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Todo pasa

Hugo Mujica
La liturgia cristiana nos habla del final último de toda existencia, y por lo tanto de su impermanencia. Solemos imaginar el juicio final como algo lejano y que no nos toca; sin embargo “lo definitivo ocurre en cada instante, cada instante es irrepetible y por tanto eterno”.


Evangelio según San Lucas (21, 5-19)
Como algunos, hablando del templo, decían que estaba adornado con hermosas piedras y ofrendas votivas, Jesús dijo: “De todo lo que ustedes contemplan, un día no quedará piedra sobre piedra: todo será destruido”. Ellos le preguntaron: “Maestro, ¿cuándo tendrá lugar esto y cuál será la señal de que va a suceder?”. Jesús respondió: “Tengan cuidado, no se dejen engañar, porque muchos se presentarán en mi nombre diciendo: ‘Soy yo’, y también: ‘El tiempo está cerca’. No los sigan. Cuando oigan hablar de guerras y revoluciones, no se alarmen; es necesario que esto ocurra antes, pero no llegará tan pronto el fin”. Después les dijo: “Se levantará nación contra nación y reino contra reino. Habrá grandes terremotos; peste y hambre en muchas partes; se verán también fenómenos aterradores y grandes señales en el cielo. Pero antes de todo eso, los detendrán, los perseguirán, los entregarán a las sinagogas y serán encarcelados; los llevarán ante reyes y gobernadores a causa de mi nombre, y esto les sucederá para que puedan dar testimonio de mí. Tengan bien presente que no deberán preparar su defensa, porque yo mismo les daré una elocuencia y una sabiduría que ninguno de sus adversarios podrá resistir ni contradecir. Serán entregados hasta por sus propios padres y hermanos, por sus parientes y amigos; y a muchos de ustedes los matarán. Serán odiados por todos a causa de mi nombre. Pero ni siquiera un cabello se les caerá de la cabeza. Gracias a la constancia salvarán sus vidas”.

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Hoy nos asomamos al umbral final del año litúrgico,
nos asomamos a lo escatológico,
lo último y como último: destino,
irreversibilidad.

Lo final de un tiempo no es necesariamente su fin,
puede ser su madurez,
puede ser lo que el tiempo tiene de definitivo,
y lo último, en el evangelio,
es la plenitud del tiempo:
su abrirse al juicio de la eternidad.

El pasaje que terminamos de escuchar nos pinta una catástrofe,
una conmoción cósmica y humana:
nos muestra cómo todo se conmociona desde sus cimientos
cuando lo definitivo irrumpe en lo relativo,
cuando lo infinito hace estallar los límites de lo finito.

Las imágenes nos dicen que el mundo no es eterno,
nos dicen lo que sabemos pero no aceptamos,
nos dicen lo que si aceptásemos haría cambiar radicalmente nuestras vidas,
harían que vivamos acorde con esa radicalidad de la vida
que le costó la vida al Hijo de Dios.

Ni la tierra ni el sol son eternos,
las estrellas y las vidas humanas tendrán un fin,
un fin sin sol ni luna: un final oscuro,
una tragedia final.

Y, a la vez, el mismo evangelio nos hace señas hacia otra metáfora:
la de la vida nueva,
la del brote de unas pocas hojas en la adustez de una rama de higuera.

Y, nos hace señas hacia algo más definitivo:
el misterio pascual, la vida de toda muerte;
lo sagrado de toda ruina,
el sentido del sinsentido de tener que morir:
la luz de toda cruz.

Todo termina, todo se derrumba:
los grandes imperios y nuestras pequeñas vidas:
pero para abrir espacio,
para que Dios pueda respirar,
para que Dios pueda ser Dios,
pueda ser él y no solo lo creado por él,
esa ínfima medida de lo que en nosotros cabe.

Todo pasa y, el paso de todo,
es la paradójica metáfora de la permanencia de Dos.

Todo se derrumba y, cuando todo cae,
queda solo lo que no se apoyaba en nosotros:
la gratuidad de Dios: la que todo sostiene.
tal la paradoja del anuncio de hoy:
Todo pasa para que lo definitivo quede,
para que lo que nunca dejó de estar pueda por fin y plenamente aparecer.

Solemos tener una imagen infantil de la escatología,
infantil o cómplice:
todo esto ocurrirá, solemos decirnos,
pero ocurrirá sin tocarnos.

Ocurrirá en algún futuro lejano,
cuando ya no estemos,
cuando ya no nos comprometa,
cuando ya no sea interpelación.

Solemos vivir la escatología, el juicio definitivo,
de manera alienada:
alienados hacia el pasado o hacia el futuro,
nostalgia o esperanza: pero nunca presencia,
nunca compromiso, nunca hoy.

Y lo que se cree no es lo que se dice creer
sino lo que tiene incidencia sobre nuestra vida.

Lo que se cree es lo que se vive y viviéndolo lo creamos,
lo encarnamos, lo entregamos.
Y sin embargo lo definitivo ocurre hoy,
está ocurriendo, es ahora:
con nosotros o contra nosotros,
lo definitivo ocurre en cada instante,
cada instante es irrepetible y por tanto eterno,
definitivo: final.

No habrá un juicio final:
el juicio final es el final del juicio:
es lo que ya no podemos cambiar,
es lo que de irrepetible tiene cada acción,
lo que de irrepetible tiene cada ahora.

Cada paso es hacia la muerte o hacia la vida,
y cada paso es el final porque es irreversible.
Y lo irreversible no es la muerte;
es cada paso que no dimos hacia un semejante necesitado,
cada latido en que no fue compasión.


Hugo Mujica estudió Bellas Artes, Filosofía, Antropología Filosófica y Teología. Tiene publicados más de veinte libros y numerosas antologías personales editadas en quince países; alguno de sus libros han sido publicados en inglés, francés, italiano, griego, portugués, búlgaro y esloveno.

www.hugomujica.com.ar

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