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Palabra y silencio

Hugo Mujica
La palabra divina se escucha en el silencio, haciéndose vida cuando la trasmitimos a los demás, especialmente a aquellos que, por no tener voz propia, viven en el siencio.


Del evangelio de Juan (14, 23-29)
Jesús dijo: “Si alguien me ama, guardará mis palabras, y mi Padre lo amará. Entonces vendremos a él para poner nuestra morada en él. El que no me ama no guarda mis palabras; pero el mensaje que escuchan no es mío, sino del Padre que me ha enviado. Les he dicho todo esto mientras estaba con ustedes. En adelante el Espíritu Santo, el Intérprete que el Padre les va a enviar en mi Nombre, les enseñará todas las cosas y les recordará todo lo que yo les he dicho. Les dejo la paz, les doy mi paz. La paz que yo les doy no es como la que da el mundo. Que no haya en ustedes angustia ni miedo. Saben que les dije: Me voy, pero volveré a ustedes. Si me amaran, se alegrarían de que me vaya al Padre, pues el Padre es más grande que yo. Les he dicho estas cosas ahora, antes de que sucedan, para que cuando sucedan ustedes crean”.

“El Padre habla engendrando, el Hijo escucha naciendo”, sintetizó insuperablemente el maestro Eckhart,
el místico más hondo que tuvo el cristianismo.

“Tú tienes palabras de vida eterna” sintetiza por su lado Pedro en uno de los evangelios.

Y lo eterno no es lo que le sigue a esta vida,
es lo que siempre fue y para siempre será:
lo eterno es ya, es hoy.

En el inicio Dios habló y creó,
pero no solo en el inicio del tiempo:
Dios habla en el inicio que es cada vez que en un corazón encuentra donde decirse,
donde continuar su creación.

Y en liturgia la iglesia proclama esas palabras de Dios,
y cada proclamación abre el mismo círculo virtuoso, anuncia la misma gracia:

la gracia de recibir la fuerza para asumir las palabras,
las palabras que buscan abrir en nosotros la experiencia
que ellas contienen,
la que buscan nuestra carne para ser encarnación.

Las palabras que nos dicen los evangelios
son las palabras que debían ser dichas
para que la vida humana tenga sentido,
para que sepamos cómo y para qué vivir,
cómo y para quién hacerlo,

palabras para que nuestra vida sea plenamente humana,
tan plenamente humana como fue la palabra de Dios
en su encarnación, en su ser humano,
en Jesús.

Pocas, muy pocas palabras valen más que el silencio,
lo nuestro, lo humano: es dejar decirse a Dios.

Cuando nacimos no hablábamos,
pero si pudimos escuchar,
gracias a ello aprendimos un lenguaje,
pudimos hablar, ser expresión.

Por esto lo nuestro, lo del hombre, lo que lo humaniza,
más que hablar es llegar a escuchar.

A escuchar las palabras de Dios:
las que podemos llegar a oír en nosotros mismos
cuando callamos los ecos con los que nos aturdimos,
la apología de nosotros mismos con las que nos justificamos,

cuando llegamos a escuchar las palabras de Dios,
la anunciación con la que nos está creando Dios.

Por eso en la paradoja de Dios, en la lógica divina,
guardar la palabra es darla,
proclamarla es latirla y no solo repetirla.

Se trata de vivirlo a imagen de la encarnación
conjugando con nuestro latido el verbo de Dios
que sigue buscando humanidad donde latir,
que sigue buscando vidas desde las cuales darse,
palabras desde donde seguir siendo revelación,
diciendo su compasión.

“El que me ama guarda mis palabras”,
y una vez más el amor nos puede enseñar:
el amor que calla para que el amado se diga,

el amor que atesora las palabras de quien ama,
la repite, la saborea, la custodia,
hasta que esas palabras se hacen propias,
se apropian de uno,

hasta que se vuelven el propio nombre,
la propia y nueva vida que el amor nos crea,
que Dios nos da, que Dios nos vive,
en la que él mismo se cuenta y revela su amor.

Esta es la identidad cristiana,
porque en definitiva no son palabras, son vida,
son la vida de Jesús,

son las palabras que acompañaron su obrar,
que brotaron de sus gestos,
que expresaron y expresan su entrega,
son las palabras que siguen transmitiéndonos
el aliento con las que las llenó Jesús,
siguen henchidas del espíritu que nos entregó.

En definitiva, las palabras del evangelio
son las que nos dan la vida eterna,
pero también, y en un mismo acto,
las que nos piden nuestra vida para los demás,
las que quieren que nuestra vida llegue a su plenitud:
sea ofertorio, se abra don, sea amor.

Palabras, final y radicalmente,
a la luz de las cuales una vida se salva o se pierde,
se hacen nuestra carne y nos salvamos salvando,
o mueren en nuestros oídos,
y moriremos en la soledad de nuestros ecos,

en nuestra sordera hacia ese clamor amordazado
de los que en nuestro mundo no tienen voz,
ese silencio crucificado
desde donde nos sigue llamando la palabra de Dios.


Hugo Mujica estudió Bellas Artes, Filosofía, Antropología Filosófica y Teología. Tiene publicados más de veinte libros y numerosas antologías personales editadas en quince países; alguno de sus libros han sido publicados en inglés, francés, italiano, griego, portugués, búlgaro y esloveno.

www.hugomujica.com.ar

  • responder Agueda ,

    Bellas palabras, que despiertan el Amor ,que enamoran.

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