Quiénes somos | Artículos | Actividades

La esperanza más humana

Hugo Mujica
La ascensión simboliza el cumplimiento de los deseos más profundos del hombre: “Nuestra corporeidad, la historia hecha huellas en nuestro rostro, la vida cargada en nuestras espaldas, todo eso entrará en el cielo”.


Del evangelio de Lucas (24, 46-53)
Dijo Jesús: «Así estaba escrito: el Mesías debía sufrir y resucitar de entre los muertos al tercer día, y comenzando por Jerusalén, en su Nombre debía predicarse a todas las naciones la conversión para el perdón de los pecados. Ustedes son testigos de todo esto. Y yo les enviaré lo que mi Padre les ha prometido. Permanezcan en la ciudad, hasta que sean revestidos con la fuerza que viene de lo alto». Después Jesús los llevó hasta las proximidades de Betania y, elevando sus manos, los bendijo. Mientras los bendecía, se separó de ellos y fue llevado al cielo. Los discípulos, que se habían postrado delante de él, volvieron a Jerusalén con gran alegría, y permanecían continuamente en el Templo alabando a Dios.

Cuando Dios terminó la creación, nos dice el génesis,
vio que todo estaba bien,
vio el bien que su palabra sembró en todo lo creado,
y diciendo que todo estaba bien bendijo la creación.

Hoy, en la ascensión,
contemplamos el último gesto de Jesús,
la última huella del paso de Dios sobre la tierra:
contemplamos una mano que nos bendice,
una bendición que permanece.

Un mismo gesto del padre y del hijo: una misma bendición,
un mismo Dios, un único amor.

Hoy escuchamos su última promesa, la de revestirnos con su espíritu,
el espíritu que sigue esperando nuestra desnudez,
que sigue esperando que nos abramos plenamente para poder hacernos testigos de su resurrección,
para que nosotros, nuestras vidas, sean su gesto de bendición sobre la tierra
que deja bajo sus pies.

Hoy celebramos la fiesta de la ascensión:
la culminación de la vida terrenal de Jesús,
el cumplimiento de lo que él mismo anunció:
“he salido del padre y voy al padre”,
el movimiento de la encarnación a la resurrección,
el latido que pulsa y atraviesa toda la creación.

La vida de Jesús, su paso entre nosotros,
está pautada por dos grandes movimientos:

un movimiento de descenso que comienza en la encarnación,
se duele en la pasión y muere en la cruz,
y otro movimiento que se enciende en la transfiguración,
estalla luz en la resurrección y se reúne,
eleva y oculta en la ascensión.

El movimiento de descenso, su kénosis,
su despojamiento de todo poder, no nos es extraño:

es la realidad y la radicalidad de un Dios
que asume la imagen y la semejanza de los hombres,
y, entre los hombres, la de los más débiles;

que se encierra en el tiempo para abrirlo a la eternidad,
que desciende hasta los infiernos para elevar su descenso al cielo.

Si en la resurrección se cumple el deseo más hondo del hombre:
no desaparecer, no morir,
en la ascensión se manifiesta la esperanza más humana del hombre:
tampoco morirá nuestra historia,

Nuestra corporeidad: la carne misma,
la historia hecha huellas en nuestro rostro,
la vida cargada en nuestras espaldas,
todo eso entrará en el cielo:
todo eso es definitivo, está grávido de eternidad.
Todo eso, de alguna manera, será para nosotros Dios.

Es la vida entera la que adquiere en la ascensión su significado definitivo:
seguiremos latiendo en el cielo:
seremos en la eternidad de Dios,
y, más aún,
permaneceremos eternamente humanos en la medida en que en esta vida encarnemos nuestra alma,
la concretemos amor, la entreguemos a los otros.

La ascensión de Jesús es la creación del cielo,
el lugar humano y divino donde los mortales seremos divinos,
donde la divinidad del verbo ya es para siempre humana.

El cielo no es un lugar, no es un algo: es ahora un alguien,
es otro nombre de Jesús.

El cielo empieza cuando Jesús se eleva,
cuando en él se reúene la humanidad resucitada del hijo
con el insondable abismo que llamamos Dios,
con el misterio de fecundidad que invocamos “padre”.

La ascensión del cuerpo de Jesús disuelve la división entre tierra y cielo.
ya no se trata de negar la tierra para afirmar el cielo,
se trata de reunir el cielo y la tierra,

de hacer de la tierra el lugar donde la justicia y el amor,
el sacrificio y la solidaridad se conviertan en realidad.

Como no se impuso con poder en la encarnación, ahora,
en la ascensión, Jesús no impone su herencia,
no impone su reino:
lo ofrece como se ofreció él a los hombres en la encarnación,

como se ofreció al padre en la cruz,
como se ofrece cada día en la eucaristía,

como se ofrece ahora a través de nosotros, a quienes nos envía a predicar,
a quienes nos deja como sus testigos,

y quizás esta, su despedida, sea su mayor abajamiento,
su despojo mayor:
dejar su reino en nuestras manos y su poder en nuestra debilidad
haciéndonos testigos de su ascensión.

Testigos de la ascensión que se testimonia descendiendo compasivamente
hasta la cruz del dolor de cada hombre,
hasta el dolor humano en el que Jesús sigue con nosotros hasta el final de los tiempos,
estando en cada vida que le dé vida,
cada vida que se entregue a los demás.


Hugo Mujica estudió Bellas Artes, Filosofía, Antropología Filosófica y Teología. Tiene publicados más de veinte libros y numerosas antologías personales editadas en quince países; alguno de sus libros han sido publicados en inglés, francés, italiano, griego, portugués, búlgaro y esloveno.

www.hugomujica.com.ar

Dejar un comentario