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Una iglesia que vuelve a ser barca

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Hugo Mujica nos habla de la barca como una auténtica imagen de la iglesia de Jesús. «La iglesia, perdiendo poder, vuelve a su liviandad, vuelve a ser una barca sobre el oleaje del mundo, hermana del mundo, cercana a los que, hundiéndose, nos reconocen cristianos… Seamos nosotros los que extendemos la mano hacia los demás”.

Evangelio según san Mateo (14, 22-33)
Jesús mandó a los discípulos que subieran a la barca y pasaran antes que él a la otra orilla, mientras él despedía a la multitud. Después, subió a la montaña para orar a solas. Y al atardecer, todavía estaba allí, solo. La barca ya estaba muy lejos de la costa, sacudida por las olas, porque tenían viento en contra. A la madrugada, Jesús fue hacia ellos, caminando sobre el mar. Los discípulos, al verlo caminar sobre el mar, se asustaron. «Es un fantasma», dijeron, y llenos de temor se pusieron a gritar. Pero Jesús les dijo: «Tranquilícense, soy yo; no teman. Entonces Pedro le respondió: «Señor, si eres tú, mándame ir a tu encuentro sobre el agua». «Ven», le dijo Jesús. Y Pedro, bajando de la barca, comenzó a caminar sobre el agua en dirección a él. Pero, al ver la violencia del viento, tuvo miedo, y como empezaba a hundirse, gritó: «Señor, sálvame». En seguida, Jesús le tendió la mano y lo sostuvo, mientras le decía: «Hombre de poca fe, ¿por qué dudaste?». En cuanto subieron a la barca, el viento se calmó. Los que estaban en ella se postraron ante él, diciendo: «Verdaderamente, tú eres el Hijo de Dios».

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Jesús, en este como en tantos otros relatos,
aparece sobre una barca,
la barca que en los primeros siglos de la iglesia fue símbolo de esa misma iglesia.

Una barca, flexible como toda barca,
despojada, apenas unas tablas,
apenas un hueco;
flexible para ser capaz de dialogar con el oleaje,
de ser conducida por el viento,
de dejarse llevar por esos soplos.

Frágil y flexible como lo que no pesa, como lo que se desliza,
como lo que busca moverse con el flujo de la vida,
estar sobre ella, no detenida y verla pasar.

El peso de la iglesia, la iglesia a imagen de un imperio,
de un reinado y no de una barca, vino después.

Pasó el tiempo, los siglos,
y la vida pareció adelantarse a la iglesia,
el futuro a abrirse más amplio que el pasado,
el presente a ser un mero paso hacia adelante…

Nació la modernidad, y todo lo fijo se tornó estatua de sal;
llegó la modernidad, y el ser, la concepción de la vida misma,
dejó de ser el espacio para ser el tiempo,
dejó de ser la casa para ser el camino.

Esa época cambió para siempre la imagen de la realidad,
nos dejó a la intemperie, nos quitó las seguridades,
pero nos devolvió la vida, la vida como latido, como aventura,
como espacio para la libertad,
como libertad para crear más vida,
para crear y no para repetir.

Nos mostró, para quien supo escuchar,
que Dios no había creado al mundo, que lo estaba creando;
que Dios no era un sustantivo, era un verbo,
era tiempo futuro y no sólo pasado.

El mundo se movía, y la iglesia sintió su inmovilidad;
sintió su propio peso: esa conciencia, ese sentir,
fue el Concilio Vaticano II;
fue el comienzo de volver a dialogar con el mundo, la vida,
con un Dios que también él es tiempo.

Quizás nunca como ahora el hombre haya experimentado su fragilidad,
la suya y la de su mundo y, por eso mismo,
quizás nunca tuvimos tan cerca la gracia de ser humanos:
la de reconocernos débiles y necesitados,
la de saber que es la debilidad la que nos hermana,
que es la necesidad la que nos reúne.

Estamos expuestos, a la intemperie,
pero también, y por eso mismo, expuestos a la verdad:
humanamente porque la debilidad nos iguala,
cristianamente porque la igualdad nos hermana.
Cada uno necesitamos lo mismo: necesitamos al otro.

Nunca como ahora la iglesia, y cada uno de nosotros en ella,
ha estado más expuesto a lo esencial:
a depender de Dios para no hundirnos,
para poder caminar en la inseguridad,
la inseguridad que nos llama a confiar, a entregarnos,
la inseguridad que nos llama a crear.

La iglesia, lo vemos, va perdiendo poder, poder sobre el poder,
pero esa pérdida es ganancia,
es gracia, la gracia de la debilidad,
la del poder cuando es servicio y no dominación.

Perdiendo poder vuelve a su liviandad,
vuelve a ser una barca sobre el oleaje del mundo,
hermana del mundo,
cercana a los que hundiéndose, nos reconocen cristianos,
vuelven a ver a un hermano y no a un juez,
a un semejante y no a un superior.

Esa es la gracia de nuestra época,
la de volver a estar entre los que estuvo Jesús,
entre los necesitados, entre los que dicen “sálvanos Señor”.

La condición, la respuesta a esa gracia,
es permanecer débiles, semejantes a los demás hombres;
la condición es que seamos nosotros
los que extendemos la mano hacia los demás.


Hugo Mujica estudió Bellas Artes, Filosofía, Antropología Filosófica y Teología. Tiene publicados más de veinte libros y numerosas antologías personales editadas en quince países; alguno de sus libros han sido publicados en inglés, francés, italiano, griego, portugués, búlgaro y esloveno.

www.hugomujica.com.ar

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