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Los besos que no dimos

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Ana María Díaz
“La nostalgia nos cura de desarrollar tolerancia ante infelicidad… Bendita nostalgia que hace posible recuperar la fecundidad de la esperanza, esa que nos instala nuevamente en el camino de la audacia”.


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«El beso», de Gustav Klimt (1909)

Las dificultades con que nos encontramos en la vida tienden a volcarnos el alma, con añoranza, a los momentos del pasado en los que hemos sido más felices. El dolor de la nostalgia acompaña nuestro caminar, agregando una pincelada de “dolor por regresar” a las pinceladas del dolor de vivir. Vale la pena, entonces, dedicar una mirada más detenida al papel que juega la nostalgia en nuestra vida.

Una primera constatación nos lleva a concordar con Galeano, quien nos advierte: “Nos refugiamos en la nostalgia cuando sentimos que nos abandona la esperanza, porque la esperanza exige audacia, y la nostalgia no exige nada”. No hay duda: la nostalgia tiene algo regresivo, es una comprensible búsqueda de refugio en alegrías o ternura del pasado ante tristezas o soledad del presente.

Por otra parte, el teórico de la cultura George Steiner en su libro “Nostalgia del Absoluto”, nos advirtió de otro riesgo en nuestro tiempo: “Como nunca antes de hoy, tenemos hambre de mitos, de explicaciones totales, y anhelamos profundamente una profecía con garantías”. Y tiene toda la razón. Los seres humanos tenemos necesidad de respuestas totalizantes, de sentir que caminamos por senderos conocidos; de predecir el futuro que nos espera y encaminarnos a él, no importa si con ilusoria seguridad. Un riesgo sin duda.

La nostalgia es fruto de poseer un alma que no se resigna a la infelicidad. La humanidad avanza gracias a esos hombres y mujeres que tienen el coraje de creer que es posible corregir la historia.
Pero como siempre que se trata del alma humana, su complejidad nos obliga a explorar con más cuidado. “No hay nostalgia peor que añorar lo que nunca jamás sucedió”, nos cuenta un poeta popular, con lo cual nos abre una perspectiva mucho más fecunda acerca de la nostalgia. Lo inconsciente no tiene tiempo, no distingue entre ayer, hoy ni mañana, de modo que no solo añoramos la felicidad que tuvimos sino también la que anhelamos tener. Y bendita nostalgia, porque nos pone a salvo de la resignación adaptativa ante lo que no nos hace felices, individual o colectivamente; bendita nostalgia que hace posible recuperar la fecundidad de la esperanza, esa que nos instala nuevamente en el camino de la audacia.

La nostalgia es fruto de poseer un corazón contra fáctico; de poseer un alma indócil a los hechos, que no se resigna a la infelicidad. La humanidad avanza gracias a esos hombres y mujeres que tienen el coraje de creer que es posible corregir la historia; de esos hombres y mujeres que no se inclinan ante el peso de la realidad y no dan jamás por perdida la lucha por la verdad, la justicia, el bien, el amor y la belleza.

Es verdad que la nostalgia nos puede hundir en la pasividad o en una engañosa seguridad, pero es un veneno que, administrado sabiamente, nos cura de desarrollar tolerancia ante infelicidad. La nostalgia es un síntoma que nos proporciona un mapa de insatisfacciones, y a la vez el estímulo para seguir a cargo de nuestra incansable búsqueda de felicidad. Agradezcamos este radar, agradezcamos poseer un alma en la que “hasta los huesos solo calan los besos que no dimos”.

Ana María Díaz

 

  • responder María Luisa Sordi de Matich ,

    Me ha encantado el mensaje…se me reprocha tantas veces de SER UNA NOSTÁLGICA INCURABLE» que me he quedado complacida con este hermoso comentario….»es estímulo para seguir a cargo de nuestra incansable búsqueda de felicidad………este radar ……»agradezcamos poseer un alma en la que hasta los huesos solo calan los besos que no dimos»

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