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Ver lo que Dios ve

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Hugo Mujica nos invita a ahondar en el sentido el pasaje de la transfiguración en el evangelio del domingo. Contemplar a Dios es ver lo que Dios ve: “Olvidarse y renunciar a sí mismo es encarnar y encender la humilde pero concreta transfiguración del calor de una mano extendida en medio de la noche de los demás”.

Evangelio según san Marcos (9, 2-10)
Jesús tomó a Pedro, Santiago y Juan, y los llevó a ellos solos a un monte elevado. Allí se transfiguró en presencia de ellos. Sus vestiduras se volvieron resplandecientes, tan blancas como nadie en el mundo podría blanquearlas. Y se les aparecieron Elías y Moisés, conversando con Jesús. Pedro dijo a Jesús: «Maestro, ¡qué bien estamos aquí! Hagamos tres carpas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías». Pedro no sabía qué decir, porque estaban llenos de temor. Entonces una nube los cubrió con su sombra, y salió de ella una voz: «Este es mi Hijo muy querido, escúchenlo».
De pronto miraron a su alrededor y no vieron a nadie, sino a Jesús solo con ellos. Mientras bajaban del monte, Jesús les prohibió contar lo que habían visto, hasta que el Hijo del hombre resucitara de entre los muertos. Ellos cumplieron esta orden, pero se preguntaban qué significaría «resucitar de entre los muertos».

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Pedro, Santiago y Juan
tienen la visión más excelsa
que alguien haya tenido sobre la tierra.
La visión con la que todos creeríamos haber llegado a la cima del misterio de Dios,
la visión de su plenitud, la irradiación de su gloria.

Pero cristianamente hablando,
la salvación no es la contemplación de Dios;
la salvación es el otro, el semejante,
el que se asemeja al Cristo, al Dios en carne viva.

Y Pedro, como lo hubiéramos hecho nosotros, cree haber llegado:
Pedro quiere hacer una carpa para permanecer allí;
quiere la contemplación sin transformación,
la religión sin historia,
el espíritu sin la carne, la luz sin la sombra.

Quiere a Dios sin los hombres por los que murió Dios;
Pedro quiere aún su propia realización,
su propia espiritualidad.
Quiere llenarse de Dios, no vaciarse como se vació Dios;
quiere la realización, no el sacrificio.
Quiere la luz sin descender hasta la noche oscura de Dios.

Jesús, contrastantemente,
no se queda en el monte de la transfiguración
contemplándose a sí mismo en su propia luz;
tampoco permanecerá allí para que lo contemplen los apóstoles.

Jesús baja y camina hasta la cruz:
todavía falta un trecho,
falta el calvario, el abandono y el morir.
Falta el descenso,
falta culminar la encarnación,
falta humanizar la religión.

Jesús nos enseña que la contemplación cristiana no es contemplarlo a él,
mirar su gloria,
sino mirar lo que él mismo miró,
mirar a los hombres por los que él se encarnó;
los hombres, cada hombre, por los que murió.

La visión de Dios sobre la tierra no es ver a Dios.
La que a todos se nos da, es ver lo que Dios ve:
la necesidad de cada hombre,
su hambre de pan, su sed de sentido,
su deseo de hermandad.

Solo en el movimiento que va de lo alto a lo bajo,
del tener al vaciarse, de lo divino a lo humano,
se cumple la imagen de Dios en el hombre,
la imagen de un Dios trinitario que se plasma
en el movimiento que es salir de sí para entrar en el otro,
la imagen que el hombre cumple
entrando en la llaga del otro para permanecer en Dios.

Cristianamente hablando no hay una interioridad contemplativa que haya que proteger
ni una mismidad que hay que cuidar que no se disipe;
cristianamente hablando hay amor, hay amar.
Es el amor,
el amor que cristianamente se conjuga en el verbo dar,
donde todo se reúne.
Se reúne en el amor que se manifista en la cruz
que Cristo se dispone a abrazar,
desde la que se dispone a entregar su carne,
a morir.

A su lado, nos dice el evangelio, estan Elías y Moisés,
pero ya no se trata ni de profecías ni de ley,
no se trata de legalidad.
Se trata de algo más radical:
se trata de la compasión, se trata de descender;
es el descenso del Dios que, en Cristo,
se hizo hombre para abrazar lo humano,

Un Cristo que hizo de la búsqueda del hombre
su camino de regreso al Padre,
que nos enseña que esa, la búsqueda del hombre,
es la búsqueda cristiana de Dios.
Que olvidarse y renunciar a sí mismo
es encarnar y encender la humilde pero concreta transfiguración
del calor de una mano extendida
en medio de la noche de los demás.


Hugo Mujica estudió Bellas Artes, Filosofía, Antropología Filosófica y Teología. Tiene publicados más de veinte libros y numerosas antologías personales editadas en quince países; alguno de sus libros han sido publicados en inglés, francés, italiano, griego, portugués, búlgaro y esloveno.

www.hugomujica.com.ar

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