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¿Qué es un acto intencional de inclusión?


Una invitación a pasar del “no excluir” al combatir activa y creativamente la exclusión.


¿Es lo mismo no ser racista o discriminatorio, que ser anti-racista y anti-discriminación? No, y la distinción es clave: puede significar la diferencia entre una sociedad que tolera pasivamente los actos de prejuicio y exclusión, y otra que los combate activamente.

Convertirse en una persona anti-racista y anti-discriminación significa volverse un aliado de todo quien sufre algún tipo de marginalización, por el solo hecho de atestiguarla. Significa animarse a hablar, cuando alguien usa un epíteto ofensivo contra un tercero, sea que ese tercero diga algo al respecto o no. Significa acercarse cuando una persona en silla de ruedas no logra subir a un transporte público, o cuando se le niega un lugar a alguien por su aspecto, tamaño u orientación sexual. Significa comprender que muchos actos de exclusión no son mal intencionados, pero que aun así hacen daño. Significa reconocer que todos tenemos un punto de vista, basado en nuestra propia experiencia y perspectiva, y que no siempre podemos ver lo que otro ve, o desde dónde mira. Y significa estar dispuesto a confrontar los propios prejuicios, valiente y consistentemente.

Un acto intencional de inclusión hace que una persona se sienta suficiente, adecuada, normal, especial, que pertenece, segura.

¿Qué es un prejuicio? Es una historia que nos contamos acerca de una persona o un grupo de personas, antes de conocerlas. Si nos permitimos actuar en base a esas historias, sin transparentarlas ni cuestionarlas, convertimos a los integrantes de grupos excluidos (por género, nacionalidad, religión, etnicidad, discapacidad u otros motivos) en personajes de una narración ajena. Una forma de cuestionar los propios prejuicios es preguntarle, a la persona excluida, qué piensa, qué siente y qué necesita en una situación determinada. Y si se trata de una persona discapacitada, la pregunta debe ir dirigida a la persona, y no a quien la acompaña.

Muchas veces, el miedo a ofender, equivocarnos o a decir algo inapropiado hace que nos mantengamos callados o al margen. Nuestra pasividad no es neutra ni inocente: si atestiguamos un hecho de exclusión y no lo señalamos, nos convertimos en cómplices de una sociedad que segrega y castiga a los diferentes.

Si, en cambio, nos acercamos a alguien de una población marginada con genuino interés, y el deseo de convertirnos en aliados, aun si lo hacemos torpemente, les estamos diciendo: “Te veo. Te reconozco como una persona única. Aprecio tu historia, tu mirada y tu derecho a estar acá”.

Si un Acto Sutil de Exclusión hace que una persona se sienta invisible, anormal o inadecuada, un Acto Intencional de Inclusión genera el efecto contrario: hace que una persona se sienta suficiente, adecuada, normal, especial, que pertenece, segura.

Podemos construir un mundo donde las diferencias de cada uno suman, amplían y enriquecen, en vez de alejarnos y enemistarnos. ¿Cómo? Un acto intencional de inclusión por vez.


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