

Debería sentirse ante alguien que eligió lo que vale,
y, por eso mismo, lo que cuesta, lo que cuesta hasta la propia vida,
sentirse ante lo que eligió el Cristo por quien nos llamamos cristianos.

Quizá sea por no ser diferente a nadie,
o por habernos acomodado ya a todo,
que nadie se sorprenda, que nadie nos persiga,
que nadie nos pregunte cómo seguir al Señor que decimos estar siguiendo,
quizás, porque hayamos dejado de arder,
quizás, porque se nos haya entibiado el corazón.

En la primera lectura, Jeremías,
el profeta rechazado y perseguido,
cuando habla de Dios dice que es un fuego devorador,
dice que le arde en el corazón.
Jeremías, en términos contemporáneos,
habla de tener pasión por Dios,

tener pasión y no meramente devoción,
y quizás la diferencia entre pasión y devoción,
esté entre poner el cuerpo,
estar donde el fuego del sufrimiento de los otros nos arde,
o refugiarse en una devoción que es búsqueda de consuelo,
que es tibieza y no pasión.

Jesús, también Jesús, tuvo como hombre pasión por Dios,
y, como Dios que era,
tuvo y tiene pasión por los hombres,
por eso suena radical,
porque desea que lleguemos a ser eso: hombres,
humanos, como nos crea Dios.

Y se llega a ser hombres, humanamente hombres,
cuando uno está dispuesto a optar, a jugarse,

a elegir lo que nuestra fe nos pide y no lo que nuestra conveniencia,
ni la nuestra ni siquiera la de los más cercanos,
nos impone.

Optar más allá del propio interés,
el mío o mi familia,
el mío o mi empresa,
el mío o el reconocimiento de los demás.

Optar por el sacrificio, por dar mi vida para que haya más humanidad,
más justicia sobre la tierra y no sólo más limosna,
es no ya solo ser hombre,
es empezar a ser cristiano.

El día que optemos verdaderamente,
que optemos con nuestra vida
y no con nuestras ideas o nuestras palabras,
el día que nos dejemos atravesar por la palabra de Dios,
también nuestras vidas dividirán a los hombres,

no para rechazarlos ni para juzgarlos,
sino para mostrar otro camino que el del propio interés,
otro horizonte que el de la propia realización,
para mostrarles que hay otra opción que girar dentro la de la claustrofobia consumista en la que nos encontramos encerrados,

para que puedan saber y sentir que el Jesús que nos pide que dividamos el bien del mal, la justicia de la injusticia, el egoísmo de la solidaridad,

es el mismo Jesús que extendió los brazos en la cruz para reunirnos abrazándonos a todos en él.


Hugo Mujica estudió Bellas Artes, Filosofía, Antropología Filosófica y Teología. Tiene publicados más de veinte libros y numerosas antologías personales editadas en quince países; alguno de sus libros han sido publicados en inglés, francés, italiano, griego, portugués, búlgaro y esloveno.

www.hugomujica.com.ar

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