Blog

El lugar del cristiano

hugo-100x78Ante la tentación del poder, Jesús nos llama a ocupar el lugar que nos corresponde: el lugar del otro, del marginado, el último lugar. Así, el poder se transforma en solidaridad. Esta solidaridad nos redime, nos salva del egoísmo, nos libera. “Quizás sobre esta base podamos edificar una nueva comunidad: la de la debilidad que nos hermana”.

Del evangelio de Marcos (9, 30-37)
Al salir de allí atravesaron la Galilea; Jesús no quería que nadie lo supiera, porque enseñaba y les decía: “El Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los hombres; lo matarán y tres días después de su muerte, resucitará”. Pero los discípulos no comprendían esto y temían hacerle preguntas. Llegaron a Cafarnaún y, una vez que estuvieron en la casa, les preguntó: “¿De qué hablaban en el camino?”. Ellos callaban, porque habían estado discutiendo sobre quién era el más grande. Entonces, sentándose, llamó a los Doce y les dijo: “El que quiere ser el primero, debe hacerse el último de todos y el servidor de todos”. Después, tomando a un niño, lo puso en medio de ellos y, abrazándolo, les dijo: “El que recibe a uno de estos pequeños en mi Nombre, me recibe a mí, y el que me recibe, no es a mí al que recibe, sino a aquel que me ha enviado”.

lugar-mujicaPor un lado Jesús habla de su entrega,
su darse: su cruz y resurrección,
y por otro, por el nuestro,
los discípulos hablan de grandezas,
hablan del poder.

Jesús no deja un tratado sobre la jerarquía,
sobre arriba o abajo, derecha o izquierda;
revela, eso sí, encarnándolo, el lugar del cristiano:
el del servidor de todos: el último lugar.

El lugar donde, pensándolo socialmente, no solemos estar,
y no obstante es donde nos espera Jesús:
cercanos a los que sí ocupan el último lugar,
a los que tenemos que cuidar, tenemos que ayudar,
tenemos que servir.
tenemos que estar allí.

Es en ese lugar donde la invocación del otro,
del elegido de Dios,
del niño o los pequeños,
se hace insoslayable, se grita:
ese lugar, o esa herida, es la debilidad.

Son los “pequeños”, es el niño, pero el niño sin juego,
el niño de la calle,
el enfermo, el hambriento…
todos los que en nuestra sociedad
ocupan el último lugar,
el lugar que ocupó Cristo,
el lugar donde los marginamos,
el lugar donde sigue encarnándose la carne viva de Dios.

En el pobre lo otro del otro se revela
con insoslayable nitidez,
se revela reclamándonos con toda su fuerza:
con toda su debilidad.

Debilidad encarnada en el que me reclama, y en ese clamar
me revela y enjuicia sobre lo que debo ser,
sobre el lugar que debo ocupar.

A través del otro como pobre, como debilidad,
del que lleva marcada en su cuerpo
la carencia que es ser,
se manifiesta el llamado a mi responsabilidad,
se manifiesta el límite de mi poder.

El límite o la transfiguración de mi poder en solidaridad: mi yo en tú.
El límite en el cual termino, me repliego,
o el límite desde el cual me extiendo:
me entrego y dono: me trasciendo.

En el pobre, por el pobre, soy tocado,
mi sensibilidad es herida,
y es a través de esa herida que me abro:
el otro, el pobre, hiriéndome me salva.

Me redime de mi insensibilidad, del egoísmo de mi yo:
y, en ese salir,
en ese éxodo, habito mi más profunda identidad:
ser mi verdadero yo en el movimiento
de la entrega al otro,
ser quien soy dejándome atrás, siendo hacia los otros,
olvidandome de mí.

Somos débiles, esa es nuestra realidad,
esa misma nuestra dignidad,
la dignidad de nuestra finitud:

no nos necesitamos porque somos débiles;
lo somos, fuimos creados débiles e inacabados,
para necesitarnos, para trascendernos:
para salvarnos los unos a los otros.

Nunca, quizás,
el hombre se sintió más solo que en esta época,
nunca supo tanto de la necesidad que tiene de su semejante,
la época, esta, por esto mismo,
que puede hacer de la debilidad del otro, de su dolor,
la medida de todas las cosas,
hacer de esa medida una nueva verdad,
de esa carencia una verdad más humana.

Quizás esta reverencia, esta piedad, sea la débil, y por débil,
flexible y abierta base sobre la que podamos edificar una nueva comunidad:
la de la debilidad que nos hermana.

La debilidad que nos llama a cada uno más allá de uno,
la que nos convoca a todos
hacia lo único que nos queda: al otro, al hermano,
a la debilidad humana como revelación de Dios.

El precio es la vulnerabilidad: exponerse,
dejarse herir.

El premio es la libertad,
la de librarnos de una piel sin sensibilidad,
de una vida que es esterilidad, que no es servicio,
un vivir que no es encarnar la cruz del otro,

la cruz que eligió Jesús para revelarnos
el sentido de vivir,
el servicio y la entrega al otro como forma de nacer,
el sacrificio como forma de trascendencia,
el olvido de sí como paso hacia la resurrección.


Hugo Mujica estudió Bellas Artes, Filosofía, Antropología Filosófica y Teología. Tiene publicados más de veinte libros y numerosas antologías personales editadas en quince países; alguno de sus libros han sido publicados en inglés, francés, italiano, griego, portugués, búlgaro, esloveno, rumano y hebreo.

www.hugomujica.com.ar

Reflexiones:

  1. REPLY
    Silvia Allegretto dice:

    Gracias Hugo por regalarnos tu arte!

Te invitamos a compartir tus reflexiones: