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Profundizando nuestra convivencia con la incertidumbre

Kristi Nelson, Directora de A Network for Grateful Living (Una Red para Vivir Agradecidos), invita a amigarnos con la incertidumbre propia de la vida. El no saberlo todo, o no poderlo todo, esconde una riqueza insospechada.

No necesitamos saber exactamente qué está pasando o hacia dónde vamos. Lo que necesitamos es reconocer las posibilidades y desafíos que ofrece el momento presente y aceptarlos con valentía, fe y esperanza.
—Thomas Merton

Al irme a dormir, yo solía recitar repetidamente un pequeño mantra que me ayudaba en la transición de un día agitado a la esperanza de una mente calma por la noche. El mantra decía: “No hay nada que hacer, nada que saber, ni lugar adonde ir”. Guiándome hacia una mayor comodidad al no saber, siempre era útil para asegurarle a mi mente que podía realmente descansar y hacer una pausa en su intento de planificar y resolverlo todo. Parecía que donde mi mente ordenaba ir, mi cuerpo la seguía, y así podía deslizarme hacia el dulce abrazo del sueño.

En nuestra vida diaria hay innumerables formas de incertidumbre; muchas más cosas que no sabemos que aquellas que sabemos. Objetivamente esto podría ser causa de gran alegría, asombro y entrega. Podríamos sentirnos aliviados y agradecidos al no tener que constantemente llevar el timón, ser el capitán del barco y conducir nuestra vida. Hay tanto por descubrir que puede sorprendernos, tanto para ceder con gratitud, tanta licencia para abandonar nuestra necesidad de saber o controlar qué va a ocurrir. Y sin embargo, cuando experimentamos la presencia de una verdadera incertidumbre en nuestra vida, sentimos que nos golpea muy fuerte. Es algo que va en contra de lo que la mayoría hemos internalizado: que el no saber es amenazante, y que debe ser escondido o anulado, aclarado o resuelto tan pronto como sea posible.

Todos los que ahora estamos vivos y todos los que alguna vez vivieron, estamos unidos por el hecho de que la vida nos invita a presentarnos ante su misterio una y otra vez. No hay garantías, solo perfectas incógnitas. No sabemos exactamente cómo o cuándo moriremos, y no hay ninguna fórmula acerca de cómo vivir mejor. No sabemos cómo se va a desarrollar la vida en su grandioso proyecto ni tampoco en lo más pequeño, y no nos podemos hacer cargo de la mayoría de ello. Esta libertad de control puede disminuir nuestra perspectiva al tamaño de un puño amenazante o transportarnos fácilmente a la contemplación del cosmos, dependiendo de cómo enfrentemos la vida en ese momento. Mucha de nuestra libertad depende de cultivar mayores perspectivas sobre cómo vivir con la incertidumbre, como y cuando podamos.

La profunda confianza en la vida no es un sentimiento sino una posición que debemos tomar deliberadamente. Es la actitud que llamamos coraje.
—David Steindl-Rast

Cuando practicamos la gratitud creamos un espacio agradable para la sorpresa de la incertidumbre, sabiendo que llega naturalmente en cada uno de esos momentos cuando verdaderamente no damos nada por sentado. Sin expectativas, la vida es un sorprendente despliegue tras otro. La cabal naturaleza de las sorpresas que llegan a nuestra vida no depende de nosotros, pero la naturaleza de nuestra respuesta a las sorpresas, es nuestra y solamente nuestra. Cada vez que nos liberamos y damos la bienvenida a la vida en lugar de aferrarnos a nuestras ideas acerca de ella, recibimos un refuerzo para nuestro deseo de entregarnos a la inmensidad en lugar de tratar de hacerle frente. Las recompensas de este cambio están siempre disponibles para nosotros, y hace que los riesgos valgan la pena, al tiempo que liberamos los dones de una mayor tranquilidad, resiliencia y júbilo. Mientras recibimos al mundo incierto con una presencia más confiada y agradecida, nuestra vida interior y nuestra vida espiritual se enriquecen inconmensurablemente.

Como dice el hermano David Stendl-Rast, “La profunda confianza en la vida no es un sentimiento sino una posición que debemos tomar deliberadamente. Es la actitud que llamamos coraje”.
Parece que podríamos beneficiarnos aprendiendo a aportar más de las intenciones y plegarias que usamos para inducir el sueño por las noches para poder guiarnos sobre cómo estar verdaderamente despiertos durante el día. De noche nos calmamos al entrar en el amenazante y desconocido mundo del sueño, alentando a nuestra mente a estar a pleno en cada momento, a soltarse, entregarse y confiar. Quizás si nos permitiéramos recordar esta práctica de liberación (la que nos dice que a menudo no hay nada que saber) en la plenitud de cómo vivir nuestros días, estaríamos mejor predispuestos hacia la vida, y la vida mejor predispuesta hacia nosotros.

Kristi Nelson


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