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Esperanza: apertura a la sorpresa

David Steindl-Rast

En su libro «La gratitud, corazón de la plegaria», el hermano David propone a la esperanza como respuesta a las situaciones inimaginables de la vida, y lo ilustra con una bella historia de León Tolstoi.



La fe es la respuesta del corazón a la vida entendida como un don. De manera similar, la esperanza es la respuesta del corazón a la vida entendida como una sorpresa. Cuanto más se apodera de nosotros esa intuición de que la vida es una sorpresa, tanto más nuestra vida será una vida de esperanza, una vida de apertura a la sorpresa.

¿Cómo podemos abrirnos más a la esperanza? El poeta Rilke, contemplando una amapola completamente abierta, se hace la misma pregunta. Queda maravillado con esa flor que poco a poco abre sus pétalos a la luz del sol. “¿Y nosotros?”, se pregunta el poeta, “¿cuándo, cuándo llegaremos a ser capaces de abrirnos así?”

Hay momentos en que la plenitud de la vida nos desborda. Esta experiencia despierta en nosotros una pasión por la vida y por sus ilimitadas posibilidades. En esta pasión consiste la esperanza: la esperanza es la “pasión por lo posible”, como la define William Sloane Coffin.

La vida misma purificará paso a paso nuestra esperanza, si vivimos con una pasión por lo posible. A medida que avancemos, iremos empujando los límites de lo posible cada vez más lejos, hasta llegar a la región de lo aparentemente imposible. Tarde o temprano nos daremos cuenta de que lo posible no tiene límites fijos, y que lo que pensábamos que era un límite, era en realidad un horizonte. Y como todo horizonte, retrocede a medida que avanzamos hacia él en nuestro camino hacia la plenitud de vida.

Tarde o temprano nos daremos cuenta de que lo posible no tiene límites fijos, y que lo que pensábamos que era un límite, era en realidad un horizonte.

Existe una sana inquietud en la búsqueda inspirada por la esperanza. Ambos elementos, la expectación y el deseo, incluyen un aspecto de “todavía no”: todavía no vemos lo que prevemos va a ocurrir; todavía no tenemos lo que deseamos. Estamos aún en camino hacia lo que prevemos y deseamos, y sin embargo la expectación y el deseo anticipan nuestro objetivo. Vemos a lo lejos lo que ahora prevemos; ponemos el corazón en lo que ahora deseamos. (La palabra “deseo”, derivada del latín sidus, “estrella”, sugiere la idea de anclar el corazón a una estrella). Aquel “todavía no” mantiene inquieta nuestra búsqueda; el “ahora” mantiene sana esta inquietud.

Un peregrino sabe que cada instancia del camino puede parecerle la meta, mientras que lo que él cree la meta puede resultar ser sólo una instancia del camino. Esto mantiene al peregrino abierto a la sorpresa. La esperanza es apertura a la sorpresa; es, por lo tanto, la virtud del peregrino.

León Tolstoi narra la historia de dos ancianos, campesinos rusos, que peregrinan a Jerusalén. Durante varias semanas caminan juntos de pueblo en pueblo hacia el Mar Negro, donde esperan poder tomar un barco rumbo a Tierra Santa. Pero antes de llegar al puerto se separan accidentalmente: mientras uno se detiene en una cabaña para tomar agua, el otro continúa su camino, luego se detiene al encontrar una sombra, y al punto se queda dormido. Al despertar, se pregunta: “¿Mi amigo vendrá detrás mío? No creo, debe haberse adelantado mientras yo dormía”. Esperando alcanzar a su compañero, continúa caminando. “Al menos mientras esperamos el barco nos vamos a encontrar”, piensa para sí. Pero en el puerto no encuentra ni rastros de su amigo, y después de esperar varios días, finalmente se embarca solo hacia la Tierra Santa.

Recién en Jerusalén nuestro peregrino encuentra a su amigo. Alcanza a verlo cerca del altar del templo, pero mientras trata de abrirse paso entre la multitud de peregrinos, vuelve a perderlo de vista. Pregunta por él, pero nadie sabe dónde está alojado. Una vez más lo ve entre la gente, y una tercera vez también, pero no puede acercarse a él. Ya no vuelve a verlo, y cuando llega el momento de dejar Jerusalén, se ve obligado a emprender el regreso a casa solo.

Varios meses después regresa al pueblo desde donde habían partido en peregrinación, y allí encuentra al amigo perdido. Allí se entera de que éste nunca estuvo en Jerusalén, al menos no físicamente. Lo que éste había encontrado en aquella ocasión en que se detuvo en una cabaña para tomar agua, era toda una familia al borde de la muerte. Eran pobres, estaban endeudados, enfermos y hambrientos, tan débiles que eran incapaces incluso de proveerse agua por sí mismos. Movido a compasión, les trajo agua, les compró comida y los cuidó hasta restablecerles la salud. Cada día pensaba “mañana continuaré mi peregrinación”. Pero luego de ayudarles a pagar sus deudas, le quedó sólo el dinero suficiente como para poder regresar a su casa.

Al escuchar esta historia, el anciano que vio a su compañero en Jerusalén no pudo dejar de preguntarse quién de ellos había alcanzado el verdadero objetivo de su peregrinación.

 

Hermano David Steindl-Rast

 

Tomado del libro La gratitud, corazón de la plegaria.


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