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“Al tercer día resucitó de entre los muertos”

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En estas Pascuas, reflexionemos con el hermano David. “ ‘Al tercer día resucitó de entre los muertos’ proclama triunfalmente: Aunque Jesús fue condenado y ejecutado por las autoridades políticas y religiosas, Dios lo reivindicó dándole una vida indestructible y una autoridad máxima”.


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¿Qué significa decir que “al tercer día Jesucristo resucitó de entre los muertos?” El sentido básico de esta cláusula del Credo es: aunque Jesús estuvo muerto, muerto, muerto (“por tres días”), ahora vive. Solo fue un invitado, por así decirlo, en el reino de la muerte. En muchas culturas, los privilegios de un invitado se limitan a tres días. Incluso en los monasterios, los huéspedes que permanecen por más de tres días deben colaborar con las tareas. “Al tercer día resucitó de entre los muertos” proclama triunfalmente: Aunque Jesús fue condenado y ejecutado por las autoridades políticas y religiosas, Dios lo reivindicó dándole una vida indestructible y una autoridad máxima.

Esta frase del Credo proclama que Jesucristo es un poder viviente en el mundo, reivindicado y autorizado por Dios, aún habiendo sido aniquilado por los poderosos de turno. En el orden mundial que conocemos no hay lugar para la justicia y la paz, para la distribución equitativa de los bienes materiales y culturales, para la dignidad de todo ser humano. Jesús tomó partido por estos valores, y por ellos fue eliminado como un agitador. La peor parte es que para un judío de los tiempos de Jesús, la condena por parte de las autoridades religiosas confirmaba indudablemente una condena por parte de Dios. Jesús fue el pionero de la impensada convicción de que aun en este respecto los caminos de Dios no son nuestros caminos. El hecho de que Dios no haya impedido su muerte parecería comprobar que Jesús había errado en este punto; sin embargo, al resucitarlo, Dios reivindicó todo aquello por lo que Jesús había tomado partido. Esto es lo que hay que destacar. La tumba vacía, el cuerpo resucitado y las apariciones a los discípulos son una ayuda para algunos y un obstáculo para otros. El Credo hace referencia a lo esencial: Dios reivindicó a quien el mundo condenó a muerte; ¡miren, está vivo!

Conocer los valores que defendió Jesús significa ver la vida como una manifestación de la sabiduría, la compasión y el poder divinos. Esta sabiduría fue considerada insensatez por las autoridades que lo condenaron; este poder fue tomado por debilidad. Y sin embargo, “la insensatez de Dios es más sabia que la sabiduría de los hombres, y la debilidad de Dios es más fuerte que el poder de los hombres” (I Corintios 1,25). Estamos hablando aquí de la sabiduría y el poder del amor, y “el amor es fuerte como la muerte” (Cantar 8,6). La Biblia lo atestigua, y en lo más profundo del corazón sabemos que es cierto. “Al tercer día” (lo que indica un momento sagrado de plenitud y de un nuevo comienzo), el poder del amor rompe los lazos de la muerte. La manifestación plena del amor no puede ser suprimida, ni siquiera por la muerte. Los cristianos expresaron esta certeza poniendo en boca de Jesús un pasaje del profeta Oseas, que tradujeron así: “Oh muerte, yo seré tu muerte” (Oseas 13,14).

En medio de un mundo cuya política, economía e interacción con el medio ambiente parecen ir a la ruina, la fe en la resurrección de Jesús nos da fuerzas para vivir una vida determinada por Dios y entusiasmo para llevar a cabo su plan en el mundo.
Los seguidores de Jesús experimentaron la resurrección como una convicción capaz de cambiarles la vida. Ahora podían vivir valientemente por los mismos ideales por los que Jesús había vivido, y reconocerlo ante las autoridades: “Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres. El Dios de nuestros padres resucitó a Jesús, a quien ustedes dieron muerte colgándolo de un madero” (Hechos 5,29s). Esta valentía se basaba esencialmente en una experiencia interior que se dejaba traslucir en su entusiasmo. La creencia de que Dios no abandonó a su amado Testigo, ni siquiera cuando éste exclamó “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?” (Marcos 15,33), ni tampoco al descender al reino de la muerte, nos habla por sobre todo de Dios, nos presenta una mirada distintiva acerca de Dios. Este artículo hace notar que Dios se preocupa por la justicia y que pone las cosas en orden, aunque no necesariamente a nivel de los acontecimientos históricos. Este hecho es significativo para cualquier época, especialmente para la nuestra.

En medio de un mundo cuya política, economía e interacción con el medio ambiente parecen ir a la ruina, la fe en la resurrección de Jesús nos da fuerzas para vivir una vida determinada por Dios y entusiasmo para llevar a cabo su plan en el mundo, “para que todos tengan vida, y vida en abundancia” (Juan 11,1). Quizás nos preguntemos qué más podríamos y deberíamos hacer motivados por la resurrección de Jesús. Concretamente, ¿de qué modo la fe en la reivindicación de Jesús por parte de Dios puede cambiar nuestra manera de pensar? ¿Cómo nos conecta con nuestro verdadero ser? ¿Cómo alimenta nuestra fidelidad? ¿De qué manera influye en nuestras acciones? Un ejemplo tomado de la historia puede ser la mejor respuesta a estas preguntas; el ejemplo de Dag Hammarskjöld sobresale entre ellos.

Este diplomático sueco nació en 1905, llegó a ser el segundo Secretario General de las Naciones Unidas en 1953, y murió en un accidente aéreo durante una misión de paz en 1961. Solo después de su muerte se supo que este hombre de acción era un verdadero místico, al publicarse sus notas y diarios bajo el título de Marcas en el camino. En su prólogo a Marcas en el camino, el poeta inglés W. H. Auden cita a Hammarskjöld, quien dice: “En nuestra época, el camino a la santidad pasa necesariamente por el mundo de la acción”. Dag Hammarskjöld fue posicionado en uno de los lugares más altos que el sistema político tenía para ofrecer. Inspirado por Jesús, aprovechó el poder que esta posición le otorgaba para conferir poder a quienes trabajaban por la paz y por la justicia económica. Al igual que Jesús, Hammarskjöld pudo prever lo que esto significaría para su carrera; con visión profética escribió: “No podemos elegir las circunstancias de nuestro destino, pero el contenido que ponemos en ese destino nos pertenece. El que quiera aventura la tendrá, según la medida de su valentía. El que quiera sacrificio será sacrificado, según la medida de la pureza de su corazón”.

Hammarskjöld escribió: “Al avanzar por el Camino aprendí, paso a paso, palabra por palabra, que detrás de cada frase del Evangelio se sitúa un hombre y una experiencia humana. Lo mismo detrás de la oración pidiendo que el cáliz pase de largo y su posterior promesa de beberlo; lo mismo detrás de cada palabra dicha desde la cruz”.

Dag Hammarskjöld sabía que “quien se entrega al Camino, sabe que éste termina en la Cruz”. Para él, esa cruz llegó en 1961. Siendo Secretario General de las Naciones Unidas a los 56 años, se dirigía a negociar un cese de fuego la noche del 17 al 18 de setiembre, cuando el avión en que se transportaba se precipitó cerca de Ndola, Rhodesia del Norte (hoy Zambia). Las circunstancias del accidente se desconocen hasta hoy, pero se dice que Harry Truman, ex presidente de los Estados Unidos, afirmó: “Dag Hammarskjöld estaba a punto de lograr su propósito cuando lo mataron. Sí, digo bien, cuando lo mataron”. Jesús murió cuando estaba por lograr su propósito, y a ese propósito lo llamó Reino de Dios. Todos los que, como Hammarskjöld, tienen puesta su fe en Cristo resucitado, podrán decir al final de sus vidas: “Tuve la certeza de que la existencia tiene sentido, y que por lo tanto mi vida cobraba sentido en la entrega”.

¿Y nosotros? ¿Hay algo implícito en el artículo “al tercer día resucitó de entre los muertos” que nos ayuda en nuestras horas oscuras? ¿Conocemos personas a quienes la Resurrección los inspira a nadar contra la corriente del mundo actual? (No tiene que ser alguien conocido como Dag Hammarskjöld; puede ser alguien que “haga las cosas ordinarias de la vida de una manera extraordinaria”). Según nuestro parecer, ¿qué es lo más extraordinario de la actitud que Jesús tomó en el mundo? ¿Encontramos en la Resurrección un incentivo para tomar una actitud similar?

Artículo tomado del libro “Más allá de las palabras”, del Hermano David Steindl-Rast.
 

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