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Transparencia y plenitud

Hugo Mujica
La mancha y la falta son imágenes utilizadas para recordarnos que siempre estamos en camino hacia el ideal, hacia nuestra transparencia y plenitud humanas.


Del evangelio de Lucas (4, 1-13)
Jesús, lleno del Espíritu Santo, regresó de las orillas del Jordán y fue conducido por el Espíritu al desierto, donde fue tentado por el demonio durante cuarenta días. No comió nada durante esos días, y al cabo de ellos tuvo hambre. El demonio le dijo entonces: “Si tú eres Hijo de Dios, manda a esta piedra que se convierta en pan”. Pero Jesús le respondió: “Dice la Escritura: El hombre no vive solamente de pan”. Luego el demonio lo llevó a un lugar más alto, le mostró en un instante todos los reinos de la tierra y le dijo: “Te daré todo este poder y el esplendor de estos reinos, porque me han sido entregados, y yo los doy a quien quiero. Si tú te postras delante de mí, todo eso te pertenecerá”. Pero Jesús le respondió: “Está escrito: Adorarás al Señor, tu Dios, y a él solo rendirás culto”. Después el demonio lo condujo a Jerusalén, lo puso en la parte más alta del Templo y le dijo: “Si tú eres Hijo de Dios, tírate de aquí abajo, porque está escrito: Él dará órdenes a sus ángeles para que ellos te cuiden. Y también: Ellos te llevarán en sus manos para que tu pie no tropiece con ninguna piedra”. Pero Jesús le respondió: “Está escrito: No tentarás al Señor, tu Dios”. Una vez agotadas todas las formas de tentación, el demonio se alejó de él, hasta el momento oportuno.

Cuaresma es tiempo de conversión,
tiempo de decisión:
de reconocer y arrepentirnos de nuestros pecados,
o la raíz de todos ellos:

la avaricia de vivir solo para sí mismo,
la mezquindad de una vida que no se entrega,
que no se abre a los demás,
que ni sale de sí ni en sí acoge.

Antes de que el pecado se codificara en ley,
se cuantificara,
se llamara teología moral,
los antiguos lo plasmaron en dos imágenes
mucho más ricas,
mucho más significativas: la mancha y la falta.

El pecado era una mancha, una impureza;
era un obstáculo a la transparencia que debimos tener frente a los otros y frente a Dios,
una mancha que no dejaba pasar la luz,
una opacidad a la gloria que debemos irradiar.

Una mancha a la transparencia con que debimos dejar que los otros vean a través nuestro a Dios;
esa mancha, ese repliegue, que solemos llamar “yo”,
en el que nos solemos encerrar.

La otra imagen, la segunda y más expresiva aún,
era la falta.
Con ella se significaba que algo que debimos ser no fuimos,
algo, por nuestra omisión,
faltó para siempre a la obra de Dios.

La falta es no ser lo que debimos llegar a ser,
no latir cada latido de la vida que se nos ofreció,
es que nos falte lo que Dios nos llamó a tener,
lo que en nosotros quiso encarnar,
la falta es deber a otros lo que por no tener no pudimos dar.

Una misma raíz –“paene”– da nacimiento a palabras como penitencia, arrepentimiento, penuria y pobre.

Se arrepiente quien se reconoce en falta,
quien reconoce que tiene manchada la transparencia del corazón,
obturada la fuente que debe ser manantial.

Se hace penitencia como manifestación de estar arrepentido,
y uno se arrepiente asumiendo alguna penuria,
volviéndose pobre ante uno mismo,
ante los otros, ante Dios.

Volviéndose pobre, que es como decir
volviendo a la verdad,
volviendo a la conciencia de ser creatura,
de ser necesitado,
de ser inacabado y dejarnos, en esa conciencia de dependencia,
en ese hueco, crear por Dios.

La liturgia de cuaresma predica y señala
y nos ofrece el camino
hacia el arrepentimiento,
nos señala la esencia de la penitencia:
ayuno, limosna y oración.

Se ayuna para labrar en el propio cuerpo la finitud,
la conciencia de necesidad,
para hacer del cuerpo un memorial de otra hambre,
del hambre que no sacia el pan,
el hambre que nada puede saciar,
que nuestra finitud no llega a abarcar.

Pero también nos recuerda el hambre de pan del hermano,
del pan existencial, del pan para vivir.
Nos recuerda lo que nos conmina la liturgia cuaresmal: la limosna;
la responsabilidad efectiva y no meramente sentimental.

La limosna es el gesto de quien reconoce en la necesidad del otro
el rastro y la seña que nos hace Dios,
el hueco donde nos espera él.

El gesto de quien reconoce
que la necesidad del otro es el llamado
más concreto y material de trascenderme,
la oportunidad de la comunión
que es romper la propia satisfacción.

Y la medida de la limosna no debe ser la de dar lo que a mí me sobra
sino lo que al otro le falta, lo que yo debo privarme,
lo que debo dejar de tener,
porque Cristo no retuvo nada para sí,
porque lo que yo no doy y podría dar es lo que queda sin revelar de la bondad de Dios.

La oración, final y destinalmente,
es aquello en lo que tanto el ayuno como la limosna se silencia,
se eleva, se consagra.

La oración es la necesidad que reclama el hambre
cuando el hambre no es de pan,
La necesidad que reclama el corazón
cuando amamos a Dios,
cuando nos entregamos a los demás.

Que cada año la iglesia en el inicio de la cuaresma
nos recuerde nuestra condición de pecadores,
nos llame a la conversión,
nos convoque al ayuno, a la limosna y la oración,

es que nos está recordando que nunca
se llega a ser totalmente cristianos,
que siempre se puede serlo más;
nos recuerda que aún no amamos como fuimos creados para amar,
que aún no amamos a los otros con la misericordia con que nos ama Dios.


Hugo Mujica estudió Bellas Artes, Filosofía, Antropología Filosófica y Teología. Tiene publicados más de veinte libros y numerosas antologías personales editadas en quince países; alguno de sus libros han sido publicados en inglés, francés, italiano, griego, portugués, búlgaro, esloveno, rumano y hebreo.

www.hugomujica.com.ar

  • responder Maria ,

    Hola Hugo! Que felicidad me dio ver que volvió !!!!! Lo leo siempre. Le mando un cariño grande!