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Vida que no se detiene

Hugo Mujica
«El seguimiento es la mayor gracia que se nos ofrece, la de un camino que es horizonte, que no termina, que se abre en cada paso, más allá de cualquier aquí».


Del evangelio de Lucas (9, 51-62)
Cuando estaba por cumplirse el tiempo de su elevación al cielo, Jesús se encaminó decididamente hacia Jerusalén y envió mensajeros delante de él. Ellos partieron y entraron en un pueblo de Samaría para prepararle alojamiento. Pero no lo recibieron porque se dirigía a Jerusalén. Cuando sus discípulos Santiago y Juan vieron esto, le dijeron: «Señor, ¿quieres que mandemos caer fuego del cielo para consumirlos?».
Pero él se dio vuelta y los reprendió. Y se fueron a otro pueblo. Mientras iban caminando, alguien le dijo a Jesús: «¡Te seguiré adonde vayas!».
Jesús le respondió: «Los zorros tienen sus cuevas y las aves del cielo sus nidos, pero el Hijo del hombre no tiene dónde reclinar la cabeza». Y dijo a otro: «Sígueme». Él respondió: «Permíteme que vaya primero a enterrar a mi padre».
Pero Jesús le respondió: «Deja que los muertos entierren a sus muertos; tú ve a anunciar el Reino de Dios». Otro le dijo: «Te seguiré, Señor, pero permíteme antes despedirme de los míos». Jesús le respondió: «El que ha puesto la mano en el arado y mira hacia atrás, no sirve para el Reino de Dios».

Jesús invitó, desde el comienzo,
y esa invitación es el comienzo de cada discípulo,
al seguimiento,
y ese seguimiento es la única espiritualidad,
la única vida cristiana:
la vida que no se detiene,
la vida que se trasciende a sí misma, que va más allá de sí,
que da los pasos que dio Jesús.

La respuesta de los discípulos no consiste en una confesión de fe
sino en un acto de seguimiento: es vida y no idea:

es poner el cuerpo,
emprender la marcha hacia la encarnación de lo que Dios nos llama a ser.

El primer personaje del evangelio que acabamos de escuchar propone el mismo seguir a Jesús:
pero no ha sido llamado,
y el seguimiento es invitación, es gracia,
no es nombrarse ni elegirse, es responder,
el obedecer.

El segundo es llamado por Jesús,
pero quiere enterrar a su padre antes de seguirle,
quiere mirar hacia atrás.

El tercero, como el anterior,
entiende el seguimiento como una iniciativa personal.

Como el propio programa de vida
que él mismo se quiere dar,
quiere crear sus propias condiciones de seguimiento,
quiere ir tras de Jesús pero no quiere salir de sí.

El otro quiere enterrar a los muertos,
éste despedirse de los vivos:
ambos, anteponer algo al seguimiento,
y el seguimiento es paso a paso, día a día:
pero con Cristo en primer lugar,
sin detenerse, sin calcular, sin mirar atrás.

Bajo condiciones personales, el seguimiento se convierte en un proyecto de la propia voluntad,
en una realización del propio yo;
es mi proyección,

puedo avanzar, pero me vuelvo a encontrar conmigo,
me vuelvo a reflejar, no a olvidarme de mí,
no a dejarme atrás.

«El hijo del hombre no tiene un lugar donde recostar su cabeza»:
esta imagen del evangelio dibuja el paisaje del seguimiento:

es decir, la intemperie, lo abierto, lo incondicionado:
ni rincones donde refugiarse ni puertas tras las que asegurarse, ni argumentos en los que abstraerse.

el seguimiento es un errar sin refugios ni pasado,
es decir, sin contar ni acumular,
todo, paso a paso, va quedando atrás:

no hay que tornar la cabeza,
solo hay adelante, sólo y todo es esperanza:
la esperanza hecha tiempo:
vivida en la historia,
concretada en el seguimiento,
plasmada en la fidelidad.

Algo queda claro en las tres respuestas de Jesús:
no hay condición al seguimiento,
no hay un «déjame primero»;
primero es el seguimiento o no es seguimiento a Jesús:
Dios es todo, o no es Dios.

Ese primer lugar dado al seguimiento de Jesús
es la esencia del seguimiento;
seguimos siempre a aquello que optamos en primer lugar:
o Jesús u otra cosa, pero seguir es elegir,
elegir es valorar: optar,

y optar por el evangelio, es avanzar hacia el hermano,
es como se sigue a Jesús,
es seguir detrás de lo que él siguió.

El seguimiento es la mayor gracia que se nos ofrece,
la de un camino que es horizonte, que no termina,
que se abre en cada paso, más allá de cualquier aquí,

es la gracia de saber que cada paso que damos
tiene sentido,
tiene horizonte: es salvación.

El seguimiento es la mayor gracia
y también el más severo juicio,
el juicio de saber que todo paso no dado es una traición,

que todo llamado no respondido es deuda
de lo que debimos llegar a ser,
de lo que debimos ser para darlo a los demás.

Es saber, en definitiva,
que el lugar del que no se regresa no es la muerte:
es cada paso no dado,
cada latido no entregado a los demás.


Hugo Mujica estudió Bellas Artes, Filosofía, Antropología Filosófica y Teología. Tiene publicados más de veinte libros y numerosas antologías personales editadas en quince países; alguno de sus libros han sido publicados en inglés, francés, italiano, griego, portugués, búlgaro y esloveno.

www.hugomujica.com.ar

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